El espejismo de la cercanía

Análisis de las relaciones parasociales. Estas se definen como vínculos unilaterales con figuras mediáticas o personajes ficticios. Tales conexiones se han intensificado debido al empleo de los sitios de redes sociales y la inteligencia artificial, especialmente por parte de los jóvenes. Se examinan los riesgos de esta clase de lazos al desplazar relaciones reales y se aborda la necesidad de un equilibrio crítico.

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Mujer acostada con mirando el teléfono móvil.
Los adolescentes y jóvenes son los más propensos a experimentar este fenómeno, que ha crecido exponencialmente en el ecosistema de las redes sociales. (Foto: Tomada de Internet)
Laura Beatriz Zaita Arjona
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17 Junio 2026

En el escenario comunicacional contemporáneo, un fenómeno de antigua data se ha intensificado con inquietante naturalidad: las relaciones parasociales. Beatriz de la Caridad Aday Vila, especialista de primer grado en psiquiatría infantil, explicó que estas constituyen «vínculos psicológicos unilaterales que una persona desarrolla hacia una figura pública, un personaje de ficción o una celebridad». 

Según sus palabras, el término fue acuñado por los sociólogos Donald Horton y Richard Wohl en 1956 para describir cómo los espectadores formaban lazos con los presentadores de televisión. Este tipo de conexión se caracteriza por el hecho de que el individuo siente que posee una relación de amistad o un profundo lazo personal con alguien que no conoce su existencia y con quien no sostiene interacción recíproca alguna. Por consiguiente, revela la capacidad humana de construir cercanía emocional con individuos o personajes ausentes, difuminando los límites entre lo real y lo representado, entre el afecto genuino y un espejismo.

Las relaciones parasociales constituyen vínculos psicológicos unilaterales que una persona desarrolla hacia una figura pública, un personaje de ficción o una celebridad. (Foto: Tomada de Internet)

El eslabón más vulnerable

Los sectores demográficos más propensos a experimentar este fenómeno son los adolescentes y los jóvenes. La psiquiatra explicó que estos grupos «buscan satisfacer necesidades sociales y emocionales que poseen en su entorno cotidiano. Por ello, utilizan con frecuencia figuras públicas como modelos de identidad, al hallarse, a su vez, en una etapa crítica de formación de la misma».

En este sentido, aseveró que los jóvenes persiguen referentes fuera del núcleo familiar y emplean a esas figuras con las que se sienten conectados para explorar estilos de vida, valores y comportamientos. «Sus cerebros, aún en desarrollo en las áreas vinculadas al control de los impulsos y la gratificación, los hacen particularmente receptivos a la "autenticidad" que los creadores de contenido editan con esmero».

Ilustración sobre relaciones parasociales.
Las relaciones parasociales entrañan cuatro aristas fundamentales: unilateralidad, sensación de intimidad e ilusión de compañía, interacción simulada e inversión emocional. (Foto: Tomada de Internet)

Asimismo, mencionó la existencia de factores que predisponen a estos individuos a desarrollar esa clase de lazos. Entre ellos destacan el aislamiento social, la baja autoestima, el déficit de habilidades sociales y una carencia de refugio emocional que las figuras públicas pueden suplir de manera ilusoria, aunque con una rapidez impresionante.

Los pilares de una conexión imaginaria

Lo que antaño se limitaba a las cadenas televisivas se ha multiplicado exponencialmente en el ecosistema de las redes sociales. Instagram, TikTok y otras plataformas han transformado esta dinámica mediante características específicas que la experta agrupa en cuatro aristas fundamentales.

La unilateralidad constituye su rasgo más distintivo: mientras el seguidor invierte tiempo, energía emocional y atención, la figura pública permanece ajena a esa dedicación. A ello la especialista suma una sensación de intimidad y una ilusión de compañía, artificialmente construida mediante la exhibición de rutinas, opiniones personales y vídeos en los que se habla directamente a la cámara.

La situación se vuelve alarmante cuando ocurre el desplazamiento gradual de los vínculos reales, el condicionamiento exacerbado del estado anímico del seguidor debido a las decisiones o los avatares de la figura pública, y la pérdida de perspectiva sobre la naturaleza de la imagen proyectada. (Foto: Tomada de Internet)

De este modo, las propias figuras públicas fomentan lo que Aday Vila denomina una interacción simulada: apelan a un lenguaje cercano, formulan preguntas a la audiencia o responden a comentarios de manera selectiva, lo que refuerza en el seguidor la percepción de que se le habla directamente. Finalmente, la inversión emocional completa el cuadro: el seguidor celebra los logros ajenos como propios, se entristece por los contratiempos de la celebridad o siente el deber de defenderla ante las críticas, exactamente como haría con un amigo real.

