No tiene fortuna alguna ni vive en una lujosa mansión, y a pesar de sus 87 abriles, la sagí¼era Hilda Alfonso Torres mantiene su estirpe de millonaria, como en los tiempos en que cortaba caña para el central Héctor Rodríguez, y por sus hazañas se convirtió en Heroína de la Zafra.
A pesar de su ceguera, Hilda sonríe a la vida. Sabe que ha cumplido con su deber con la Patria. (Foto: Ramón Barreras Valdés)En La Habana, ciudad donde pasó la mayor parte de su niñez y juventud, y trabajó colocada en la casa de un médico, pero su vida cambió luego de la alborada del 1 º de Enero de 1959.
«Era como si por primera vez abriera los ojos. Decía: “Si Fidel me liberó, qué hago yo aquí de criada con tantas cosas que hacer†».
Fue en la capital cubana que oyó hablar al Comandante en Jefe Fidel Castro sobre la necesidad de sumar hombres a la zafra, con más urgencia en Las Villas (entonces provincia del centro del país).
Hilda resultó una de las primeras en integrar los Comités de Defensa de la Revolución y apoyar las tareas de la organización. Tampoco dio tregua a los contrarrevolucionarios que operaban en las barriadas habaneras, y participó en los actos convocados por el líder histórico de la Revolución.
La idea de unirse a una brigada cañera en su natal Sagua la Grande, encendía sus aspiraciones de regresar a su terruño para hacer realidad sus sueños.
«Trabajo costó convencer a mi esposo Onelio, mas no desistí. Mira, mi hijita, el marido te puede dejar, pero la Revolución no. Cuando llegué a mi pueblo, me presenté en la CTC (Central de Trabajadores de Cuba), pues faltaba poco para que la zafra comenzara.
«En verdad no sabía dar un machetazo. Me dijeron que no aceptaban mujeres, y le repliqué: “Hágase la idea que yo soy un hombreâ€. No respondió el compañero. Al otro día volví, y ante tanta insistencia me ubicaron en la brigada del Puerto de Isabela de Sagua.
En la sala de su modesta vivienda pende un cuadro, donde Hilda (con espejuelos) está acompañada por el Comandante en Jefe Fidel Castro. (Foto: Ramón Barreras Valdés)
«La forma de usar la mocha y alzar la caña la aprendí de los macheteros, pero aquellos hombres me quedaban cortos, y yo quería aportar más caña al basculador. Entonces, cambié de brigada. En la década de los 70 era un ciclón, y poco a poco logré convertirme en Heroína de la Zafra ».
Cuenta que un día la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) le pidió crear una brigada de mujeres, y solo había cuatro dispuestas.
«Ellas no tenían experiencia, y me dije, “yo las enderezo por el caminoâ€. Me fui a la calle a buscar más muchachas. Regresé con 14 y formé una brigada a la que se unieron después varios compañeros. Participé en numerosas zafras, y tuve el privilegio de estar junto a Fidel Castro en varias ocasiones ».
A Hilda nunca le fallaron las fuerzas, pero un día se le nubló la vista y empezó a padecer de glaucoma. Nunca le dio importancia al padecimiento, y continuaba los cortes.
«Me decían, tienes que parar, yo me reía. A la vez sentía miedo de dejar mi oficio. Un día me di un machetazo en la pierna. Sentía que si me retiraba pasaría algo, pero en contra de mi voluntad tuve que desistir. Perdí la vista y era demasiado tarde para operarme ».
Desprenderse de los cañaverales fue difícil para la millonaria, pero la Asociación Nacional de Ciegos y Débiles Visuales (Anci) la acogió como miembro de mérito, y aprendió a seguir la voz de las personas para localizarlas. Por eso no es de extrañar que parezca mirar a su interlocutor.
Sin pedir ayuda, dirige sus pasos a una gaveta, la toma en sus manos, y muestra la obra de su vida. Son medallas y reconocimientos que evocan un pasado lleno de glorias, entre ellos, la de Heroína de la Zafra en tres ocasiones, la Lázaro Peña y Jesús Menéndez, la Ana Betancourt, Servicio Distinguido de las FAR, Aniversario 50 del 9 de Abril, y la Distinción 23 de Agosto.
Aunque Hilda no tuvo la dicha de tener hijos, la vida le dio el don de estar en la nómina de quienes con sus modestos esfuerzos se convirtieron en héroes de la zafra.