Otras Evas y otros paraí­sos

Mujeres sin interés por prolongar su herencia mediante algo más que su obra o recuerdo. ¿Qué factores determinan la decisión de no ser madres?

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Liena María Nieves
Liena Marí­a Nieves
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06 Septiembre 2016

De buenas intenciones y preocupaciones legí­timas está repleto el camino hacia el infierno. Gente que establece los tiempos de otros, gente que se persigna ante el «egoí­smo » ajeno, gente, definitivamente, con demasiados deseos de ser escuchada.

¡Y para opinar siempre sobran temas! Desarrollo, meteorologí­a, precios, modas, familias…

Me divierte imaginar la expresión de seriedad de los opinantes, el histrionismo de un buen acto de aflicción, la ansiedad injustificada o, incluso, justificada, aunque casi nunca requerida. « ¿Tú estás seguro? », « ¡Yo no lo harí­a así­! », «Apúrate, que te va a arrollar la rueda de la historia ». Quizás, en Asia resuelvan este tipo de conflicto con medio minuto de silencio y una reverencia respetuosa, o puede que los cautos europeos se limiten a mostrar su igualmente cauto dedo del medio.

Angela Merkel.
Angela Merkel, canciller alemana desde el 2005, fue catalogada el pasado año por la revista Forbes como la mujer más poderosa del mundo. Al casarse con Joachim Saber, su esposo durante las últimas tres décadas, ya habí­a renunciado a ser madre. Él tiene dos hijos de un matrimonio anterior. Sobre el tema, Merkel ha declarado que «ser madre no hace falta para sentirse completa ».
Gloria Steinem
La periodista y escritora estadounidense Gloria Steinem, considerada un í­cono imprescindible del feminismo en su paí­s, revalidó, con 82 años, su decisión de no embarazarse. «No todo el que tenga un útero tiene que tener un hijo, así­ como no todo el que tenga cuerdas vocales tiene que ser cantante de ópera ».  
Oprah Winfrey.
Oprah Winfrey, la mujer más poderosa en el mundo del espectáculo en los Estados Unidos, tuvo un niño a los 14 años, el cual falleció a los pocos meses de nacido. Después de esa experiencia, se rehusó a ser madre nuevamente. De hecho, considera que su determinación surgió en plena infancia. «Mientras que en séptimo grado mi mejor amiga escribí­a el nombre de sus hijos, yo soñaba cómo convertirme en Martin Luther King ».
Cameron Dí­az.
«Tengo una vida increí­ble. De alguna forma tengo la vida que tengo porque no tengo hijos… Es solo una elección diferente », señaló en el 2009 la reconocida actriz de origen cubano Cameron Dí­az, sin duda, uno de los rostros más hermosos de Hollywood.
(Fotos: Tomadas de Internet)

En Cuba, sin embargo, no funcionan esos recursos.

Aquí­ se debate con la convicción de Cristo y la rabia de Atila. Somos pacientes y tercos, jueces furiosos y clarividentes garantizados: «Cuando estés vieja/o y no tengas a nadie, tú me vas a hacer un cuento ». Quién sabe si el relato cambie en los próximos 50 años, o si el pobre Nostra ­damus no vivió para comprobar cuánta razón le asistí­a. Digo esto para no herir a los preocupados, porque me suena un tanto ridí­culo suponer que a los 80 le deba rendir cuentas a alguien más que a mí­ misma.

Claro, todo es cuestión de perspectiva. La madre de Tamara amenaza con infiltrarse en sus sueños el dí­a en que ya no esté. «Me dice todas las noches que su fantasma será mi única compañí­a. Aunque no tengo hermanos y me adora, no me perdona que haya renunciado a la maternidad ».

Tamara cumplió 36 años en julio. No se ha casado nunca, pero nunca está sola. Dice que su libertad no tiene precio, que encuentra algo perfecto en cada hombre y que no tiene ningún vací­o que llenar.

«Soy impaciente, exigente y no soporto que algo externo a mi voluntad importune mi tiempo. Quisiera vivir tantas experiencias que me harí­an falta dos reencarnaciones más, y eso no lo creo posible con un hijo, así­ que ni hablar de dos o tres. Soy una mujer completamente normal, femenina y sin ningún problema de fertilidad, como creen algunas personas cercanas.

