Fidel afirmó que este año seremos libres o él morirá. Yo desde hace mucho estoy con él, me lo había jurado y lo cumpliré.
Camilo, carta a un amigo, 13 septiembre de 1956.
Vivió apenas 27 años, pero quedó inmortalizado en su pueblo. El mismo pueblo que pasados 63 años de su desaparición física le sigue dedicando flores cada 28 de octubre y, aun a sabiendas de lo imposible, añora su regreso.
Y es que Camilo, en su renuevo eterno e inmortal, como afirmara el Che, es la imagen del pueblo, y su sonrisa, pudiéramos decir, nosotros.
Nadie como Camilo simbolizó el espíritu de los barbudos bajados de la Sierra. Ni nadie como él supo ganarse el cariño de la gente, con la espontaneidad que le caracterizaba, ese lenguaje tan criollo, la picardía en la mirada y, sobre todo, esa sonrisa franca, debajo del sombrero alón que nunca dejó de usar.
Su fidelidad a Fidel estuvo siempre a prueba de balas. Ni en la pelota, tan siquiera, quiso ser su rival, por eso fue su receptor cuando aquel antológico juego de los Barbudos y no el pícher contrario, como se divulgó previo al partido beisbolero.
«Más fácil me será dejar de respirar que dejarle de ser fiel a su confianza », había escrito cuando fue ascendido al grado de comandante.
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Y en lección patriótica inolvidable, requirió a un subalterno suyo, reclamándole, con firmeza, que cuando Fidel hablaba, lo único que tenía que hacer un revolucionario era escucharlo. Nada más.
Con el Che, la relación fue de padre a hijo. El argentino tuvo el honor de haberlo descubierto como guerrillero y de ser un soldado indisciplinado al inicio, verlo convertido en el mejor de todos, en el Señor de la Vanguardia.
Si el Che fue el primero de los expedicionarios del yate Granma, Camilo fue, prácticamente, el último de los 82, pues llegó a México, sin recomendación alguna, y a Fidel le costó tiempo tomar la decisión de enrolarlo en la expedición y hasta lo investigó para corroborar que no era un infiltrado del enemigo.
Hasta ese momento, el único aval del hijo de Ramón Cienfuegos y Emilia Gorriarán, españoles ambos, radicados en el barrio humilde de Lawton, donde naciera Camilo el 6 de febrero de 1932, era la herida de bala en el muslo, sufrida durante una manifestación el 7 de diciembre de 1955, en homenaje a Maceo: « ¡Es la sangre de mi hijo pero es sangre para la revolución! », había dicho Ramón, en un arranque de emoción y tensión, como lo calificara el propio Camilo.
También le avalaba su espíritu rebelde, sus ansias de libertad y el conocer desde los propios Estados Unidos la explotación que sufrían los inmigrantes latinos, pues fue mucho el plato que tuvo que fregar y mucho el frío que pasó; al tiempo que le acreditaba una repulsa total al dictador Batista; el extremo, que, en una de sus tantas ocurrencias, le puso Fulgencio, nombre del tirano, a su perro.
¡O lo cargan ustedes o lo cargo yo!, dijo tajante, cuando sus hombres pretendieron sacarlo primero a él, tras ser herido, a otro soldado rebelde, en similar situación. Y tuvieron que cumplir su orden.
Sobresalió en los llanos de Bayamo, siendo el primer jefe rebelde que operó en esa zona oriental. Estuvo magnífico durante la contraofensiva estratégica del Ejército Rebelde, la cual, a decir de Fidel, le rompió la espina dorsal de la dictadura, y magistral en la campaña invasora al frente de la Columna 2 Antonio Maceo, cuya misión era reeditar la epopeya del Titán de Bronce, Antonio Maceo, y llegar hasta el extremo más occidental de Cuba, aunque, para cumplir esa orden de Fidel, quedase un solo hombre.
En combate de Yaguajay, que duró diez días, se ganó el sobrenombre de Héroe de Yaguajay. Y el « ¿Voy bien, Camilo? », de Fidel, la noche del 8 de enero de 1959, con su « ¡Vas bien, Fidel! » lo engrandeció a los ojos de todos. Era la confianza y la incondicionalidad mutua entre esos dos grandes hombres.
Después del triunfo de la Revolución su imagen se hizo popular en el pueblo. Inquieto, pocos lugares de Cuba fueron dejados de visitar por Camilo. Acá, al centro de Cuba, en la actual Villa Clara, vino muchas veces, y Zulueta, poblado que liberó dos veces, lo hizo Hijo Adoptivo.
Lideró la caballería guajira que en defensa de la Reforma Agraria entró a La Habana para conmemorar el primer 26 de Julio en una Cuba libre.
Jefe del Estado Mayor del Ejército Rebelde, cumplió delicadas misiones de Fidel, siendo la más conocida, el abortar la conspiración contrarrevolucionaria de Hubert Matos, en Camagí¼ey, a cuyo regreso, la tarde-noche del 28 de octubre de 1959, desapareció en el mar.
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En su última alocución pública, el 26 de octubre, Camilo enardeció a la multitud de un millón de habaneros reunidos frente al Palacio Presidencial, hoy Museo de la Revolución, cuando evocó los versos de Bonifacio Byrne, y juró que los cubanos se pondrían de rodillas una vez y una vez inclinarían la frente, solo para decirle a los más de 20 000 cubanos muertos que la Revolución estaba hecha y la sangre derramada no había sido en vano.
Desde entonces se añora al guerrillero de la franca sonrisa. Al hombre de las mil anécdotas. Al único que podía hacerle bromas al Che, sus famosas Camiladas, al amigo de Raúl, de Almeida, al más ferviente admirador de Fidel.
Se extraña y se necesita al cubano jodedor y jaranero. Ese que, por encima de todo, puso a la Revolución. El que, en los días álgidos de la lucha por la Reforma Agraria, afirmaba a los terratenientes: « ¡Con novilla o sin novilla, le partimos la siquitrilla! ».
Cierto que en el pueblo hay muchos Camilos, pero hacen falta más, pues en cada joven rebelde, inconforme, dispuesto a dar la vida por Cuba y su Revolución, está viva la presencia de Camilo.
De Camilo no podemos hablar en pasado; al contrario, de Camilo debemos hablar en presente y, sobre todo, en futuro. Ese es su legado. Seguirlo es nuestro deber.

