En el siglo XIX muchos padres, insolventes, incapaces de sostener a su prole acaso con desapego o tristeza, dejaban a sus hijos a la puerta de la casa cuna o casa de expósitos. Los niños, muchas veces antes de ser nombrados, quedaban a expensas de la caridad y casi nunca llegaban a conocer a sus padres biológicos.
Los seis hogares de niños sin amparo familiar de Villa Clara acogen a 36 infantes y adolescentes en medio de un clima de afecto y atención. (Fotos: Yariel Valdés González y Ramón Barreras Valdés)
Después de abandonar las casas de beneficencia, el futuro no parecía demasiado halagí¼eño: el estigma de la caridad pública pesaba como un lastre por toda la vida. Los pequeños, hijos de la compasión, tenían que labrar su propia existencia a duras penas.
Hace poco, en pleno siglo XXI, dos periodistas llegamos a las puertas de varios hogares de Villa Clara con el afán de conocer el futuro que les promete Cuba a los niños sin amparo familiar. Y tuvimos que salir a buscar a mujeres y hombres plenos. También es cierto: aunque hasta hoy algunos transitaron caminos rectos, otros andan por rumbos más azarosos.
Pero, en todos los casos, a diferencia del pasado distante, los jóvenes que alguna vez convivieron en hogares de amparo no cargan pesados estigmas ni la sociedad los apunta con el dedo. En uno de sus programas más humanos, la Revolución se encarga de ofrecerles un futuro digno.
Entrar, mejor que salir
Las casas de niños sin amparo familiar funcionan como centros de atención a infantes y adolescentes huérfanos o desatendidos por disímiles causas a lo largo del país. En Villa Clara existen seis hogares con matrícula de 36 muchachos. Además de los centros ubicados en la cabecera provincial, hay otros tres distribuidos en Manicaragua, Santo Domingo y Sagua la Grande.
Según Yoslaydy Molina López, metodóloga provincial encargada de atender los hogares en Villa Clara: «Cuando las niñas y los niños llegan a nuestros centros descubren otro mundo y se adaptan tanto que después no quieren irse. Allí están creadas todas las condiciones para que continúen su vida, opten por una carrera o se vinculen al trabajo, en dependencia de sus aspiraciones ».
Ahora bien, al alcanzar la mayoría de edad, egresan de las casas de amparo y se reincorporan a su núcleo familiar, si lo tuvieran. Si ninguna persona los espera o sus parientes más allegados no pueden recibirlos por causas justificadas, el Gobierno de cada municipio les entrega un hogar con condiciones mínimas.
«Cuando cumplen 16 años, nosotros emitimos una carta al Gobierno municipal correspondiente asegura Magalys Padrón Ruiz, directora del Hogar de Niños sin Amparo Familiar de Sagua la Grande, y este órgano dispone todas las condiciones necesarias para acoger a los jóvenes que no cuenten con un núcleo familiar.
«En estos momentos, por ejemplo añade Magalys, aquí estamos preparando todas las condiciones para la salida de dos adolescentes que alcanzan la mayoría de edad. Una de ellas regresará con su madre y la otra recibirá una casa gestionada por el Gobierno de Placetas, su ciudad natal ».
Y los niños... ¿parecen felices cuando se acerca el momento de abandonar el hogar?
A veces unos están muy contentos, pero otros parecen muy tristes porque saben que pueden repetirse situaciones que ya vivieron en el pasado.
Con amor ha tenido que ser
Miriam Meneses García tiene 88 años y fundó uno de los hogares de Santa Clara, el 28 de enero de 1983. En medio de sus lágrimas narra la historia de dos de sus «hijos »: a uno nunca lo pudo ver crecer y otro acabó en la prisión a causa de sus malas acciones. «Muchas veces los adolescentes ya vienen con una deformación de carácter señala Miriam. Claro, ellos no tienen la culpa. Unos siguen el camino correcto, pero otros no tienen un final feliz.
«Yo tuve en mis manos a dos muchachitos gemelos desde que tenían seis años. El padre los llevó a nuestra casa porque ni él ni la madre podían cuidarlos. Y la verdad, aunque haya sido difícil criarlos, si la resurrección existiera, yo volvería a ser la madre de todos ellos », refiere.
Por su parte, Eneida García íguila otra jubilada también acumula recuerdos de las muchachas y los muchachos que vio crecer. Ella, después de trabajar varios años en un asilo, decidió convertirse en directora de un hogar de niños sin amparo familiar.
«La historia de Alexis es una de las más tristes que recuerdo. Nunca supimos nada de sus padres. Estuvo en el hogar desde muy pequeño y jamás fue a visitarlo nadie. Gracias a la familia sustituta salía los fines de semana. Dos de sus hermanos fueron adoptados y él tuvo que sufrir la separación. Murió bien joven sin saber de ellos ».
Ocuparse de la educación de tantos menores no resulta una tarea fácil. Si Eneida recuerda con agrado el comportamiento de algunos, tampoco olvida los dolores de cabeza que tuvo que padecer a causa de otros. «La responsabilidad educativa es enorme. Por suerte, yo era desconfiada con los que se querían pasar de listos », afirma.
«En muchos casos han sufrido algún trauma y su rendimiento escolar tiende a ser bajo. Las auxiliares pedagógicas los ayudan a hacer las tareas y siempre los conminan a estudiar. Jackson fue el único de todos que llegó a graduarse en la universidad ».
