La guerra y la paz

En julio, una «guerra» advertida azotó los vecindarios cubanos. Calor sofocante. Gritos. Invasión de cuadrillas justicieras. Deportes a todo volumen. Mariachis en casa del cumpleañero. «¡Que llegue septiembre!»

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Es temprano. La noche promete. Los guerreros salen salvajemente por la puerta de su casa. Comienza la guerra. Una hilera de petardos improvisados pone en alerta al vecindario, que se impacienta.

La tregua había sido larga desde que el pasado septiembre los luchadores tuvieron que deponer las armas. Un duro golpe para la cuadrilla justiciera, pero diez meses después, un torbellino de gritos inicia el combate.

«¡Paz!», grita una pareja desde el balcón. Otro par de vecinos, que no temen, les viran los ojos en blanco. «Si no es a esta hora, cuándo…», murmuran entre dientes y se sientan calmadamente en la acera. Predicen el desenlace.

Ilustración de Martirena
(Ilustración: Martirena)

Ni la oscuridad estorba la visión de los luchadores que preparan la invasión. Se juntan, trotando, dos guerreras de muy corta edad. Solo sus cabellos estorban las maniobras. Pero las pequeñas luchadoras hacen un gran moño en el centro de sus cabezas y el sudor frío les refresca la nuca.

El correteo. Los petardos en las cuatro esquinas. La luz del alumbrado público, que ha revivido, comienza a parpadear. Dos luchadores presentan náuseas y tienen que abandonar el combate. Pero quién dice que un par de bajas temporales suponen el fin de la contienda barrial.

Un arrebato ordena revancha al batallón. Y el pequeño desliz de un guerrero emocionado desvía el simulacro hacia una verdadera hecatombe. Punto final a la lúdica imaginación de los niños. Comenzaron los puños. Y las mordidas.

Gritos. Calor. Los perros que ansían seguir el jolgorio infantil. Deportes a todo volumen. Mariachis en casa del cumpleañero. «¡Que viva el verano!», grita una señora desde su sillón, también en la acera. «¡Alto al fuego!», reprocha la pareja cascarrabias desde el balcón. «¡Que ya ni la novela se puede ver!» «¡Que llegue septiembreeee!», rezan a los cuatro vientos.

Un amasijo de niños, amelcochados de pies a cabeza, son separados por la fuerza. El rompegrupos abandona el ring. Es conducido a casa. Pero un fuerte olor a chinche, mezclado con agua de cuneta, envenena a su madre y la convierte en malvada persona. Entonces, el niño será condenado a la peor de las torturas: «¡Directo a la ducha!».

El resto de luchadores, guapos y bravucones, cuyas familias no logran enlazarlos a pesar de la corrida de toros, se sientan en la acera, con las caras muy largas. Sin embargo, nadie duda de que regresará la paz al vecindario. Por poco tiempo. Porque mañana y por lo que queda de verano, a la misma hora y en el mismo lugar, la suerte estará echada.

Se han publicado 4 comentarios

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  • José David

    Hermoso trabajo que me hace recordar mi infancia (Hace tan solo poco mas de medio siglo, ¿sabes?), cuando nuestros padres rogaban a sus dioses para que adelantara septiembre, la fecha señalada para el armisticio. Felicidades Yinet, por el fino humor que recuerdos trae.

  • Guillermo

    Hola, buen artículo, reflejo de una verdad con un verbo humorístico, aunque no creo que muchos niños quieran que llegue septiembre, gracias Yinet, me sigues sorprendiendo.

  • Yinet

    Muchísimas gracias por sus elogios. De esas historias podemos encontrar muchísimas en los barrios cubanos.

  • Julio Cesar Mazo Castellon

    JAJAJA, ME RECUERDA MI BARRIO ENTRE JULIO Y AGOSTO, ES REALMENTE AGRADABLE RECORDAR LA INFANCIA.