Una maestra convencida

Luego de jubilarse, Marilyn Domínguez Sigarroa volvió a Educación, y desde el Departamento de Cuadros de la Dirección Provincial, sigue añorando el aula.

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Marilyn Domínguez Sigarroa se declara una maestra convencida. Aunque hace 20 años que no enfrenta el aula, mantiene vivo el «bichito» de la enseñanza.

Ahora labora en el Departamento de Cuadros de la Dirección Provincial de Educación en Villa Clara, pero con anterioridad impartió clases en planteles del municipio de Corralillo.

«Soy graduada del tercer Contingente Manuel Ascunce Domenech, en la especialidad de Historia. Me hubiera gustado ser periodista o abogada. Pero ante el llamado de Fidel, en 1972, y gracias a los excelentes maestros que tuve, di el paso al frente y me incorporé al magisterio. Y hoy no siento arrepentimiento».

Educadora Marilyn Domínguez Sigarroa, de Villa Clara.
Marilyn Domínguez Sigarroa se siente orgullosa de haber respondido al llamado de Fidel a los jóvenes para que se formaran como educadores. (Foto: Osmaira González Consuegra)

—¿Cómo fue su primera experiencia en un aula?

—Fue en la escuela José de San Martín, en Manicaragua. Combinábamos el estudio con el trabajo. Los alumnos eran casi de mi misma edad, 18 años. La experiencia resultó impactante y exigía mucha entrega de mi parte. Hacíamos guardia, como el resto de los profesores. Maduramos y nos hicimos adultos allí. Asumí responsabilidades en la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), y recibí el carné de la UJC.

—¿Por cuáles otros centros transitó?

—En Manicaragua solo estuve un curso, pero bastó para que comenzara a crecer la verdadera vocación. Luego fui para la Escuela Vocacional Comandante Ernesto Guevara, y después me mantuve un año como alumna ayudante en el Pedagógico Félix Varela, hasta que en 1979 me gradué del Contingente. Me enviaron a Corralillo, a la ESBEC Alberto Fernández. Allí tuve mi primera experiencia como trabajadora. Era la subdirectora y resultó un gran compromiso dirigir a profesionales que me sobrepasaban en edad y años de labor.

—Sé que posee una rica trayectoria como cuadro del sector…

—Puede decirse que sí. Me agrada preparar la reserva, controlar a los maestros. No es fácil, pero se logra el objetivo. En Corralillo viví 20 años. Allá establecí mi familia. Me dediqué a la superación del nivel para la prelicenciatura con maestros de maestros. Exigió mucha preparación e investigación de mi parte. Creo en la utilidad de la virtud y disfruto atraer y entusiasmar a los futuros dirigentes.

—¿En estos momentos resulta fácil encontrar maestros con deseos de dirigir?

—No es labor de un día. Entre los jóvenes pedagogos existen muchos con capacidad y disposición para asumir tareas de dirección. Los contextos nos obligan a ser más precisos, a esmerarnos más con los cuadros.

—¿Qué se necesita para atenderlos?

—Paciencia. No se te puede escapar ni el más mínimo detalle. Desde la fecha del cumpleaños, hasta la situación familiar. Requiere mucha dedicación, no perder ni un minuto. Tenemos que ser certeros, no equivocarnos y realizar un trabajo previo.

—¿Extraña el aula?

—Mucho. Cuando voy a las visitas realizo preguntas de comprobación a los estudiantes. Es la manera que me ha quedado para seguir enseñando. Tengo un nieto que cursa el primer grado, a quien también le dedico parte de mis conocimientos. Ahora le han enseñado a escribir la letra efe (f) y me ha dicho: «Ya puedo escribir Fidel». Eso me llena de orgullo.

Esta pedagoga, jubilada y reincorparada, se esmera cada día por hacer bien su trabajo. Para ella el aula era un oasis, y no cree que nadie en el mundo haya hecho más por la Educación que Fidel. Por eso siente satisfacción, porque respondió a su llamado en 1972. Ahora desde el Departamento de Cuadros siente que también ejerce el magisterio, enseñando a los que dirigen en el sector. 

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