Psicología en el aula

¿Cómo influye el reinicio del curso escolar en Villa Clara sobre el desarrollo emocional de niños, adolescentes y jóvenes?

Alumno de la enseñanza primaria en Villa Clara.
Las medidas sanitarias aplicadas en los centros educacionales y el apoyo de las familias garantizan que niños como Keibel Lenier Gutiérrez Benavides retornen felices a las aulas. (Foto: Ramón Barreras Valdés)
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Otra vez uniformes y mochilas inundan calles. Las escuelas, cual panales, expiden el zumbido de cientos de abejas mientras fabrican y saborean en conjunto la miel del conocimiento, que se tornará más dulce en tanto se cumplan con rigor las medidas sanitarias para prevenir el contagio por la COVID-19.

A la necesidad de mantener un buen estado de salud desde el punto de vista físico, se suma la búsqueda del equilibrio mental de alumnos, docentes y familiares frente a las restricciones que impone la pandemia. Al respecto, Vanguardia conversó con la máter Misleny Rojas Flores, psicopedagoga del Centro de Diagnóstico y Orientación (CDO) de Villa Clara.

Máster Misleny Rojas Flores
«Hoy priorizamos el control epidemiológico para evitar rebrotes del nuevo coronavirus; pero queda mucho por escribir sobre el desarrollo emocional de los niños antes y después de la pandemia», asegura la máster Misleny Rojas Flores. (Foto: Ramón Barreras Valdés)

—¿Cómo afecta la nueva realidad a los niños, adolescentes y jóvenes que regresan a los centros educativos?

—Vivimos momentos muy difíciles, para los adultos, para los jóvenes y, sobre todo, para los niños. Llevaban cinco meses en la casa, sometidos a la ansiedad y el estrés que experimenta toda la familia. Vuelven a las aulas, pero no con las mismas motivaciones con que inician cada septiembre.

«En las escuelas vemos, por ejemplo, menores que todavía tienen que usar la pañoleta roja, aunque anhelan vestir el uniforme de la secundaria básica y realizar actividades propias de preadolescentes; estudiantes de 12°. grado que aún no comienzan la universidad, porque no han realizado los exámenes de ingreso. Incluso, por el riesgo que representan las actividades colectivas, todavía no sabemos cómo tendrá lugar el cambio de atributos ni los actos de graduación, acontecimientos cruciales en la vida pioneril y estudiantil.

«Las condiciones en los planteles docentes también han cambiado. Como resultado de la restructuración de los grupos, los niños no están con sus mismos compañeros de aula, muchos ni siquiera continúan con la misma maestra.

«Les resulta incómodo usar el nasobuco durante cuatro u ocho horas, y no podemos permitir que se lo quiten, pues nuestra prioridad es su salud. Pese a que el receso sigue siendo el horario higiénicamente establecido para que cambien de actividad, tampoco pueden jugar e interactuar como lo hacían antes de la pandemia.

«En el caso de la primera infancia, se afecta su actividad rectora. El juego, prácticamente, pasa de colectivo a individual, lo que limita la interacción y el desarrollo emocional en estas edades. Las madres que antes acompañaban al pequeño de prescolar hasta el aula, lo sentaban y le daban el beso de despedida, deben quedarse en la entrada del centro».

—Suena, incluso, traumático.

—Sin embargo, a pesar de lo difícil que es esta readaptación, hemos constatado en muchos centros lo bien que se adaptan los niños. Ellos mismos llevan su pomito con gel, alcohol o solución clorada; se lavan las manos y se cambian el nasobuco cada dos horas.

«En sentido general, la situación resulta compleja para todos, porque el ser humano se adapta bien a lo bueno, mas ofrece mayor resistencia ante los cambios difíciles. No obstante, hasta ahora apreciamos que los más disciplinados son los más pequeños».

—¿Cómo enfrenta la escuela el reinicio del curso?

—Como bien dijo la doctora Patricia Arés: «No podemos evitar el viento, pero podemos construir molinos». La constancia, la sistematicidad y la perseverancia nos han permitido avanzar sin contratiempos durante dos semanas, aunque muchos avizoraban una entrada catastrófica.

«Reajustamos los horarios, diseñamos actividades complementarias. Otorgamos nuevas funciones a los especialistas (profesores de Educación Física, instructores de arte), que ahora permanecen en las aulas para apoyar el proceso docente-educativo. Pensamos y proyectamos las iniciativas para evitar el mayor número posible de afectaciones físicas y psicológicas.

«Los padres son conscientes del nuevo escenario, pues realizamos escuelas de educación familiar para explicar las condiciones atípicas de este curso, y seguimos abiertos a las sugerencias o preocupaciones. Educación ha puesto todo su empeño, ha hecho lo decible y lo indecible para que el curso recomience y se vean los frutos de estas nuevas generaciones, que la familia esté complacida y, sobre todo, que los niños, adolescentes y jóvenes logren sus propósitos».

