A algunos nos invade un espíritu aventurero que cuesta bastante contener, especialmente si estás en la universidad y tu grupo de amigos son tan dispuestos como tú a librar las cruzadas que el destino, o la gestión con las personas correctas, les depara.
Mochila en hombro mochilas, maletas, carteras, porque no importa para donde sea el viaje: el exceso de equipaje no falla, y los que saben a lo que me refiero no me dejarán mentir. Esta vez «nos colamos » para un evento de Proyectos Comunitarios en Guantánamo. Cuando me refiero a «nos colamos », no malinterpreten la situación, solo había plaza para uno, por lo cual lo sometimos a justo sorteo y resultó Lisandrita la delegada. El resto «gestionó » el viajecito gracias a A ciencia cierta, nuestro amado proyecto de entrevistas, casi siempre improvisadas en último momento a profesores de la universidad, y llave de varios diplomas y eventos interprovinciales durante los cinco años de la carrera.
Y ahí estaban «los cuatro jinetes del apocalipsis », como nos llamaban los profes de la facultad para nada injusta la comparación rumbo a la provincia más oriental del país. En esta ocasión teníamos una meta puntual: imperdonable irnos de Guantánamo sin visitar Baracoa. ¿Estar tan cerca de la primada de Cuba y perdernos el Yunque, el malecón, los ríos y toda la historia que la circunda? Nunca. Aunque después comprobamos que el término «tan cerca » era pura metáfora o, mejor dicho, entusiasmo de principiantes.
El tercer día del coloquio fue el escogido para emprender la marcha hacia Baracoa. Ya teníamos dónde quedarnos gracias a la hospitalidad de la amiga de una amiga de la mamá de Marian, una de «las jinetes ».
Temprano en la mañana, esta vez solo con las pertenecias imprescindibles, fuimos para la terminal de ómnibus nacionales a buscar un transporte. La meta era llegar hasta Baracoa, pero como plan B siempre estuvo Santiago de Cuba, en caso que nos complicáramos más de lo pensado.
Para qué relatar la historia de la terminal colmada de tentativas de sobornos monetarios, miradas dulces a los choferes de los ómnibus, intentos de estafas por parte de los taxistas y consejos de los trabajadores sobre lo peligroso que es el viaje en un camión de transportación de personas por las características de la carretera. Al mediodía, el altavoz anunciaba la salida de una guagua para Baracoa. ¿La felicidad del momento?, indescriptible, lástima que duraría poco. Todo iba viento en popa, bueno, en este caso goma en carretera, hasta que estalló la tragedia.


Nos rompimos en medio de la nada. ¿Cómo es posible?, pensamos. Nos mantuvimos optimistas hasta que el chofer informó que no había arreglo, que era necesario un trasbordo y, para colmo, en esa zona los celulares no tenían señal. Entonces, simplemente, compartió su más profundo consejo: «váyanse en lo primero que pase, aquí uno puede estar días botados porque no es muy transitada esta zona ». ¡Vaya, que noticia!, pero la suerte sonrió y por azar paró un camión, de los que no tienen casetas, ni asientos, pero iba para Baracoa.
En una escenificación del abordaje de los pasajeros del Titanic en los últimos botes de salvamento antes del hundimiento total del barco, pudimos subir al camión. Fui la primera del piquete en montar, pero al ver el panorama no sabía si bajarme o llorar. Cuando estábamos los cuatros en el transporte salvador solo nos miramos y una risa nerviosa fue nuestra reacción más espontánea.
Con algunas de las personas que nos acompañaban supimos que La Farola era la zona en la que estábamos, una famosa loma, acantilado, curva extremadamente cerrada y peligrosa en la que muchísimos vehículos se salen de la carretera y claro, no quedan sobrevivientes. Además del impactante dato curioso, lo más llamativo era el enorme porcino de casi dos metros que le rozaba las pantorrillas a Lisandrita, a mi lado, cada vez que el camión cogía una curva y se resbalaba hasta el otro extremo del vehículo. Las hojas de los árboles amenazaban con llevarte la cabeza si no reaccionabas más rápido que los 10 o 15 km/h a los que iba el experimentado chofer.
