Una historia de amor y magisterio

Inés y Orlando llevan más de 50 años de casados. El romance nació de forma peculiar.

Inés y Orlando
Orlando e Inés, un matrimonio que todavía mantiene el encanto de la juventud. (Foto: Ramón Bareras).
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¡Aquello no podía suceder! ¿Dónde se había visto que un profesor «noviara» con una de sus alumnas?

Orlando tenía que buscarle una solución al problema. Debía proteger a su novia Inés sin tirar por la borda su profesión.

Estaban en Topes de Collantes. Él llegó a las lomas el 6 de enero de 1962. Ya había pasado un curso emergente de profesor de la Enseñanza Media. Al poco tiempo de estar ahí lo mandan para La Habana a integrar una comisión que se encargaría de repartir las becas que el Gobierno Revolucionario destinaba para convertir a Cuba en un pueblo culto, instruido.

Inés llegó como alumna en ese medio tiempo, y cuando Orlando regresó se la vuelve a encontrar.

No quedaba alternativa. Había que pedir permiso. Las gestiones llegaron a los más altos niveles. Tanto es así, que fue el entonces Ministro de Educación, Armando Hart Dávalos, quien autorizó la unión.

El 6 de mayo de 1962 celebraron la boda en la calle 2da.del reparto Vigía, en Santa Clara. El novio llegó al altar con su traje de brigadista. Quedaba unida una pareja que también compartía el amor por el magisterio.

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Inés Águila García había quedado huérfana desde pequeña. Un 8 de septiembre la fatalidad asaltó el hogar.

Su padre martillaba una tabla en la casa de San Fernando de Camarones, Cienfuegos. En ese momento cayó un rayo, le arrancó la vida y quemó las pertenencias de la familia.

Después de la tragedia vivió un tiempo en Matanzas y luego se establecieron en Santa Clara.

Cuando la Campaña de Alfabetización, en 1961, Inés estaba en 9no grado. A pesar de su corta edad partió para Varadero. Allí le dieron las orientaciones y la ubicaron en Las Villas, específicamente en el caserío de Oliver.

Su madre se puso muy brava cuando decidió convertirse en brigadista. «¿Qué tienes que hacer tú de alfabetizadora?», le dijo.

Por aquel tiempo en el poblado placeteño solo había un puñado de casas y la Iglesia Los Pinos Nuevos.

«Me tocó quedarme al pasar el río. Me acogió la familia de José Padrón y Marina. Gente buena, atenta, cariñosa. Estuve con ellos unos cuantos meses. Les enseñé a leer y escribir. Nos tomamos cariño. José me acompañaba a mi casa. Durante algún tiempo nos estuvimos visitando».

Todo esto pasó antes de casarse con Orlando. Eran novios desde que ella tenía 14 años.

Se conocieron en una serenata. En aquella época, antes del triunfo de la Revolución, no se podía andar mucho en la calle y los jóvenes se divertían en el barrio.

Orlando no recuerda muy bien los detalles del primer encuentro.

«Cuando la enamoré era muy joven. Yo tenía como seis novias», confiesa riendo.

«Dime tú —replica Inés— y yo que lo creía un santo».

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¿Cuándo se ha visto a un negro trabajar en un banco? Así lo persuadieron para que se decidiera por el magisterio. Orlando Valdés Jiménez había matriculado la Escuela de Comercio, pero no tenía muchas oportunidades en el ramo.

Entonces, se decidió por la pedagogía y se presentó a las pruebas en la Escuela Normal. Una buena parte de las plazas estaba destinada a la gente de posición, a los niños de papá; el resto, había que disputárselas.

Pero logró obtener la carrera. Por eso, cuando la Campaña de Alfabetización ya era maestro y ganaba un salario. El dinero no le importó, y llegó a la preparación de Varadero como un brigadista más.

Cuando supieron de su formación le dieron tareas de más importancia.

Así tuvo que llevar a unos 6 000 alfabetizadores hasta Oriente. Muchos eran casi niños, pero iban llenos de ilusión. El país vivía momentos intensos. La Revolución contagiaba a todos.

Allá vio cosas a las que no estaba acostumbrado: un dueño de batey con tres mujeres y una miseria tremenda.

Después le asignaron trabajo en Las Villas, como asesor técnico. Atendía las zonas rurales de Santa Clara. Antes de terminar la Campaña le otorgan un curso emergente para hacerse profesor de la Enseñanza Media en el plan Minas del Frío-Topes de Collantes- Tarará.

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La boda: él vestido de brigadista; ambos, enamorados del magisterio. (Foto: Ramón Barreras).

En su condición de maestro se reencontró con su novia Inés y después de los permisos oficiales se efectuó la boda de inmediato. Enseguida ella salió embarazada.

«Una alumna me dijo: "profe, usted se llama Orlando y ella Inés, si unimos los dos nombres nace Inerlando"» y así fue como nombramos a nuestro primer hijo».

Al convertirse en madre, Inés tiene que dejar los estudios por un tiempo. A los pocos meses del primer alumbramiento volvió a concebir. Cuando los niños crecieron un poco decidió regresar a las aulas como estudiante.

De esa forma se hizo Licenciada en Español Literatura, pero dedicó su vida a los círculos infantiles. Trabajó en Chicos Maravillosos, La Edad de Oro, Ismaelillo. También fue metodóloga por más de 20 años.

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Se jubiló en el 2003, y disfrutó cada momento dedicado a la educación. No sabe cuál es la fórmula exacta para mantener un matrimonio por más de medio siglo, pero está segura que para lidiar con niños hace faltan dosis inmensas de amor.

Su esposo trabajó en las batallas por el 6to, el 7mo y el 9no grados. Además, laboró por más de 40 años en la Facultad Obrera Campesina. Impartió diferentes asignaturas, pero Matemática es su especialidad de titulación.

Ahora, se siente orgulloso de haber sido un maestro querido. Hace poco una estudiante de las de Topes de Collantes vino a verlo y le trajo un autógrafo hace casi medio siglo le firmó.

«Me hice maestra y todo lo que me aconsejó que hiciera, lo logré», le dijo.

En otra ocasión estaba en La Habana y tuvo una urgencia médica. Cuando llegó al hospital fue una alumna suya quien lo atendió.

Si se pone a contarlos, en todo este tiempo Orlando ha tenido miles de estudiantes. Su mayor placer es saber que lo recuerdan.

«Han sido tantos que todavía pasan por la calle y me dicen: “adiós profe”. En ese momento me siento orgulloso y trato de recordar cuando y en qué lugar fue mi alumno».

  • Téc Ariel Valdés González

Que alegría me da leer todo esto del profe Orlando, fue profesor mío de matemáticas y tanto lo llegue a estimar que en cariño le decía el profe Rufini. Yo le decía profe ese ejercicio esta que es un tubo, y me respondía siempre con una sonrisa que lo estimulaba a uno, eso es una bicoca es coser y cantar. Mis saludos profe donde quiera que se encuentre y mucha salud para usted y el componente familiar.