En mi casa manda...

La convivencia de la pareja requiere de tolerancia. Quienes aceptan la diversidad de caracteres tienen mayores probabilidades de éxito en su vida í­ntima.

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Parejas y tolerancia.
(Foto: Tomada de Internet)
Liena María Nieves
Liena Marí­a Nieves
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14 Enero 2017

La lucha por el poder simboliza la esencia misma de la evolución. La propia naturaleza nos lo impone desde la concepción misma: solo el espermatozoide más fuerte podrá fecundar el óvulo.

Piénselo durante un minuto, ¿acaso el amor no representa un muy particular terreno de lidia? Constantemente pugnamos por conquistar y proteger a quienes queremos o deseamos. ¿La razón?, el sentido de «propiedad » sobre los sentimientos del otro, un requisito indispensable para validar el éxito de nuestras relaciones, que es casi lo mismo que hablar de roles y expectativas sociales hechos a la medida del género.

De ellos, dominación y liderazgo; de ellas, brazos abiertos y frente baja. El feudo masculino se extiende sobre colinas doradas, y, a la sombra, féminas conscientes de sus «limitaciones ».

Sin embargo, el caparazón del mecanismo sexista que impuso sus leyes e inoculó autoridad y obediencia en dosis desiguales ya no parece tan impenetrable como se suponí­a. El empoderamiento de la mujer se coció a fuego lento demasiado lento, dirí­a yo, pero tal como sucede con la leche que se derrama, su regresión resulta irreversible.

Entre movimientos feministas, perspectivas de despegue y voluntades tensadas a fuerza de lucha, los patrones sexuales y psicológicos giraron el timón hacia la dirección femenina. ( ¡Tení­a que bajar la marea en algún momento!). No obstante, en el mundo subsisten residuos culturales incluso, legales que legitiman el machismo y la más aberrante segregación.  

No es de extrañar entonces que surjan opiniones como las de Maday, una joven lectora a la que la vida le ha cobrado sus cuentas.

«Quizás mi criterio les parezca algo exagerado, pero en los tiempos en que vivimos, si las mujeres no tomamos las riendas de la relación, los hombres, creyéndose como siempre los inteligentes, nos ponen como trapeador y nos traicionan hasta con la perra del vecino. Así­ que mi consejo es este: ‘‘Mujeres, ¡a mandar!, que ya no hay macho alfa’’ ».

Ante esa clase de ideas «sexualmente cuestionables », Ailen Solis se irrita.

«No son cosas que piensan las mujeres normales, por lo menos, no las que se han enamorado de verdad. Siempre hemos sido los hombres quienes mantuvimos el control de la pareja, nos preocupamos por hacerlas sentir seguras, o sea, no hay forma de que me convenzan de que eso no es algo que ellas disfrutan.

« ¿No se pasan la vida diciendo que son más vulnerables? Por algo se les llama el sexo débil, y si les preguntan, por generalidad andan buscando una relación estable que les proporcione protección. Si ellas solas pudieran proveerse, no tendrí­an la necesidad de que el hombre se haga cargo de mantenerlas casi en todo o de defenderlas si les sucede algo. El feminismo no pasa de ser una teorí­a sin sustento práctico ».

Hasta este minuto de la lectura, muchos supondrán que se trata de uno de esos temas que levantan ronchas y envalentonan a ambos sexos. No faltan argumentos viciados, radicales o simplistas, como tampoco escasean las historias de vida que, hasta cierto punto, justifican la estrategia defensiva de cada cual.

La experiencia no es otra cosa que el cincel que nos moldea, ya sea con suavidad o con golpes que desgranan. Por tanto, hablar de verdades puras me resulta un tanto irresponsable. No se engañen. Discutimos sobre sexualidad y seres humanos, así­ que el caos está garantizado. Dominantes y dominados, en contienda o bajo tregua; pero, al fin y al cabo, juntos.  

Entonces, ¿por qué tanto drama? ¿No se trata acaso de un acuerdo consensuado por ambas partes? ¿O será que, incluso enamorados, continuamos «guerreando » (in)cons ­cientemente?

¿Una dupla exitosa?

La convivencia me resulta el acto más equiparable a una obra de teatro. Luces y sombras, risas y llantos, catarsis y silencios.

Sin embargo, ambos «actores » aunque protagónicos defenderán su personaje e intentarán ser felices, hacer felices a quienes quieren y, aun así­, mantener a flote su personalidad.

 

Dependencia emocional.
(Foto: Tomada de Internet)

 

Encima de ello y a pesar de que no siempre se detecte, las muestras de dominación entran al ruedo para ubicar a cada cual en su sitio. Subliminal o literalmente, uno dirige y otro acata. Al menos, muchos lo experimentan así­.

Yudisleidi Hernández, de 30 años, no sabe vivir fuera del papel de dominada.

«Me ha sucedido en cada relación. Soy muy dependiente desde el punto de vista emocional, así­ que me he acostumbrado a manejar las situaciones para que mi pareja se sienta a gusto conmigo. Entiendo que enojarse o discrepar es lo más normal del mundo, pero yo no resisto ese estrés.

«No creo que sea una mujer fracasada. He tenido relaciones muy lindas que terminaron por causas ajenas a mi carácter. Sin embargo, en algún momento me gustarí­a sentirme en otro plano, uno en el que yo lleve los pantalones ».

