Carlos Alejandro Rodrí­guez Martínez
Carlos A. Rodrí­guez Martí­nez
9828
21 Mayo 2016

En una carta de marzo de 1895 José Martí­ le prometió a Marí­a Mantilla que viajarí­a con ella a Parí­s, si llegaba a salir vivo de la guerra. El desenlace trágico del Apóstol, apenas dos meses más tarde, no permitió jamás el viaje de ambos a la capital francesa. Martí­ murió y Marí­a quedó a la espera, sabe Dios con qué tristeza incontenible.

Casualmente, uno de los investigadores más desprejuiciados de la vida y la obra de José Martí­, vuela hacia Parí­s. Yamil Dí­az, el escritor y periodista santaclareño ganador del premio de ensayo de la Casa Ví­ctor Hugo*, marcha conmovido por la tragedia martiana. Yamil cruza el mar atando los recuerdos posibles de un viaje que nunca se produjo. Y acaso en Parí­s, intentará reunir a Martí­ y Marí­a, quienes fueron, según él, padre e hija.

«Además de su ahijada o de su “hija espiritual”, Marí­a Mantilla fue la hija biológica de José Martí­ », define el reconocido investigador. Y con esa certidumbre fundada en la investigación, Yamil acudió hace pocos años al antropólogo, médico legal, historiador, arqueólogo y escritor matancero Ercilio Vento, creador de un instrumento cientí­fico empleado para dilucidar casos de filiación a partir del análisis comparativo de imágenes: la prueba morfológica y antropométrica.

«Entonces, un montón de fotos […] viajaron de Santa Clara a Matanzas. Y, en intensas jornadas, el apasionado cientí­fico buscó en los ojos, en las manos, en los labios, en la frente de ambos la solución a ese viejo y discutido dilema. Luego de comparar 66 caracteres antropométricos en Martí­ y en Marí­a, estos mostraron un ¡74, 3 %! de compatibilidad… », explicó Yamil en publicaciones digitales.

Sin embargo, todaví­a hoy no existe consenso sobre la relación entre el Apóstol y Marí­a Mantilla. Mientras unos historiadores consideran que no se trata de un hecho trascendental y que, por lo tanto, no vale la pena esclarecer; otros apasionados de la vida y la obra martianas, como el escritor santaclareño, anhelan que desaparezca el velo de incertidumbre tendido sobre la descendencia de Marí­a.

No obstante la duda pública, Yamil está volando ahora mismo hacia Parí­s con su propia certeza. Y en breve evocará el encuentro de Martí­ con Ví­ctor Hugo; atravesará el cementerio de Pí¨re Lachaise hasta la tumba de los trágicos amantes Abelardo y Eloí­sa, donde Martí­ puso su mano «frí­a » hace más de un siglo. Y, sin dudas, imaginará el viaje que nunca fue, padecerá la promesa irrespetada por la muerte, la promesa del padre a su hija.

Yamil, ¿por qué algunas personas, algunos investigadores, han asumido que es profano hablar de la presumida relación filial entre José Martí­ y Marí­a Mantilla? ¿Es que no está bien conocer la historia tal y como aconteció?

Bueno, parece que en Cuba existe una especie de «fundamentalismo martiano » desde el momento en que la justa devoción de todo un pueblo por la figura de su Apóstol se llenó de una especie de religiosidad. Siempre me llama la atención que nadie se sonroja ante la abundancia de hechos ajenos a la moral ortodoxa que uno encuentra en la vida de los próceres cubanos y latinoamericanos: adulterio, poligamia, hijos expósitos… Si es Céspedes, no importa. Si es Gómez, no importa. Si es Maceo, no importa. Los biógrafos pueden ofrecer la información sin miedo. Si es Bolí­var, no importa: leemos el libro, vemos con gusto la pelí­cula. Pero no se te ocurra sugerir que Marí­a Mantilla fue hija biológica de José Martí­, porque te espera una carga de improperios.

Si el Tribunal Supremo de Cuba validó la prueba morfológica y antropométrica del doctor Ercilio Vento, y esa prueba se emplea para dilucidar casos de filiación, ¿ahora no serí­a hipócrita dejar de reconocer los resultados arrojados por ese instrumento cientí­fico, solo porque inmiscuyan al Apóstol?