—Los docentes desempeñan un rol esencial…

—Durante los cinco meses de receso obligado, los educadores florecimos. Lejos de perder el tiempo, ganamos en experiencias emocionales, sentimentales, espirituales. Recuperamos valores que creíamos perdidos. Vivimos situaciones que nos laceraron y nos hicieron más solidarios, más humanos y, por tanto, mejores profesionales.

«Actualmente, los maestros y profesores enfrentan una doble carga: velar por la salud de sus estudiantes, en todos los niveles, y guiar el proceso de enseñanza-aprendizaje, para culminar el presente curso e iniciar el próximo con la calidad esperada. El pedagogo constituye un referente, por lo que el uso correcto del nasobuco, el lavado sistemático de las manos y el distanciamiento físico, dependen, en gran medida, de su ejemplo.

«Para disminuir las posibilidades de contagio a través de superficies, se ha tenido que prescindir del placer de adornar el aula y utilizar medios de enseñanza cuya superficie no se puede limpiar con una solución clorada. En los grados pequeños, el educador se vuelve un artista, capaz de introducir, pronunciar y enfatizar sonidos a través del nasobuco.

«Tiene que reinventarse, convertirse en un mago para lidiar durante ocho horas con 20 alumnos en el aula; atender las exigencias de mamá, papá y, en muchos casos, de abuela, ansiosos por retornar a una normalidad todavía lejana. Tiene que llorar, reírse, ser partícipe de todas las situaciones que afronta la familia y, además, resolver los problemas propios, que nunca faltan. Por eso creo que el maestro  debe ser una figura más enaltecida a nivel social».

Alumno y maestra de primaria en Villa Clara.
Los educadores de la escuela especial Chiqui Gómez Lubián no renuncian a los medios de enseñanza. La desinfección de las superficies con agua clorada permite que los niños aprendan, se diviertan y permanezcan sanos. (Foto: Ramón Barreras Valdés)

—La actividad docente de los estudiantes de secundaria básica, preuniversitario, y de la enseñanza técnica y profesional, no cubre ambas sesiones ni todos los días de la semana. ¿Cómo evitar que los adolescentes y jóvenes permanezcan en la calle?

—En estas enseñanzas el horario también está escalonado, con una planificación de clases y de actividades complementarias. Ellos van para la casa con tareas. Si las realizan con seriedad y rigor, prácticamente no les alcanza el tiempo.

«Los estudiantes de 12°. grado continúan su preparación para ingresar a la universidad, y los que culminan 11°. muy pronto enfrentarán el año terminal del preuniversitario y los respectivos exámenes de ingreso a la Educación Superior. El hecho de que los adolescentes y jóvenes se queden en la calle escapa de nuestras manos. La familia debe jugar su papel como célula fundamental de la sociedad, no dejárselo todo a la escuela, respaldar la exigencia que ponemos en cada actividad, velar por que sus hijos no permanezcan sin hacer nada. No es momento de descansar, sino de conseguir los objetivos que quedaron pospuestos a partir del 24 de marzo».

Para conocer las particularidades de la enseñanza especial, Vanguardia llegó hasta la escuela Chiqui Gómez Lubián, de Santa Clara, y dialogó con la máster Yosleivy Morales Llenes, psicopedagoga del centro.

«Aquí cumplimos todos los protocolos establecidos: el horario de entrada escalonado, la pesquisa, el paso por los baños podálicos para la desinfección y el distanciamiento social permanente. Como no realizamos un matutino masivo, antes de iniciar las clases los niños muestran reverencia y solemnidad hacia la bandera desde las aulas».

—¿Cómo afrontan estas circunstancias con alumnos más peculiares que otros?

—Desde mi punto de vista, todo transcurre sobre la base de la normalidad. En esta escuela somos privilegiados: tenemos locales amplios y matrículas reducidas, que facilitan el distanciamiento. Pero, cuando no exista la posibilidad, buscamos alternativas. Este particular nos ha caracterizado siempre.

«Los niños cumplen las medidas sanitarias con entusiasmo, organización y disciplina. Se lavan las manos con frecuencia y todos usan de manera correcta el nasobuco. Hasta el momento no se ha dado ningún caso de un pequeño que no tolere la mascarilla o se desestabilice psicológicamente por usarla. También mantenemos una vinculación estrecha con las familias, que siempre nos ponen al tanto sobre cualquier síntoma o eventualidad que impida la asistencia de los pequeños al centro.

«Debemos enfrentar esta realidad desde un punto de vista positivo. No podemos ver el distanciamiento social y el empleo del nasobuco como una barrera. El maestro siempre tiene que desarrollar una empatía con el alumno, y establecer confianza, seguridad, para que el niño aprenda sobre esa base.

«Aunque nos alejemos físicamente, mantenemos la cercanía, la cordialidad, la dedicación y el amor que exige la enseñanza».

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