«De hecho, elegí­ abortar en el momento en que me he sentido más enamorada y correspondida. Fue una advertencia clara sobre qué es lo que quiero y necesito, y qué no. Lamento que otros no lo comprendan. Yo tampoco comparto determinadas actitudes, y ni así­ los critico ».

Mujeres sin hijos o, mejor dicho, mujeres sin interés por prolongar su herencia mediante algo más que su obra o su recuerdo. Para ellas siempre sobran los epí­tetos sin gloria, los asombros, las lecturas entre lí­neas; «fulanas egoí­stas » que devoran el presente sin reparar en lo que vendrá, únicamente justificadas si algún mal fisiológico les priva de la posibilidad de engendrar una vida.

Solo en ese punto, que, ¡claro está!, la sociedad necesita dominar, se les permite el ascenso del cí­rculo de las «antinaturales » hasta el de las «incompletas ». Obvio, nunca se queda bien, aunque supongo que sobrellevar la lástima deba ser menos enojoso que convivir con la balacera de los cuestionamientos.

Eso sí­, el hombre que rehúye los pañales y aduce inmadurez a los 40, recibe el aplauso de sus congéneres e, incluso, la complicidad de algunas mujeres. «Este sí­ sabe vivir ». Para ellos se evaporan las presiones, la maledicencia pública, el rumor… En fin, que llegaron al mundo con propósitos más elevados, y no con la sencilla tarea de adornarlo y llenarlo de niños.

Recuerden que Eva fue la pecadora. El pobre Adán solo se dejó llevar…

La manzana de la discordia

Con 25 años y una profesión recién estrenada, una lectora matan ­cera que se identifica como Aly declara su total apatí­a hacia la maternidad.

«No es por irresponsable, simplemente no me gustan los niños, no me siento cómoda con ellos ni tengo planes a largo plazo para ser madre. Mantengo la misma sensación desde que era chiquita, y eso no cambió ni cuando nació mi hermano menor. No creo que una mujer que se irrita con el desorden y la falta de sueño pueda soportar la crianza de un bebé. Los encuentro preciosos; nada más.

«Mi novio dice que con el tiempo cambiaré de idea, que algún dí­a el reloj biológico me avisará que estoy lista. Lo digo de verdad: o mi reloj se estropeó o nací­ sin el famoso instinto maternal. Para mí­, ningún placer se compara con mis avances laborales, con los proyectos que me construyo o con el tiempo que paso con él. No quiero que mi cuerpo cambie ni deseo cuidar de nadie más. Subsistir es caro y difí­cil. Todaví­a no me critican porque soy joven; sin embargo, luego enfrentaré opiniones de toda clase, y no dudo que hasta ofensas. Ese es el único problema que le veo a mi decisión, porque no me quedan dudas, ya está decidido ».

Ni Tamara ni Aly son fenómenos. Lo que hinca es otra cosa. La sociedad cubana no se gradúa todaví­a de una materia elemental: la liberación femenina. Ya se ha visto de todo en la viña de Señor, pero aún cuesta asimilar determinados «incumplimientos ».

Y el asunto tiene mucho de ironí­a, ya que los focos solo se encienden cuando una «advenediza » se confiesa, a pesar de que la tasa de natalidad en Cuba referida a la cifra de nacimientos por cada 1000 habitantes en un año solo alcanza un 10,25 %, y nos ubica con el peor registro de América Latina. Qué decir del í­ndice de fecundidad (número medio de hijos por mujer), de apenas 1,62. Desde 1978, la Isla no ha logrado acercarse a su í­ndice ideal de reemplazo, consistente en dos hijas por mujer, hecho que imposibilita la estabilidad de la pirámide de población.

O sea, el fenómeno ya despuntaba en plena década dorada de la economí­a nacional, a lo que se han sumado años de restricciones de toda naturaleza también de bebés, además de tres crisis migratorias con marcadí­sima presencia de féminas en edad reproductiva.

Entonces, ¿qué nos sorprende? Aunque los cubanos suponemos insólito todo lo que aquí­ ocurre, en realidad formamos parte de una tendencia que se expande en los cinco continentes.

Con el nuevo milenio arribó una caí­da en las estadí­sticas de nacimientos de varias naciones latinoamericanas, Estados Unidos y Europa. Los problemas de fertilidad ocupaban un espacio importante entre las causas, mas no resultaron determinantes. La comunidad internacional enfrentó, por primera vez en la historia, una verdad arrolladora: la mayorí­a de las mujeres que no tení­an hijos lo habí­an elegido voluntariamente.