Serí­a hipócrita, por supuesto. Mira, tuve el honor de estimular al doctor Ercilio para que hiciera la investigación y luego el privilegio de anunciar periodí­sticamente el resultado. Pensé entonces y sigo pensando ahora que las normas jurí­dicas y los métodos cientí­ficos valen igual para todos los seres humanos. Pero no sé si cumple lo mismo en el caso de algún dios; por eso no me sorprendieron algunas reacciones propias de la recepción hagiográfica: enseguida intentaron poner en tela de juicio el método investigativo desarrollado por Ercilio. De todos modos, no podemos aspirar a que la breve entrevista que le hice a este notable antropólogo y médico legal o a que el artí­culo que publiqué sobre el mismo tema, logren cambiar de golpe y porrazo la opinión de la gente. Es necesario que se publique el libro de Vento «Marí­a Mantilla: la verdad escondida ». Luego, que cada quien saque sus conclusiones.

José Martí­ y Marí­a Mantilla
El esquema sobre el rostro de Martí­ y Marí­a Mantilla muestra algunos de los 49 caracteres coincidentes entre ambos, según la prueba morfológica y antropométrica del doctor Ercilio Vento. (Foto: Tomada de Cubadebate)

  ¿Cómo podrí­a realizarse la prueba definitiva, es decir, el examen de ADN?

Técnicamente es viable realizar una prueba de ADN que permita comparar, digamos, muestras de un descendiente indudable de Martí­ con uno de Marí­a Mantilla para determinar si existe compatibilidad. Se trata de un tema apasionante del que, por el momento, no me es posible ofrecer más información.

¿Y si el examen probara que no existe tal relación filial entre Martí­ y Marí­a? ¿No te asusta estar equivocado?

Si estuviera en mis manos obtener, a través de un examen de ADN, la prueba definitiva de que ella fue o de que no fue su hija, ten por seguro que seré el primero en difundir los resultados. No he entrado en esa polémica por vanidad, sino por amor a la verdad y al derecho sagrado que tiene cada hijo de llevar el apellido de su padre.

Más allá de la confirmación necesaria que esperamos, tenemos la seguridad de que Martí­ siempre sintió una gran devoción por Marí­a. Solo basta leer las cartas que le dedicó. ¿Qué condiciones históricas y sociales habrí­an impedido que el Apóstol reconociera el verdadero parentesco con su hija? ¿Querí­a Martí­ proteger a Carmen Miyares, la madre de Marí­a? ¿Querí­a protegerse a sí­ mismo?

En las circunstancias en que vivieron ellos era imposible reconocer el parentesco. Para empezar, los dos estaban casados con otras personas de las que no se podí­an divorciar. Para que fuera más dramático, los dos tení­an hijos con sus cónyuges legí­timos. Haber proclamado entonces lo que a mi juicio era la verdad no les hubiese servido para ningún fin práctico y les habrí­a traí­do, sin embargo, muchos contratiempos, en especial a ella. Por eso, ellos mismos destruyeron la mayorí­a de las evidencias escritas de su relación, como ya han precisado otros investigadores.

Hay muchas evidencias históricas que avalan tu hipótesis: Marí­a Mantilla siempre aspiró a que se le reconociera como hija del Héroe Nacional, y anheló, además, que su descendencia llevara con orgullo el apellido Martí­. Teté Bances, la nuera del Apóstol, quedó impresionada por el parecido fí­sico entre Marí­a y Pepe. Y algunos amigos de Martí­ no tení­an dudas de que él fuera el padre de Marí­a…

Gonzalo de Quesada y Miranda afirma tajantemente que «los Quesada » sabí­an que Marí­a era su hija, con lo que habla en nombre de su padre, Gonzalo de Quesada y Aróstegui, nada menos que el secretario y uno de los hombres más cercanos a Martí­. Este es un testimonio de enorme peso, que solamente por capricho se puede minimizar. Y en cuanto al parecido fí­sico entre Pepito y Marí­a, no se trata solo de una impresión de Teté Bances: se hizo muy evidente en las comparaciones antropométricas que se harán públicas cuando se edite el libro que ya te mencioné.

José Martí­ y Marí­a Mantilla, 1890
José Martí­ y Marí­a Mantilla en 1890. (Foto: Tomada de Cubadebate)

En el lado contrario, ¿hay evidencias reales que contradigan el parentesco filial entre Martí­ y Marí­a?

