De la herencia familiar a la pasión periodística

Mariley García Quintana, periodista de Telecubanacán y ganadora del premio Ifraín Sacerio 2025, dialoga sobre los desafíos de su labor, la versatilidad de la profesión y la responsabilidad con la audiencia.

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Vanguardia - Villa Clara - Cuba
Mariley García Quintana también recuerda el telecentro como su círculo infantil. Según comentó, al terminar las clases con antelación acompañaba a su padre y realizaba sus tareas allí, mientras observaba el quehacer del canal.
Laura Beatriz Zaita Arjona
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15 Marzo 2026

En sus múltiples acepciones, el periodismo constituye un ejercicio de mediación: alguien que observa, interpreta y traduce la realidad para ponerla al alcance de otros. En el caso de la televisión cubana, ese rol adquiere una dimensión particular. Frente a la inmediatez de las redes sociales y la proliferación de contenidos efímeros, la pantalla chica mantiene un lugar privilegiado en los hogares de la Isla, especialmente entre quienes crecieron con ella como referente cotidiano.

Mariley García Quintana, periodista de Telecubanacán y reciente galardonada con el premio Ifraín Sacerio Guardado 2025, conoce bien la responsabilidad que implica su trabajo. Con doce años de experiencia profesional y una vocación propia del legado familiar —su padre, Roberto García, es uno de los fundadores en activo del telecentro—, ha hecho de la versatilidad y la perseverancia los emblemas de un oficio que ejerce con pasión manifiesta. En el Día de la Prensa Cubana, dialoga con Vanguardia para compartir las claves y los desafíos de su labor en el contexto actual.

—¿Qué significó para usted recibir el premio Ifraín Sacerio Guardado, por la obra desempeñada durante el año 2025?

—Recibir el reconocimiento ha sido, hasta ahora, uno de los momentos más felices de mi carrera. El galardón llega en una etapa en la que considero haber concretado varios de los anhelos profesionales que siempre perseguí desde el periodismo, aunque todavía subsisten asignaturas pendientes, particularmente en el ámbito de la realización audiovisual, que es lo que más me ha gustado desde mi graduación.

«De igual modo, el premio engloba la labor desplegada durante un año especialmente complejo, marcado por enormes limitaciones de combustible y de tecnología. Pese a ello, tales carencias no han mermado la voluntad de sostener el quehacer televisivo; por el contrario, han alentado el propósito de ofrecer un producto cada vez un poquito mejor, sustentado en el cariño y el esmero que imprimimos a diario en nuestro trabajo».

—Cuando llegó el momento de preparar la muestra para el premio Ifraín Sacerio, ¿cómo fue el proceso de selección de los trabajos que enviaría?, ¿qué significan para usted esas piezas que finalmente formaron parte de su propuesta?

—Fue Oscar Salavarría, colega de la radio, quien me impulsó: «Mari, siéntate y revisa, porque este año hemos trabajado muchísimo y tienes cosas muy buenas que puedes mandar». Me tomé el tiempo para hacerlo y descubrí que tenía razón.

«Uno de los materiales que envié fue el testimonio de un combatiente jubilado del Ministerio del Interior, quien se desempeñó como el chofer de Fidel en Villa Clara durante más de cuatro décadas. Lo conocí en agosto de 2025, durante la reinauguración de la cabaña donde el Comandante en Jefe trabajaba y descansaba cuando visitaba la provincia. Mientras cubría el acto, un compañero me señaló a un hombre mayor, callado, sentado en un rincón. "Ese señor fue el chofer de Fidel aquí", me dijo.

«Al finalizar el acto me acerqué. Al principio parecía de pocas palabras, pero algo me hizo preguntarle: "¿Qué sentiría si volviera a sentarse en ese jeep militar?" Pedimos permiso, abrieron la compuerta donde conservan el vehículo, y lo dejaron colocarse otra vez frente al timón. En ese instante, no hizo falta preguntar más. La emoción que vivió lo dijo todo y me contó su historia.

«El otro fue un reportaje sobre Remedios. En junio de 2025, por su aniversario 510, tuve la oportunidad de volver a ese lugar, que no visitaba desde niña. Recuerdo que un día subí a la terraza del hotel Barcelona. Iba sola con la cámara, pero contaba con el ojo certero del fotógrafo Ramón Barreras, del periódico Vanguardia —una persona que donde se coloca para tomar una foto, ahí me paro yo a hacer un plano, porque sé que, con él, tengo la imagen garantizada—. Y cuando vi desde allí la belleza del casco histórico, con su iglesia mayor al frente, supe que haría un trabajo lindo visualmente».

—En un telecentro el trabajo es un engranaje colectivo: camarógrafos, editores, reporteros. En un contexto tan complejo como el actual, ¿cómo se redefine el rol del periodista de televisión?

—En el telecentro uno tiene que volverse músico, poeta y loco, como se dice en buen cubano, y hacer de todo un poco. Las carencias técnicas y de personal nos obligan a asumir múltiples roles, ya sea durante una transmisión en vivo o en la rutina diaria del canal.

«En tiempos difíciles, algunos nos hemos atrevido a echarnos la cámara al hombro, pero siempre desde la modestia de acercarnos a quienes saben y nos han dado la libertad de creernos también un poco camarógrafos. Ejemplo de ello fue Raúl Alfonso—fallecido hace meses y para mí un maestro en el arte de la imagen—, quien nos enseñó para que pudiéramos entendernos con los realizadores y construir juntos una noticia visualmente sólida y bien narrada.