Pegados en la baranda izquierda estaba Marian, quien no pudo perder la oportunidad de que Ayo le hiciera algunas instantáneas de recuerdo y en caso de alguna fatalidad servirían como testigos de lo sucedido. Y al otro extremo, Lisandrita y yo nos mirábamos y las lágrimas incontenibles nublaban la espectacular vista del infinito acantilado. No sé lo que pensaron mis amigos durante las 2 horas y media de viaje, pero yo sentía la misma adrenalina que un corresponsal de guerra reportando en vivo desde el campo de batalla con el humo de las bombas opacando su figura. En ese momento le pedí a todos los santos, vírgenes y estampitas religiosas que vinieron a mi mente llegar en una sola pieza a Baracoa.
En una parada de 5 minutos que hizo nuestro sagaz chofer compró una canequita de ron para «animarse » la vida, Lisandrita, Marian y yo logramos cruzar por encima de una montaña de cajas de tomates para buscar refugio y aliviar un poco el terrible espectáculo a nuestro alrededor. En el caso de las verduras que soportaron mi peso, estoy segura de que le ahorré a su futuro comprador el trabajo de convertirlas en puré.
¡Increíblemente llegamos!. Lo más desconcertante fue el hecho de que solo nosotros, foráneos, estábamos horrorizados por el viaje, las curvas, la velocidad y el verraco que se orinaba en los pies de algunos pasajeros como si nada. Al fin, estábamos en Baracoa.
Encontramos con facilidad la casa de Clara, quien resultó ser muy buena anfitriona. El siguiente movimiento fue en la terminal, para asegurar el transporte de regreso a la ciudad de Guantánamo. La lista de espera era la solución. Sin dudas, a las 12:00 am estaríamos en la terminal, haciendo gala de la puntualidad inglesa que no nos caracteriza, pero en situaciones extremas hasta el té de las 3:00 pm tomamos.
Y ahora sí, a recorrer Baracoa. Las fotos fueron el plato fuerte del paseo, derroche de poses y el paisaje no desilusionó en lo absoluto. En tiempo récord conocimos la ciudad, realmente bella. Al otro día dimos un recorrido por el Hotel Amarillo, las tiendas, y compramos los recuerdos característicos del lugar: el cucurucho de coco y las bolas de cacao, de las cuales todavía quedan en mi casa. Por último, disfrutamos una vez más de la vista del Yunque.
Todo muy paradisiaco hasta que golpeó la realidad: no alcanzamos pasaje en la lista de espera. Como buenos aventureros y en aras de la supervivencia, decidimos que en el primer medio de transporte que apareciera para Guantánamo nos íbamos. Y por suerte no demoró mucho. Ante nuestros ojos parqueó un magnifico camión rojo con caseta y asientos, de esos que son muy peligrosos en la carretera de La Farola por las características del recorrido, y nos fuimos en él. Esta vez no puedo negar que el viaje transcurrió más placentero, aunque creo que el subconsciente ayudó bastante porque de forma unánime entramos en un estado de embriaguez analcohólica gracias al cual resistimos las 4 o 5 horas que duró el recorrido en las incómodas tablillas de madera del camión.
Lo más chistoso de todo fue que estando en Baracoa averiguamos, así como quien no quiere las cosas, la forma de llegar a la Punta de Maisí, para dar el recorrido con todas las de la ley. Obviamente no lo hicimos, el tiempo era oro. Ya culminaba el evento y no podíamos darnos el lujo de perdernos también la clausura.
Cuando al fin puse los pies en Guantánamo y reflexioné sobre todo lo sucedido, me prometí que en mi vida vuelvo a Baracoa por vía terrestre, y quizás, ni por aérea.
Después de tres años algunos como Ayo guardan el secretito de los sucesos durante la travesía hasta Baracoa, mejor no preocupar a la familia con esos detalles que no aportan nada, comentó, durante el regreso a Matanzas.
Conocí la primera villa fundada en Cuba, la amé, disfruté cada paso que compartí con mis amigos. Lo que yo sí puedo decir es que a Baracoa por La Farola no vuelvo, vivimos un miniapocalipsis, lo cual no impidió la permanencia del espíritu aventurero, ya estábamos listos para «gestionarnos » un puesto en algún evento, en cualquier punto geográfico de la Isla.