«Esos hombres y mujeres que visten elegante y hablan bonito ». Así calificaba, de pequeño, a los profesionales de la prensa. Desde entonces, sin conocer siquiera el alfabeto español, quedó admirado por el trabajo de los periodistas. Veía en ellos la grandeza del conocimiento, el dominio de la palabra y la exactitud de la razón.
Motivado por aquellas ilusiones infantiles a posteriori, decisivas, dejó atrás su pasión inicial por la medicina y se inclinó, paulatinamente, por el periodismo. Sustituyó el estetoscopio de juguete por un pequeño diario donde cronicaba de forma muy simple las aventuras de la niñez. Aunque no abandonó el amor por las ciencias, ya había encontrado su mayor deleite: el arte de comunicar, de contar las realidades con la magia de la escritura. Estudió mucho para lograr sus objetivos.
La vida, como a todos, le impuso retos, y supo vencerlos gracias al tesón y la voluntad. Cada meta cumplida resultó un aliciente en busca de sus sueños. Muchos lo criticaban por las horas de lectura en la biblioteca, por el afán de estar siempre informado. Otros lo subestimaron, pero nunca cejó en su empeño.
Con el transcurso de los años, tras aprobar los exámenes de requisitos adicionales, comenzó los estudios de Periodismo en la Universidad. Durante los primeros días sintió miedo al fracaso, pero el tiempo ¡ay, el tiempo! le demostró que había elegido la carrera correcta.
En la alma mater encontró el espacio para desarrollar su talento y pudo compartir con estudiantes que defendían sus mismos intereses. Allí forjó grandes amistades y aprendió a hacer de la palabra escrita una obra de dignidad.
Luego de cinco años de preparación, se graduó con honores. ¡Ya era periodista! Entonces comenzó a trabajar como reportero de un periódico. Al principio le resultó difícil establecer buenas relaciones con sus compañeros, pero después lo logró.
Joven profesional al fin, quedó insatisfecho con sus primeros escritos; sin embargo, todos elogiaban la calidad de sus publicaciones. Siempre dispuesto para cada cobertura, comprometido con sus lectores, defensor a ultranza de la cubanía, sus alegrías y tristezas devinieron crónicas. Sus comentarios impulsaron conciencias; sus reportajes, decisiones. La experiencia lo ha hecho crecer. Y allí sigue, pluma en ristre, corazón vibrante.
Esta es la historia de un periodista sin nombre, porque pudo ser la historia de muchísimos otros. Otros que también eligieron una labor propia de guerreros, de quijotes… Otros que luchan por el respeto a la verdad. Otros que inspiran a quienes apenas comenzamos. Otros que, como Gabriel García Márquez, amarán siempre «el mejor oficio del mundo ».