Ningún ser humano se adapta a la sensación de pérdida: no es lo normal; es más, me resulta antinatural. Cuando se te priva de lo que amas reaccionas con furia o con impotencia, o te quedas en silencio, o aprietas contra el pecho la estampa de una virgen o, simplemente, esperas. ¿Por qué? Por una buena noticia o, al menos, por algo que revele que lo que te está pasando no es lo peor, que siempre hay gente más triste…
La pérdida, de por sí, indica derrota. Los cubanos paladeamos esa idea desde hace mucho, por eso no nos resignamos o mejor dicho, ¡no nos da la gana! a mirar al suelo como único horizonte. ¡Ha sido tanto!
Lo «malo » de lo malo es que está asegurado, resulta inevitable, llega porque toca, como la marea...o los huracanes. Y lo que más agita cuando eso sucede se limita al pensamiento doloroso e invasivo casi como un cáncer de que perderás algo.
No sé lo que es dejar mi mundo atrás, tener que elegir de una gaveta qué es importante y qué no, abrazarme a una pared como quien se despide de una madre enferma y pedirle que resista, que no me falle, que la necesito. Ni los míos ni yo hemos vivido y dormido bajo el mismo techo con otros cientos que también debieron priorizar un pedacito de sustento, acaso de futuro, dentro de un par de jabas. Pero lo peor no es partir, sino regresar.
Cuando nada te espera, la sensación de desamparo dobla las rodillas y aplasta el pecho. Cuando la casa es un cadáver, y entre el lodo y un cielo rabioso no queda evidencia de que un día, ayer mismo, tuviste allí tu hogar, pensar en otro amanecer parece un acto injustificado; incluso, cruel.
Pero hay que volver.
Así sea para no encontrar nada, o para abrazar a alguien igualmente arrasado y decirle que la ayuda ya llegó, que tenga fe, que le dé gracias a Dios y a los que se aseguraron de protegerles a sus familias: en estos días, allá, en la puntica de Cuba, ese es el único milagro.
Quedó en pie lo único que no podía caer.