«¿Por qué estoy aquí?»

El Héroe de la República de Cuba, Gerardo Hernández Nordelo, conversa con los estudiantes de la Escuela Pedagógica y cuenta su historia.

Gerardo Hernández Nordelo en Santa Clara
Gerardo Hernández Nordelo, Héroe de la República de Cuba, en la Escuela Pedagógica de Santa Clara. (Foto: Ramón Barreras Valdés)
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El almanaque marcaba el año 2003. Gerardo llega a la sección de celda que estaba en el sótano, debajo del temido hueco. Allí llevaban a quienes se fajaban con los guardias o le daban candela al colchón.

No tenía ventana. La luz eléctrica encendida las 24 horas del día. Cuando descargaban el baño de arriba chorreaba agua sucia por la pared. Estaba descalzo, en calzoncillo, sin nada que leer. El lugar era tan pequeño como el baño de una casa. Asfixiante. Su único entretenimiento era caminar de una pared a otra.

«En momentos así uno se pregunta ¿por qué estoy aquí?».

Confiesa el hombre que estuvo preso por 16 años en suelo norteamericano. Ese que muchos pensaron que no regresaría y que hoy se encuentra frente a decenas de jóvenes de la Escuela Pedagógica Manuel Ascunse Domenech.

Tiene carisma. Rápidamente se gana la atención de los que lo escuchan. Ellos le preguntan sobre su vida y así nace esta entrevista realizada a muchas voces.

«Para asumir nuestra misión en los Estados Unidos nos prepararon para diversas cosas, pero no para estar presos y vivir en una celda con un traficante de drogas o con un asesino. No para escuchar las historias de cómo arruinaron su vida.

«La mayoría fue a ese país tras los cantos de sirenas, sin imaginar que hay que trabajar durísimo. Cuando se les rompe el sueño siempre vienen las malas influencias que los inclinan, por ejemplo, a las drogas. Así terminan en prisión y los minutos de llamada a los que tienen derecho lo consumen escuchando los reproches de una esposa que no tiene para pagar el alquiler.

«Recuerdo a Walker. Creció viendo el lujo de los artistas por la televisión y para llegar a ese nivel, primero asaltó el negocio de los chinos en el barrio. Después quiso más.

«Otro empezó con un cigarro de marihuana. Un día le vendió una sortija a la madre. Luego el refrigerador… hasta que lo botaran de la casa. Así te lo encontrabas muy avejentados, casi sin dientes a los 25 años.

«No podía abstraerme de todo eso y me preguntaba: ¿por qué esos muchachos terminaron así?

Gerardo Hernández Nordelo en Santa Clara
Gerardo Hernández Nordelo en Santa Clara
Al encuentro con los futuros maestros de Villa Clara, que devino en entrevista colectiva al Héroe de la República de Cuba, asistieron las máximas autoridades del territorio. (Foto: Ramón Barreras Valdés)

«Ahí pasaron cosas que no quedaba más remedio que buscarle la parte simpática y reírse. El humor nos ayudó mucho en el día a día y, sobre todo, durante el juicio.

«Se paraba un testigo que empezaba a decir 20 barbaridades y le sacábamos lo cómico al asunto. René está a punto de publicar su Diario del Juicio y ahí salen algunas de mis caricaturas.

«Las pasábamos entre los abogados y a veces hasta los propios policías que nos estaban cuidando las cogían y se empezaban a burlar de la fiscal.

«Desde niño me gustaba dibujar y una vez se me ocurrió que quería ser caricaturista y empecé a mandar trabajos a la publicación humorística Palante. Por los años 80 Martirena también estaba intentando abrirse paso como caricaturista. Conocí a otros clásicos de la caricatura como a Pedro Méndez y comenzamos una relación con ellos.

«Una vez preso, se enteraron que yo era ese Nordelo que hacía caricaturas y establecimos una comunicaciónn por cartas. De ahí nació la idea de Melaíto de hacer el mural y dedicarme un espacio para que un día pudiera llenarlo como lo hicimos en la primera visita que hice.

«Ahorita contaba cómo es la vida en prisión, las angustias que se sufren. Cada preso es una tragedia humana diferente. Entonces, a uno no le queda más remedio que pasarla bien con uno mismo y tomar las cosas lo más deportivamente posible».

Ya que se tocó, aunque sea de soslayo, el tema del deporte, Gerardo confesó que en ese apartado no le iba muy bien.

«Practiqué judo, pero después que me dieron dos estrellones no seguí. En karate tuve mejores resultados y para el trabajo que íbamos a realizar recibimos preparación en defensa personal.

«Pero mi pasión siempre fue el béisbol, aunque era muy malo. En mis años de secundaria un amigo que es como un hermano, Marcelino, de los Linares de La Habana, me llevó a apuntarnos en pelota. Había un señor dando clases, Morilla de apellido, y llegamos Marcelino y yo.