Al egresar de los hogares, en muchos casos los muchachos toman malas decisiones o tuercen su camino, pero nadie echa en cuenta el futuro que todavía está por labrarse. La misión de todos los trabajadores a su alrededor consiste en guiarlos hasta que puedan encauzarse por sí solos.
Disandra e Isel
En la sala de Medicina General del hospital docente Celestino Hernández Robau, los pacientes agradecen la deferencia de una enfermera. Disandra Durán González aprendió a volcar su fortaleza de carácter hacia el cuidado incondicional al prójimo. A sus 25 años le procura a su hijo todo el amor negado a ella misma por su madre.
«Mi hermana gemela y yo éramos las más violentas del hogar. Veníamos con las enseñanzas de la calle. Mami Olga Lidia siempre estaba encima de nosotras. Para mí, esa es mi mamá. Yo tenía muchos problemas y hasta pensaron mandarme para la escuela de conducta. Por suerte, ella rogó para que no me llevaran. Me decía que tenía que echar para adelante y ser alguien en la vida y que si un día tenía un hijo, no debía sufrir lo que yo sufrí. En realidad, ahora yo tengo muchos hermanos de crianza y hasta sobrinos. Trabajo en esta sala desde que me gradué, y no pienso irme nunca », relata.
Desde hace 11 años Isel se desempeña como instructora de arte en la escuela primaria Hurtado de Mendoza, de Santa Clara.
Hace muchos años pusieron en los brazos de Miriam Meneses García a una niña con incontinencia urinaria. «Siempre volvía de la escuela con mucha tristeza. Un día me dijo que estaba cansada de que le pusieran apodos. Enseguida la llevé al médico. Involucré a todo el que conocía para que permitieran operarla, aunque era muy riesgoso. Cuando salió del salón los doctores aseguraron que mi niña no se iba a orinar más ».
Isel Hernández Delgado recuerda la historia y le agradece a Miriam por la decisión tan afortunada. A pesar de cargar a sus espaldas un pasado sobrecogedor, opta por olvidar los pesares y educar a su hija de cuatro años. Actualmente trabaja como instructora de arte en la escuela primaria Hurtado de Mendoza.
«Entré al hogar desde los seis meses y salí con 21 años. Mami Miriam lo es todo para mí. La verdad es que recibí tanto cariño como otros niños en sus casas. Algunos de mis compañeros eran más callados y podían hasta tener trastornos de la personalidad, mas no fue mi caso.
«Posiblemente, si me hubiese criado mi madre biológica, me hubieran faltado muchas cosas, pero allí no carecía de nada, no pasé necesidades. Incluso, hasta nos íbamos de vacaciones para campismos. Mi infancia fue feliz. Por eso, a mi hija le enseño lo que me inculcaron allí: quiero que ella estudie, igual que yo. Ese es mi patrón ».
Jackson
Jackson Acosta Mora y su hermana Idenia llegaron a uno de los hogares de niños sin amparo familiar de Santa Clara cuando apenas tenían seis años. «Entramos al hogar por problemas familiares, como casi todos los demás. Mi mamá era una paciente siquiátrica, esquizofrénica, y por entonces mi papá estaba preso. Él mismo nos entregó, sabiendo lo que le venía encima. Mi estancia allí fue muy grata. Las comodidades de esa institución por lo general son superiores a las que tiene un niño cubano común, hijo de obreros o profesionales.
«Tampoco tuve una infancia de traumas, y lo digo porque mucha gente siempre piensa que los muchachos sin amparo familiar están traumatizados. Fui lo más normal posible. Cursé la primaria, la secundaria, estudié para ir a la universidad y tuve las mismas oportunidades que tiene cualquier adolescente en Cuba. ¡Ah!, me esforcé un poco más para darles el premio de mi carrera a todas las personas que me criaron.
Jackson se licenció en Contabilidad y Finanzas por la Universidad Central «Marta Abreu » de Las Villas. «Creo que la felicidad de los niños ‘‘sin amparo’’ depende mucho de la gente que los rodea y no de la comodidad que haya en la institución. Siempre hay felicidad cuando uno percibe que lo quieren, y que no es un cumplido de personas a quienes les pagan por cuidarnos. Por esa parte te juro que nunca sentí la ausencia de mis padres.
«Si muchos de los que estaban en el hogar no fueron a la universidad no fue porque no tuvieran padres, sino por un problema natural de capacidad. No creo que ellos no lleguen a la universidad porque estén traumatizados, como piensa tanta gente. No, no. Estudiar depende de uno, de lo que uno se proponga, de la voluntad que uno tenga ».
En el 2000 Jackson y su hermana recibieron una casa con el mínimo de condiciones. «Esa parte sí fue más traumática, pues cuando uno está en el hogar vive en una burbuja y no en la realidad de Cuba. La salida al mundo real, a la vida real, mientras yo estudiaba y mi hermana tenía muy pocos ingresos, fue lo más difícil », rememora el joven.
Mientras su hermana creó una familia propia en tierras lejanas, Jackson se graduó de Contabilidad y Finanzas por la Universidad Central «Marta Abreu » de Las Villas. Ahora trabaja en el sector del turismo, está casado y se encarga de cuidar a su hijo. Despeja todas las dudas: «En general, yo soy un hombre feliz. Y me siento lleno de amor ».
A pesar de todo, la ingenuidad no debe cegarnos: por cada Isel, por cada Disandra, por cada Jackson que encontramos, hay otros jóvenes que siguieron un camino más turbio. Aun así, el amparo que brinda Cuba a sus hijos más necesitados pretende guiarlos a todos por buena senda.