La inteligencia artificial como confesor: promesas y peligros

Las relaciones parasociales han adquirido una nueva dimensión con la irrupción de los programas de inteligencia artificial (IA), los cuales poseen la capacidad de interactuar de forma personalizada con el usuario. La doctora advirtió que el empleo de la IA como válvula de escape emocional constituye una manifestación creciente de doble filo: si bien ofrece accesibilidad inmediata y puede resultar útil para ordenar los pensamientos o mitigar la soledad pasajera, también conlleva riesgos considerables.

En este sentido, precisó que desahogarse con una de estas herramientas puede proporcionar un alivio inmediato al verbalizar el problema —efecto en sí mismo positivo—, pero no siempre permite obtener una resolución del mismo. La experta lo describió como «una sensación de progreso falso», donde la realidad externa del usuario permanece estancada. De igual modo, alertó que, frente a una crisis grave de salud mental, este tipo de programas carece de las competencias clínicas necesarias para actuar con criterio ético o brindar una intervención directa. Ello puede derivar en una demora en la búsqueda de ayuda profesional, alimentada por la ilusión de una falsa seguridad.

Cuando el equilibrio se quiebra

No obstante, la especialista explicó que estas relaciones no son intrínsecamente patológicas. Dentro de límites razonables, constituyen un aspecto común de la experiencia humana, capaces incluso de brindar consuelo, comprensión y un legítimo sentimiento de pertenencia a una comunidad de intereses compartidos. El problema, advirtió, estalla cuando esa delicada estabilidad se fractura.

A su juicio, tres señales delatan la deriva peligrosa. La primera: el desplazamiento gradual de los vínculos reales, cuando el seguimiento del «amigo» virtual comienza a anteponerse sistemáticamente a la atención y el cuidado de las relaciones cotidianas. La segunda: el condicionamiento exacerbado del estado anímico del seguidor debido a las decisiones o los avatares de la figura pública, inclinando la balanza hacia lo mórbido. La tercera, quizá la más sutil, reside en la pérdida de perspectiva sobre la naturaleza de la imagen proyectada, que suele ser —en su mayor parte— un producto cuidadosamente editado, no el reflejo íntegro de una personalidad auténtica.

En consecuencia, la doctora Aday Vila describió un efecto dominó que compromete tanto el bienestar individual como el rendimiento colectivo. La tensión relacional constante genera un estado de alerta que se traduce en estrés, ansiedad y un progresivo desgaste emocional. Es frecuente, añadió, que aparezcan efectos psicosomáticos como fatiga crónica, cefaleas recurrentes o trastornos del sueño. A ello se suman los errores y las fallas en la comunicación, pues la alteración de las relaciones obstruye los canales naturales de la información. El remedio imaginario para la soledad o una carencia personal de cualquier índole se convierte, así, en el veneno de lo concreto. 

Errores frecuentes en la orientación adulta

Ante los desafíos que supone que un hijo o pariente desarrolle relaciones de esta tipología, muchos adultos reaccionan de manera contraproducente. La experta identificó varios errores de enfoque que, lejos de resolver el problema, profundizan la brecha de la confianza. Entre ellos, mencionó el hecho de reaccionar con miedo o prohibir drásticamente —sin diálogo previo— el uso de herramientas de inteligencia artificial o dispositivos para acceder o interactuar con la figura en cuestión. Tales medidas provocan que el joven oculte su conducta y la convierta en un acto de rebeldía, haciéndola aún más atractiva.

Invalidar lo que el sujeto siente con frases como «no es una persona real, o no te conoce, no seas tonto» resulta igualmente perjudicial: «aunque desde la lógica adulta sea cierto, para quien busca refugio la interacción es legítima», señaló Aday Vila. Tampoco resulta útil centrarse exclusivamente en la instalación de aplicaciones de control parental o la vigilancia encubierta de historiales de búsqueda, pues ello limita el desarrollo de criterio propio. Por el contrario, tampoco resulta idóneo normalizar el comportamiento del individuo hacia la figura con la que experimenta el vínculo o concebir el problema como una situación pasajera. 

En suma, el reto no consiste en satanizar un fenómeno que puede constituir un consuelo para muchos, sino en aprender a habitar sus fronteras con lucidez crítica. La tecnología seguirá tendiendo puentes imaginarios, pero la verdadera resiliencia se ejercita en el mundo tangible: en la conversación rutinaria, en el abrazo imperfecto, en la compañía que no edita sus silencios ni sus sonrisas. Reconocer la existencia del problema constituye el primer paso para orientarse hacia la luz que disipa la sombra, y esa toma de conciencia —individual y colectiva— es, quizá, el relato más esperanzador que aún podemos escribir, para que esta clase de relaciones dejen de ser una necesidad de refugio para convertirse en un complemento producto del interés o del afán por divertirse.

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