«Es cierto que hoy cualquiera con un celular graba dos o tres planos televisivos o toma fotos de un evento. Sin embargo, nada sustituye la especialización que te dan la carrera y el medio, ni siquiera la tecnología más avanzada.

«Ahora bien, un periodista de televisión debe conocer todas las fases del proceso productivo que recorre una información hasta llegar a la pantalla. Acompañar al editor mientras monta tu trabajo, por ejemplo, es una de las mejores vías para aprender. No se trata de convertirte en editor profesional, sino de ir asimilando criterios que después te permiten saber qué imágenes necesitas o cuáles van a funcionar mejor para construir determinado trabajo periodístico.

«Observar una transmisión en vivo del noticiero o alguna revista también ofrece luces y sombras sobre el funcionamiento del medio. Proporciona un aprendizaje valioso: desde la observación del movimiento de los camarógrafos y la gestualidad, hasta la comprensión de la iluminación más adecuada para cada tipo de escenografía y programa. Son conocimientos que, aunque en apariencia no resulten necesarios para la cobertura en la calle, siempre terminan por dejar una enseñanza aprovechable».

—En muchos hogares cubanos, la televisión sigue siendo la principal compañía, sobre todo para los adultos mayores. ¿Qué considera acerca de la responsabilidad profesional de llegar a las audiencias? ¿Cómo se traduce eso en su forma de hacer periodismo?

—Estudios académicos han confirmado que, más allá de ideologías o la existencia de plataformas digitales, sentarse a ver el noticiero de las ocho de la noche sigue siendo una tradición en la mayoría de familias cubanas. Esa arraigada costumbre no es sino el reflejo de la credibilidad que aún se le otorga a la televisión.

«A escala provincial ocurre lo mismo: la gente nos sintoniza, aunque nuestros horarios de transmisión y espacios informativos sean más reducidos que los nacionales. Hemos sido testigos en numerosas ocasiones del valor que le conceden a nuestro medio. Cuando llegamos a las coberturas de hechos noticiosos, la propia gente exclama: "Ya llegó la televisión". Por supuesto, eso nos obliga a los periodistas a estar a la altura de las expectativas depositadas en nosotros. Como profesional, ese deber te impulsa a pensar, a estudiar y a trabajar cada día más para ofrecer a la audiencia un producto periodístico de mayor calidad».

—¿Cuáles son los grandes desafíos del periodismo en la Cuba de hoy y qué tipo de labor se necesita de sus profesionales asociados en la actualidad?

—Los desafíos que enfrenta hoy la prensa cubana son formidables. La Isla vive un escenario comunicacional extraordinariamente difícil, quizás el más complejo desde el triunfo de la Revolución. A ello se suma que Cuba no está aislada del resto del mundo. Nuestras particularidades históricas nos han situado en el punto de mira de muchos fenómenos durante décadas. Hoy somos blanco no solo de una voraz guerra económica, sino también de una de las campañas de comunicación más agresivas, articuladas y financiadas que se haya ejecutado contra país alguno desde el siglo xx hasta la fecha.

«En este sentido, considero que para los periodistas es un momento definitorio y sobre todo retador. Tienen la misión de convertirse en esos profesionales que, gracias a la preparación recibida en la academia y ampliada durante sus años de trabajo, puedan recibir toda esa información, procesarla e interpretar cuánto hay de verdad y cuánto de manipulación. En la actualidad debemos discernir incluso entre imágenes construidas con inteligencia artificial, como han hecho en repetidas ocasiones medios con narrativas contrarias a nuestro proceso social».

«De igual manera, el periodista cubano también tiene que ser un mediador entre los múltiples conflictos que vive la gente. Es quien debe llegar a los organismos, a las empresas y a los directivos para recabar la información disponible —buena, mala o regular— y ser capaz de traducirla a un lenguaje que el pueblo entienda. No basta con comunicar el problema; hay que buscar sus causas y proponer soluciones, pues la audiencia necesita conocer con claridad todas las aristas del fenómeno que se aborde».

—Por último, ¿qué mensaje le daría a las nuevas generaciones de periodistas que hoy se forman en las universidades cubanas?

—Si sienten interés por el periodismo, apuesten siempre por él. Es una carrera de luces y sombras, pero también una que exige aprender muchísimo: a leer, a estudiar, a buscar, a no quedarte nunca con una única opinión, con una única fuente, con una única información. Si respetas tu trabajo y te gusta lo que haces, tiene que ser así.

«A veces tienes que entrevistar a un ingeniero mecánico sin saber nada de mecánica, y entonces aprendes. Al día siguiente estás con un médico que participó en la creación de una vacuna, y tienes que conocer de ciencia, de biotecnología, de medicina. Esa magia de acercarte a tantas profesiones, de tener que saber de todo un poco, solo te la da el periodismo.

«Sin embargo, también es la profesión que te obliga a vivir momentos muy duros y a respirar hondo para decir: "me duele lo que está pasando, pero hoy yo soy la periodista que tiene que contarlo". No obstante, si uno ama lo que hace, vive cada instante de la labor con adrenalina y emoción. Sientes el orgullo de decir: yo estuve ahí, yo conversé con esa persona que recibió tal premio o yo estuve en ese lugar donde reconstruyeron esa escuela. Eso no tiene precio.

«A los muchachos que se acercan a la carrera a pesar de las limitaciones impuestas por el contexto económico: nunca dejen de soñar. Vean siempre en el periodismo ese camino para llegar a la gente y al alma de este país».

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