«Él nos dijo que les mostráramos un poco con el bate. Cuando terminamos citó a mi amigo para el lunes por la mañana y se viró para mí y me dijo: "ven si quieres, pero no vas a ser pelotero nunca en tu vida".

«Luego supe que ese Morilla (Ernesto Morilla Macías) era todo una leyenda. Había sido pitcher profesional y le decían el profesor porque era una eminencia.

«Años después, ya en prisión, Adriana estaba con Pedro Medina, mi pelotero favorito, en el Latino y me dice: "te manda saludos el profe Morilla".

«"¡Morilla! Pregúntale si es el mismo que trabajaba en el Ciro Frías". "Dice que sí", me contestó. "Entonces dile que una vez pasó esto con él". (Risas).

Gerardo Hernández Nordelo en Santa Clara
(Foto: Ramón Barreras Valdés)

«Adriana ha sido mi compañera por muchísimos años. Nos queremos mucho y tenemos una historia de amor muy bonita. Además, fue mi mejor abogada en los años de prisión.

«Nos conocimos en el 1986 y en el 87 estuvimos en Caguaguas, entre Quemado de Güines y Sagua la Grande. Un día cogí un machete y puse A y G 87 en el framboyán que le da sombra a la cocina de la casa de su familia y todavía está ahí.

«Después de 16 años presos pensamos que no tendríamos la oportunidad de tener hijos y la vida nos dio tres. Estamos muy felices con ellos. Los jimaguas están bien. No me dejan dormir, lloran al mismo tiempo. ¡Estoy loco porque caminen! Gemita adora a sus hermanitos. Llega del círculo directo para la cuna a abrazarlos.

«Cuando le di la mano a Fidel, lo primero que hizo fue preguntarme por Gema. El encuentro con el Comandante fue muy emotivo. Me gustó mucho la familiaridad con la que se realizó. Fue en la sala de su casa, una sala bastante normal. Nos recibió su esposa y él estaba esperándonos. Estuvimos como 5 horas conversando. En un momento de la visita llegó un hijo con su nieto y verlo interactuando con ellos me agradó mucho.

«A ustedes también tengo mucho que agradecerles. Seguro que en la primaria dibujaron la manito aquella con los nombres de los Cinco y las mandaron en una cartica, sin pensar en la importancia que tendría para nosotros.

«Cuando estábamos en la prisión abierta el momento más feliz era cuando llegaban las cartas. Sobre las 4 de la tarde había un conteo. Abrían las celdas, bajábamos para la oficina del guardia que venía con una bolsa. Los presos se embullaban y decían: "hoy sí hay cartas". El guardia abría la bolsa y decía: Hernández, Hernández, Hernández. Entonces ellos se lamentaban: "¡oye todas son para Cuba!".

«No comparto la opinión de que nuestra juventud está perdida. Es diferente, no tiene que ser igual tampoco, pero hay talento.

«Me dieron preparación para muchas cosas antes de infiltrarme en la mafia de Miami. Pasaporte falso, código morse… pero mi prueba de fuego, donde por poco se echa a perder todo, fue la primera vez que salí al extranjero. A las afueras del aeropuerto vi, por primera vez, a una señora sucia con un niñito lleno de mocos. Por poco me desmayo. Casi me echo a llorar. Eso nunca se ha visto en Cuba, ni lo van a ver mientras exista una Revolución.

«Ah, pero depende de ustedes mantener los logros alcanzados con sacrificio.

«Los admiro por elegir ser maestros. Los panaderos también son importantes. Hacen el pan del día, llega a la bodega. La persona lo compró, se lo comió y ya. El pan que ustedes van a moldear va a llevar sus huellas por toda la vida, sean buenas o malas.

«Cuando ustedes se paren delante de un aula van a moldear a una persona que los recordará siempre. Escogieron una profesión especial. Los felicito por el paso que han dado y ojalá me encuentre en unos años a la maestra fulanita o el maestro menganito y me diga: "tantos alumnos han pasado por mí y quiero ser maestra(o) por el resto de mi vida".

«Si algo uno aprende en la prisión es que el ser humano posee capacidades grandes de resistencia que ni se imagina que las tenía. A veces me asusto cuando regreso al pasado e intento explicarme cómo pude resistir.

«En momentos como el del año 2003, encerrado en una celda pequeña, en calzoncillo, sin nada que leer, donde el único entretenimiento era caminar de una pared a otra uno se pregunta, "¿por qué estoy aquí?".

«La respuesta siempre fue la misma: lo hice por mi pueblo, por mi país, y eso me daba ánimo, porque afuera habían personas como ustedes que lo merecían».