Dichosa entre pequeños duendes

Historia de una maestra joven que cada día encuentra una nueva forma de entregar amor a los niños.

Lisandra Aguilar Castellanos, maestra de prescolar en el círculo infantil Ismaelillo, de Santa Clara.
Lisandra Aguilar Castellanos, maestra de prescolar en el círculo infantil Ismaelillo, de Santa Clara. (Foto: Mónica Sardiña Molina)
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Lisandra Aguilar Castellanos no sorprendió a sus padres con la decisión de ser maestra, pues su vocación fue, al mismo tiempo, pedagógica y genética. «Se alegraron mucho con la noticia, porque los dos son profesores. Siempre me transmitieron valores éticos y cualidades inherentes al magisterio, y me motivé por la carrera desde pequeña.

«Estudié la especialidad de Educación Preescolar en la Escuela Pedagógica Manuel Ascunce Domenech. Recién graduada, obtuve una plaza en el círculo infantil Ismaelillo, y ahí trabajo hace seis cursos».

A sus 25 años, Lisandra asume la superación como una forma más de profesar amor a los niños. No demoró en cursar la licenciatura, y el título de oro le valió el ingreso inmediato a una maestría, que debe concluir en octubre próximo.

Lisandra Aguiar, joven maestra.
Para Lisandra no hay momentos especiales. El progreso de sus alumnos es una gratificación diaria. (Foto: Mónica Sardiña

«Inicié mi vida laboral en el salón de segundo año: una experiencia irrepetible, porque son los niños más vulnerables, los más necesitados de cariño y de atención. Después pasé a cuarto año de vida, y desde hace tres cursos me desempeño como maestra de preescolar».

Más que un deber laboral, la joven santaclareña encuentra un regalo en la pedagogía, que «no tiene comparación con ningún otro trabajo». Sus ojos brillan y se le escapa una sonrisa cuando habla sobre el progreso de los alumnos.

«Nuestro objetivo es lograr su desarrollo integral, desde que nacen, hasta los seis años. Formamos los hábitos y habilidades que les permiten enfrentar la lectura, la escritura y todos los conocimientos que incorporan a partir de primer grado. Me reconforta ver cómo se esfuerzan un poquito más, cómo aprenden algo nuevo cada día».

Los 30 duendes pequeños que colman el salón de alegría, sumados a la gratitud de los padres, renuevan la creatividad, la paciencia y la entrega de Lisandra.

«Nos ven como su segunda familia y despertamos mucho amor en ellos, en todos los sentidos. Para algunos representamos, incluso, la madre que no tienen. Me sorprendo cuando los que ya cursan el tercer grado me gritan “¡Maestra!” en plena calle».

Durante los meses en que la pandemia apagó el revuelo en el círculo infantil Ismaelillo, no tuvo tiempo de echar de menos las muestras de cariño. «Algunos me llamaban por teléfono para decir que me extrañaban y que querían volver al círculo». Luego comenzó el reto del nasobuco, el distanciamiento físico y el lavado sistemático de las manos, pero ese es otro objetivo vencido para la joven educadora.

Aunque Lisandra aún no tiene hijos, cada septiembre le abre las puertas al instinto maternal de protección, enseñanzas y orgullo; a la posibilidad de ver, en primera fila, cómo crece «la esperanza del mundo».

 

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  • El Derrotero

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