Susana Fadraga Martí­nez y Yurixan Blanco González nos piden que les llamemos Susi y Yuri. Ella, a nombre de los dos, nos escribió para contar su historia; una que, a pesar de la diferencia de edad, resulta inusual.    

«Tengo una relación muy feliz que ya va por tres años y medio. Él me lleva14 años y tiene un niño, pero lo más especial de lo que compartimos juntos es que ninguno controla al otro. Nos tratamos como a iguales, nos respetamos y lo hablamos todo sin llegar a las exigencias, pues pensamos que cuando hay amor, nace sola la responsabilidad de cuidar a tu pareja sin tener que presionarnos o esperar a un supuesto lí­der para que tome las decisiones.

«El matrimonio funciona como un dúo perfecto que debe compartir, en primer lugar, las riendas del amor ».

Un estudio publicado en febrero del 2015 por la Charles University, de Praga, plantea que la felicidad conyugal sí­ constituye una meta alcanzable si uno de los miembros de la pareja es el dominante en todos los aspectos de la convivencia. La explicación radica en la aparentemente errada búsqueda de igualdad entre ambas personas, dado que, según los autores, este resulta un proceso fatigoso y estresante que podrí­a conducir a agotar la pasión.

Sin embargo, quienes aceptan la diversidad de caracteres y viven su rol natural sin alarmas ni aspavientos, tienen mayores probabilidades de éxito en su vida í­ntima.

Algo parecido proponen los franceses Caroline Kruse   y Jacques Salomé, consejera conyugal y renombrado psi ­cosociólogo, respectivamente.

«Hay que tener en cuenta que hacen falta dos personas para que se establezcan las relaciones de poder y que, en una relación dominante-dominado, cada uno está unido al otro por una dependencia recí­proca », expresa Kruse. No obs ­tante, al referirse a probabilidades o hechos concretos que puedan desequilibrar dicho patrón, la consejera alerta sobre la inminencia de una crisis total.

«Ello puede entrañar un auténtico desconcierto en el miembro de la pareja que no logra adaptarse, quien querrá intentar consolidar su posición mediante el control, provocando, a su vez, que el otro miembro intente consolidar su proceso de autonomí­a. Resultado: el sistema vigente hasta en ­tonces queda completamente trastocado ».

Jacques Salomé también aborda el tema desde la perspectiva de la felicidad: «Cada uno debe determinar sus expectativas respecto del otro y lo que le aporta, así­ como explicarle cuál es su zona de intolerancia, puesto que eso es lo que reactiva las antiguas heridas y despierta las situaciones inconclusas de la historia de cada uno ».

Desnudando el pasado

A los hombres les cuesta admitir ciertas cosas. Los entiendo, fueron educados para jugar «al duro ». Cualquier otro comportamiento les restarí­a brí­o, y eso, en una sociedad machista y heteronormativa, ni se escucha ni se ve bien.

Lo llamaremos Alfredo. Por amistad y por deseos de liberar un poco de presión, pide que se publiquen sus palabras. «Sé que muchos me entenderán porque viven lo mismo que yo ». Tiene 35 años, pero una sola mirada seria de la esposa basta para pintarle una expresión de niño temeroso.

Adicción al amor. Corazón.
(Foto: Tomada de Internet)

«Mi madre es la persona más dominante que he conocido. Llegó al extremo de que mi papá le dijo que si continuaba viviendo con ella podrí­a llegar a lastimarla. Nos dejó cuando yo no habí­a comenzado la escuela y crecí­ viéndolo cada dos o tres meses. No creo que fuera un mal hombre, sino que no la toleraba, y eso también lo alejó de mí­, ya que ella controlaba, incluso, lo que me traí­a de regalo o los sitios a los que me llevaba a pasear.

«Ese divorcio fue el detonante de mi comportamiento. Aprendí­ a darle la vuelta para poder hacer lo que yo quisiera, porque crecer a su lado fue un tipo de guerra callada entre la domadora y el león. Más tarde, incorporé la misma ‘‘técnica’’ a mis relaciones de pareja, sin darme cuenta de que poco a poco perdí­a el control. Sufrí­ abusos psicológicos y menosprecios de toda clase, hasta que asumí­ mi problema. Luego conocí­ a mi actual esposa, que es bastante fuerte, aunque, gracias a Dios, hemos conseguido que funcione.

«Soy el clásico dominado, pero encontré a alguien que me acepta, me ama y me respeta. No todo podemos dejárselo a la casualidad o a que la convivencia lo revele en algún momento. Antes de desnudarte en la cama, di la verdad ».  

A estas alturas, ¿alguien se atreverí­a a juzgar? ¿Tanta gente puede estar equivocada? ¿Existen categorí­as para tasar el amor?

No me cansaré de repetir que la sexualidad contiene más misterios que el océano. Lo «normal » se sobrevalora, lo diferente escandaliza y los roles se manipulan en pos de construir un mundo predecible.

Sin embargo, la gente no cesa. Busca lo que le conmueve, así­ sea en donde se supone que no deberí­a mirar. Dice una canción que la vida es un ratico… Pues vivámosla entonces bajo la piel de quienes en realidad somos.

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