Liena María Nieves
Liena Marí­a Nieves
2943
22 Agosto 2016

Ana vive entre lomas, ausente, quizás, de la mayor parte de lo que el resto del mundo cree importante. Tiene el pelo blanco y los ojos casi perdidos de tanto sol: lleva 74 años en las montañas, de cara al lago Hanabanilla, aunque solo la piel delate el tiempo pasado.

Ana Ortega Chávez rema, casi a diario, más de siete kilómetros.  Allá, en el pueblito de la orilla, está la bodega, «y en cuanto me entero de que llegó alguna “boberí­a”, cojo el bote y salgo ». ¡Y luce tan pequeña y tan sola! Debajo de Ana, 40 metros de aguas desconocidas.

Ana y el lago. Ana y las montañas. Ana y un par de brazos envidiables que la mueven, ligera y calmada, como un pedazo de seda. Con cada golpe de la madera sobre el agua, avanza y se aleja. Dice que no hace nada especial, que vive allá, en una loma que señala y que no alcanzo a ver, que no cambiarí­a su vida por algo mejor…

Ana Ortega Chávez « ¿No tiene a alguien que la pueda ayudar, que vaya al pueblo por usted? ». « ¿Y perderme el paseo? ¡Qué va!, los jóvenes se cansan muy pronto ».

Casi me deja con la palabra en la boca, porque lleva mucha prisa. No se me ocurre qué más preguntar. Es raro entrevistar a alguien que no deja de moverse, y que obliga a nuestro lanchero a perseguirla a corta distancia.

« ¿Se siente bien?, ¿está contenta? ». «Mi niña, ¡yo estoy encantada de la vida! ».

Ana se aleja hacia su loma, la misma que la arrulla desde el 16 de agosto de 1942. Saluda a un barquero que pasa, anuncia que va a llover y se despide con la mano. Ana lleva el sol en los ojos, y un paquete de café entre la blusa y el pecho.    

Comentar