El estudio «Childless in Euro ­pe »  (Sin hijos en Europa), de la investigadora Katherine Hakim, reveló en el 2013 que aproximadamente el 20 % de las europeas no son madres; de dicha cantidad, las infértiles no sobrepasan el 3 %. Imagino que en este punto de la lectura, muchos aludan a la cuestión cultural y a los estilos de vida en el Viejo Continente. No les falta razón. Nueve de cada diez mexi ­ca ­nas, por ejemplo, eligen reproducirse, frente a un abrumador 44 % de mujeres inglesas que, en el Censo de Población del 2009, manifestaron su intención de no quedar embarazadas.

La antropóloga azteca Yanina ívila, investigadora de la Escuela Nacional de Antropologí­a e Historia (ENAH), es la autora del artí­culo «Mujeres frente a los espejos de la maternidad: las que eligen no ser madres ». En este trabajo, ívila destaca una faceta que, en buena medida, reta a duelo a un dogma milenario: la maternidad no es una vocación natural e instintiva.

¿Qué? ¿Lo dice en serio? ¿El mito de completar la felicidad con un bebé entre los brazos es solo eso... un mito?

Carlos Armando Bení­tez, de 34 años, aún no tiene hijos. Sin embargo, no los ha necesitado para disfrutar de una relación que casi celebra su noveno aniversario.

«Nunca hemos planeado un embarazo. Siempre pensamos en ahorrar nuestro dinero para comprarnos algo que nos guste o ir de vacaciones. Estamos centrados en complacernos uno al otro, y eso me encanta. Tenemos tiempo para salir, para superarnos, lo cual es casi una excepción entre los amigos de nuestra edad. Hasta hoy, el tema no ha salido. Supongo que en los próximos años lo haga, si es que los dos lo deseamos. No pienso presionarla, porque lo que tenemos ya es perfecto ».

Marí­a Alejandra Garcí­a Ramí­rez, catedrática de la Universidad Azteca (campus Estado de México) especializada en asesoramiento psicológico para niños y adolescentes, ha inquirido profundamente   en la esencia verí­dica de la decisión de convertirse en madre. Su conclusión al respecto demerita el rol del instinto y promueve una explicación más lógica: las mujeres tenemos hijos por convicción, no para sofocar el reclamo de las hormonas.

«El instinto no se ha extinguido, es solamente que se dio un salto evolutivo socialmente en el que la mujer da preponderancia a lo racional y objetivo, actuando en función del contexto histórico en el que se desarrolla en la actualidad. Es por ello que la decisión de ser madre alude más a una convicción que a un instinto. […]

«Las mujeres toman la decisión de no ser madres por diversos factores, que van ligados a la evolución cognitiva que ha tenido la sociedad. El rol, tanto del hombre como de la mujer, ha cambiado por esas necesidades de adaptación a las nuevas tendencias sociales: se ha dado prioridad a la resolución de un presente inmediato, dejando a un lado la reflexión de un futuro. Aunado a esto, y gracias a las diversas técnicas de fertilidad, las mujeres cambiaron la idea de tener una pareja para poder concebir un hijo y poco a poco, se ha ido modificando hasta llegar al punto de no depender de nadie y, por tanto, ir postergando la maternidad.

«En nuestro presente, muchas mujeres han decidido no tener hijos, medida que generalmente es tomada en la etapa adolescente o en la adultez temprana debido a los cambios fí­sicos, psicológicos y cognitivos por los que se atraviesa en esta fase del desarrollo humano. Esta decisión tiende a ser paulatina a través de los años y, como consecuencia,  la maternidad se va dejando de lado ».

No tengo dudas sobre la improbabilidad de complacer a cada uno de los que nos rodea y que, en nombre del amor, nos hacen notar que algo nos falta. A los solteros les recetan parejas; a los casados, un hijo, y a los que ya lo tienen, ¡más hijos! En fin, que acoplar con cada exigencia demandarí­a demasiado tiempo y esfuerzo, algo que, quizás, no han aplicado a sus propios problemas. Nuestros instintos básicos deberí­an centrarse en el intento de hacernos felices y no en el de anularnos a la elemental condición de mamí­feros. Si no encontramos la dicha en nosotros mismos, difí­cilmente seremos capaces de sembrarla y recibirla de alguien más.

La luz de mi vida tiene siete años y un diente de menos, pero esa es mi luz. Solo ustedes sabrán dónde mirar para encontrar la suya.

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