Abel Santamaría: La Revolución en un segundo

Este 17 marzo se cumplen exactamente 65 años de una carta denuncia de Abel Santamaría al golpe de Estado del 10 de marzo de 1952.

Abel Santamaría Cuadrado
(Foto: tomada del Museo Casa Natal de Abel Santamaría Cuadrado, en Encrucijada)
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Abel Santamaría Cuadrado murió joven. Apenas en su primer combate. Fue designado por Fidel segundo jefe del Movimiento que el 26 de julio de 1953 atacaría los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, y en el cumplimiento del deber patrio ofrendó su generosa vida.

Nació en Encrucijada en fecha de simbolismo y cubanía: el 20 de octubre de 1927. El mismo día que en Bayamo se cantaron por vez primera las estrofas gloriosas del himno nacional. Y murió en aquella gloriosa mañana de la Santa Ana, en aquel domingo de carnaval santiaguero en que se echó a andar el motor grande que es el pueblo.

Fue dichoso Abel porque provino de una familia que supo inculcarles a todos los hijos los mejores valores cívicos y sembrar en él la semilla del descontento ante lo mal hecho y su enfrentamiento consecuente con las injusticias. Además de haber contado en el maestro Eusebio Lima Recio, con el modelo de pedagogo martiano que se preciaba educar con el ejemplo y enseñar en la utilidad de la virtud y la verdad, como quería José Martí.

El 17 de marzo de 1952 —apenas a siete días del golpe de estado de Fulgencio Batista- Abel envió una carta denuncia ante el cuartelazo, en la que de manera cívica lo combate y evidencia un pensamiento revolucionario radical. Una comprensión exacta de la realidad cubana de la década de los 50, en la que el modelo de dominio neocolonial estaba en crisis y la Constitución de 1940 había sido pisoteada por las botas militares en Columbia y el resto del país.

Cuando se cumplen 65 años de aquella valiente denuncia, Vanguardia trae a colación fragmentos clave de dicha misiva, donde también está presente la influencia de las  ideas marxistas que le habían trasmitido otros encrucijadenses ilustres, como el doctor Nicolás Monzón, el bien llamado médico comunista de los pobres, y Jesús Ménendez, el más grande líder de los obreros azucareros cubanos de todos los tiempos.

La poca conocida carta la remitió Abel, a José Pardo Llada, por entonces vocero del Partido Ortodoxo y periodista radial reconocido- en la que el joven encrucijadense evaluaba lo acontecido el día 16 de marzo de 1952 ante la tumba de Eduardo Chibás en el cementerio de Colón.

Así escribió el que sería luego catalogado por Fidel “como el más generoso, querido e intrépido de nuestros jóvenes”: «Haciendo un recuento de la jornada de ayer (…), quiero manifestarle primeramente fiel a la consigna de nuestro partido, que no se hicieron ahí los pronunciamientos necesarios de acuerdo con el estado de cosas, y después, como partidario decidido a acabar con este régimen de fuerza, que de ahí no salía lo que el pueblo de Cuba quiere».

Más adelante escribió Abel: «Se esperaban muchas cosas (…), pero, por encima de todas las cosas, se esperaba la combatividad ortodoxa, irreductible en todos los momentos, persiguiendo como meta única acabar de una vez y para siempre con el ladrodismo, el bandidaje y otros desmanes que han representado la mayoría de todos los gobernantes que hemos padecido los cubanos».

En esos fragmentos está la clave de un pensamiento radical que lo llevaría a unirse a Fidel y juntos organizar, a golpe de tesón y entrega, las acciones del 26 de julio de 1953.

Pero hay mucho más. En una parte esencial de dicha carta, Abel Santamaría Cuadrado da un concepto de Revolución que mucho tenía que ver con la realidad de la Cuba de entonces, y que hoy, en nuestros días, no ha perdido actualidad.

De manera premonitoria escribió el hijo de Benigno y Joaquina: «La inactividad consume, y no podemos dejarnos de consumir de ninguna forma. ¿Para qué, en este momento, dogmas y doctrinas, si lo que necesitamos se llama acción, acción? Basta ya de pronunciamientos estériles, sin objetivos determinados. Una revolución no se hace en un día, pero se comienza en un segundo. Hora es ya: todo está de nuestra parte, por qué vamos a despreciarlo?».

En ese mismo acto, del 16 de marzo de 1952, ante la tumba de Eduardo Chibás, otro joven de 25 años, alzó la voz para gritar: «Si Batista capturó el poder por la fuerza, por la fuerza debe ser derribado». Era Fidel Castro Ruz.

La Revolución cubana buscaba el cauce por donde enrumbarse. Dos meses después, el primero de mayo de 1952, ambos jóvenes se conocerían. A partir de entonces, los jefes que encabezarían las acciones del 26 de julio serían uno solo.

 ¡«Yeyé, Yeyé!», le dijo Abel, a su hermana Haydée: «He conocido al hombre que cambiará los destinos de Cuba! ¡Se llama Fidel y es Martí en persona!». Y lo era.