Como en cualquier polémica, hay argumentos de las dos partes. Si calculas el tiempo transcurrido desde la llegada de Martí­ a Nueva York hasta el nacimiento de Marí­a, te das cuenta de que tuvo que haber un acercamiento a Carmita bastante inmediato y en condiciones, además, muy adversas. Si a eso le sumas el momento especialmente complicado por el cual él atravesaba, es normal ver difí­cil el parentesco, inclinarse a que no es su hija. Se trata de un suceso para el que tuvieron que conjugarse varios «poquitos »; no hablamos de un hecho a primera vista muy probable. Pero la principal bandera en contra proviene de un razonamiento moral: la idea de que Martí­ no hubiera sido capaz de cometer un adulterio, sobre todo después de la manera en que habí­a fustigado a las adúlteras; se ha dicho incluso que cómo iba a perpetrar esa traición con un «amigo ». Aquí­ falta recordar que no existe ninguna prueba de que Martí­ y Mantilla hayan sido exactamente amigos y menos de que lo fueran en el momento de la concepción de la niña. Se soslaya que entre los rasgos que hacen humano al ser humano está la posibilidad del pecado, porque hay fuerzas en pugna que rigen nuestro comportamiento, y no siempre prima lo racional sobre lo afectivo. Se olvida el hecho más que probado de que el Apóstol sostení­a relaciones amorosas con varias mujeres a la vez y, además, de que en última instancia tení­a el derecho de acogerse a su propio concepto de adulterio, no al de quienes escriben sobre él. Hay un apunte muy interesante que estuvo inédito hasta el otro dí­a y que podrí­a aclararnos mucho en este debate. Dice Martí­ que adulterio es el engaño hecho «por una mujer » (mira tú qué machismo más elegante, cómo exonera a los varones) a un esposo «apasionado, bueno, agradable, estimable, leal ». Esto nos obliga a hacer otra lectura de su drama Adúltera y nos indica que, para ser fieles a la letra del Apóstol, hay que empezar por demostrar que Manuel Mantilla fue apasionado, bueno, agradable, estimable, leal, antes de acusar de adúltera a Carmita.

Precisamente, todaví­a algunos historiadores pretenden probar con la ética martiana que el Apóstol no podrí­a ser el padre biológico de Marí­a. ¿Acaso la vida de una persona, incluso la vida de nuestro Héroe Nacional, no está sujeta a situaciones paradójicas o poco probables?

La vida de Martí­ no solo estuvo sujeta a situaciones paradójicas sino fundamentalmente trágicas. Si Marí­a fue su hija consanguí­nea, como muchos pensamos, no veo que yo ni nadie tenga por eso que juzgar a Martí­ ni someterlo a ese «cartabón ético » que se ha dejado prudentemente en la maleta en el caso de otros próceres, como los que ya nombré. Los primeros en juzgarlo son los que le tienen prohibido haber tenido una hija con una mujer casada, siendo casado también él: ¿qué se harí­an ante un examen de ADN que les desarme el argumento? Muchos se habrán convertido a posteriori en furibundos detractores de un hombre que, como cualquier otro, tení­a derecho a enamorarse de una mujer prohibida o que, movido por un impulso profundamente humano, pudo caer en una situación que a los demás (y acaso a él mismo) les pareciera un acto de debilidad. Pero yo no veo en todo esto un capí­tulo en la historia de la ética nacional sino un acto conmovedor en la tragedia personal martiana. Mi trabajo no es juzgarlo sino mirar a su tragedia y conmoverme con él.

Si supiéramos la verdad, si la verdad fuera afirmativa, ¿cambiarí­a eso la biografí­a de nuestro Apóstol?

Hasta el momento no se ha establecido una verdad irrefutable, afirmativa ni negativa, que a la larga será importante, más que para Martí­, para Marí­a y todos sus descendientes. Ellos por varias generaciones han reclamado el reconocimiento de un lazo consanguí­neo que no les provoca vergí¼enza sino lógico orgullo. ¿Te imaginas que fueras hijo, nieto o bisnieto del cubano supremo y que el prójimo te prohibiera proclamarlo? Para la biografí­a de Pepe, el hombre í­ntimo, aclarar ese capí­tulo será un paso importante; pero para la historia del Apóstol, del ciudadano público, no representa ningún cambio esencial.

 

* Yamil Dí­az Gómez ganó en 2015 el premio de ensayo de la Casa Ví­ctor Hugo por su trabajo «Martí­ camina por el Pí¨re Lachaise », donde vincula la vida trágica del Apóstol con el espí­ritu de los artistas románticos.

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