La «comedia» de un periodista

A nosotros se nos está permitido soñar: con un periodismo cada vez más comprometido, con la misión de informar con rigor y opinar sin cortapisas.

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Mi sueño de ser periodista había quedado sepultado en el marasmo de las críticas negativas. A finales de duodécimo grado, y a pura conciencia, opté por Licenciatura en Letras (Filología). Así, me encargué personalmente de fusilar un gran porciento de las probabilidades de serlo. Pero el azar, que nada nos debe, hizo cumplir la vieja aspiración y los genes de comunicadora gritaron más alto, cuando me ubicaron a cumplir mi servicio social en un medio.

Caricatura de Alfredo Martirena sobre el periodismo en Cuba.
(Ilustración: Alfredo Martirena)

Así, conviviendo en el gremio, pude percatarme de cuán difícil resulta hacer periodismo en Cuba. Solo inmersa en un medio de prensa se es capaz de vivir cabalmente el oficio. Disfrutarlo. Volverse dependiente de la palabra y la escritura, y llegar a sentir que no se es feliz sin ella. Por ello, regalamos esta «semblanza» colectiva, «seria» y «solemne», para el próximo 14 de marzo conmemorar el Día de la Prensa Cubana.

El periodista, el ser más «camaleónico» que «ojos humanos hayan visto», es periodista por amor. Que no quepan dudas. Cierto filósofo amigo mío, sabiendo los desmanes monetarios de la profesión, me aconsejó: «Periodismo, mmm, es extraordinario… siempre y cuando tengas un “amigo” que te mantenga». «Bonito» recurso para avizorarle a una recién graduada un «próspero» futuro. Sin embargo, el rumbo del oficio continuó mostrándome otras tantas «desventuras».

Cuando un reportero llega a entrevistar, todos lo empavesan de «viscosas» sonrisas, mezcla de una bienvenida con «prensafobia».  Si la visita es de promoción, enseguida se apresuran a colocar la alfombra roja. Si la grabadora o la cámara fotográfica o de video aparecen como seña de un matiz «detectivesco», el entrevistado sufrirá espasmos, sudoraciones y leves convulsiones. Puede que si el reportero se muestra algo más que «preguntón», incisivo, le «hagan la cruz» y en la próxima cita hasta lo sorprendan con una escoba detrás de la puerta.

También, el periodista es un «romántico acosador». Nadie imagina lo que es capaz de hacer para «enamorar» a la fuente. Se «derrite» al sol, se deshidrata a la espera, permite sutiles «engaños» y la persigue, incluso, hasta la intimidad… de su casa. Entre discusiones y reconciliaciones se enrolan, juntos, en el «eterno cortejo» que deviene luego mensaje de interés público.

Aunque el periodista no tenga poder de decisión, el pueblo ve en él una vía para solucionar sus problemas y canalizar preocupaciones. Entonces tendrá que cargar, en el buzón de su portafolio, las quejas y sugerencias que han de parar, por gravedad, a todos los ministerios, organismos e instituciones locales, municipales, provinciales, y «al infinito y más allá». Por lo que, de cierta manera, dicho «sujeto» es funcionario a medias y delegado a tiempo completo.

Guiado por un afán de justicia y objetividad, el periodista juzga. Y aunque, de cuando en vez, logre «cerrar un caso», no tiene martillo que imponga sentencia ni toga que le haga juez. Y aunque se sumerja hábilmente en cuestiones económicas, tecnológicas o ingenieriles, si lacera alguna llaga, no faltará quienes inviertan los roles y lo «acusen» de hablar a priori y sin argumentos.

El periodista atiende la urgencia, no tiene días libres, ni sábados ni domingos, pero no es médico —¡ni cobra como tal!—. Y vive amarrado a la noticia, atado de pies y manos a la novedad, dependiente de la «última». Por tanto, algunos lo consideran «chismoso».

Siempre está en tela de juicio, en la crítica de sobremesa, en los debates del ómnibus. Aunque se le quiere, también se le odia; y a veces, las dos cosas al mismo tiempo.

El periodista ha de guardar secretos que se filtran al calor y la intimidad de algunas confesiones. Sin embargo, no es sacerdote ni psicólogo. Y en suma, «poco creativo»: se queda prendado de las historias de vida que luego reproduce en sus crónicas, con giros poéticos. A veces, libera a su musa, amordazada por el pragmatismo noticioso, «¡pero no, que no es escritor!».

Dice un chiste popular que el médico entierra sus errores, el abogado los encierra y el periodista los publica. «Pobre» periodista que debe cargar a la espalda, estoicamente, el fiasco de sus primeros trabajos. «Para variar», en estos tiempos hasta las redes se han puesto en su contra. Cuando cree tener una «bola» nueva, cualquier internauta logra, con horas de adelanto, echar por tierra la supuesta «exclusiva».

Sin embargo, a pesar de todo, el periodista ama ser periodista. Trabajar —papel, imagen o sonido mediante— para alguien desconocido que atento lee, escucha o ve lo que tiene para decirle al mundo. Y aunque el ser periodista lo haya condenado al eterno perpetuo, él lo disfruta, porque —como diría el gran Gabo– «nadie que no haya nacido para eso… podría persistir en un oficio tan voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede ni un instante de paz mientras no vuelva a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente».

En Cuba, los periodistas soñamos como se le está permitido soñar a cualquier otra profesión. Soñamos con un periodismo cada vez más comprometido con la misión de informar con rigor y veracidad, y de opinar sin cortapisas ni limitaciones.

Siempre pendiente de los «otros», el periodismo también necesita hablar de sí mismo, sin ser llamado egocéntrico. Al menos en esta edición se nos está permitido, ¿no?

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