La soledad de los «otros»

Mendigos, deambulantes, ancianos en los rincones, personas a la intemperie... Sí, nos obligan a hablar de soledad pero también de pobreza en ese sector poblacional.

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Está cayendo la tarde y se le ve venir «entizado» en un largo chaleco negro. Camina apoyado en un trozo de palo, su bastón, y trae a rastro cuerpo, alma y equipaje —lo menos que le pesa. A los ojos de algunas autoridades no es un vagabundo, tampoco un mendigo, pero vaga de un sitio a otro, no tiene hogar ni oficio y, a veces —cuando el hambre le aprieta—, pide limosna.

Ilustración de Alfredo Martirena sobre deambulantes en Santa Clara.
(Ilustración: Alfredo Martirena)

Santa Clara es una ciudad que se reconstruye. Sin embargo, frente a la belleza que adquiere gracias al «Villa Clara con todos», algo le afea y le entristece: ancianos que pasan los días en los rincones, ciudadanos que duermen a la intemperie, personas que llevan a cuestas la soledad.

En portales cercanos al casco histórico, en los bancos del Parque Vidal, en los límites del ferrocarril y de la terminal de ómnibus municipal, y en otros tantos lugares de concurrencia, los veo y no es secreto. Tampoco temo decir que son muchos. Pero, hurguemos en sus historias de vida, me apuesto a que ninguna se repite.

Puede ser un deambulante de otro municipio o provincia cubanos, que llegó tal vez perdido o «siguiendo» algún destino que le indicó su mente delirante. Pudo haber pasado por el Centro de Clasificación de Deambulantes de Santa Clara; a lo mejor regresó a su hogar y volvió para continuar en las calles. Quizá tenga alguna ayuda del Estado para compensar el retiro y visite un comedor del Sistema de Atención a la Familia (SAF).

Pero hay otros tantos perfiles. En el Boulevard hemos visto personas con esa apariencia de mendigos o limosneros, como se prefiera. Discapacitados, en una silla de ruedas o sentados en los portales, extienden su «alcancía» a quien pase, pero no agreden ni reclaman, solo esperan.

Tal vez no fue posible que entraran a un hogar de ancianos porque aún no llegan a los 60 o puede ser que se rehúsen a permanecer en él.  Quizá no cumplen los requisitos para ingresar en un centro psiquiátrico porque, definitivamente, no están «locos». Alguna decisión tomaron, en algún momento, los organismos pertinentes; sin embargo, el tiempo pasó y están allí, de nuevo.

Hace varios días veo a «otro» durmiendo en un portal, frente a Coppelia. Parece que está ebrio porque siempre le acompaña una botella vacía. Puede que la familia le haya llevado a desintoxicar a un centro de salud, puede que se haya hecho de todo para lidiar con esa pena, puede que no. En estas historias no es común que la gama de colores se reduzca al blanco o al negro. Quién sabe si la familia lo rechace o si él rechazó a su familia algún día y esté recogiendo «frutos» secos.

A veces nos apiadamos de ellos, otras tantas dudamos si serán «personajes» ficticios para evitar el trabajo duro, pero honrado. El repudio se acrecienta cuando escuchamos a alguien más, quien dice conocer a Juan o a Pedro y comenta sobre los «miles» de pesos que ha recaudado gracias a la caridad. La conocida «bola», verdadera o falsa, pasa de boca en boca para petrificarse en el ideario de los ciudadanos, quienes paulatinamente van desestimando el significado real de la carencia y la «necesidad» en las que viven muchos de ellos.

Pero hay más de «otros» desaliñados y solitarios. Son jubilados que tienen una casa —no sé si un hogar—, pero se sientan en las esquinas a vender cualquier tipo de artículos. Es fácil imaginar que no les alcance el dinero, pues su jubilación no suple el costo de los fármacos y de los alimentos, cada día más escasos y, por ende, más caros. A veces les confundimos por su apariencia, pero no, no se trata de deambulantes, ni mendigos, mucho menos de asediantes o de ebrios, sino de ciudadanos con ínfimos ingresos, que buscan otra fuente para subsistir.

La crisis económica, el aumento del costo de la vida y las desigualdades sociales cada vez más constatables, nos obligan a hablar de pobreza en ese sector, que hoy no es mal escondido. Aunque la ayuda de Seguridad Social a los más desprotegidos asciende a millones en el presupuesto del Estado, no cubre todos los gastos. Y, lamentablemente, para complicar la situación, el envejecimiento poblacional golpea fuertemente a Villa Clara.

Otros problemas de estos tiempos modernos, de los cuales no se encuentra exenta la sociedad cubana, lastran la estabilidad de dichas personas: el rechazo a los enfermos mentales, la incomprensión a los discapacitados, el aumento del alcoholismo y de las drogas porteras, situación que traspasa diametralmente el concepto de familia y hogar.

Y aunque el Gobierno ha potenciado programas para recuperar los valores y combatir la disfuncionalidad de la familia, falta mucho por hacer para quitarnos cada uno de encima los gramos de culpa que nos tocan. Es que la soledad pesa tanto en la vista de los que miran como en el pecho de quienes la cargan.