¿Dónde está el amor?

La respuesta es el dilema. Y me atrevería a decir que un dilema hermoso, de hecho. Cabría plantearse en qué pensamos cuando se habla del amor

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Ilustración de Alfredo Martirena sobre el amor.
(Ilustración: Alfredo Martirena)
Lety Mary Alvarez Aguila
Lety Mary Alvarez Aguila
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14 Febrero 2026

 ¿Dónde está el amor? Muchos todavía se lo preguntan «¿Dónde está el amor del que tanto hablan?», cuestiona una popular canción de Jesse & Joy y Pablo Alborán. Y, aunque la interrogante se ajusta a la intención de la letra, su carga de reflexión trasciende melodías y ritmos. Llega directamente a la conciencia humana, a ese caos de partículas y sustancias que rige nuestra conducta. 

La respuesta es el dilema. Y me atrevería a decir que un dilema hermoso, de hecho. Cabría plantearse en qué pensamos cuando se habla del amor. Algunos dirán «vínculo», «sentimiento», «estado afectivo», «conexión profunda e intensa». Otros, probablemente se compliquen con la ciencia, la Biología o las miles de explicaciones que pudiera abarcar el hecho de sentir en su más amplia dimensión. Varios afirmarán que amor es sinónimo de herida, incertidumbre, riesgos y desafíos infinitos. Lo más interesante es que todo ello resulta válido al tratarse de esa que llaman la mayor fuerza del mundo. 

A veces creo que la palabra se torna demasiado pequeña o ambigua. Como asociación natural e inevitable, encerramos en ella el fuego que nace entre dos almas que se juntan por destino (¿o casualidad?). Entonces, hay amor en esas miradas que detienen el reloj, en esos instantes de desnudar el espíritu y ser escuchado. Existe el amor en la complicidad de una sonrisa, en un lecho compartido, en los cimientos de un hogar que crece. Existe amor también cuando la presencia y el afecto le hacen frente a una vida vestida de sombras, a tempestades momentáneas o eternas cicatrices. 

El amor no cree en las imperfecciones del otro, al contrario, las riega con cuidado, las hace florecer, les otorga el brillo de la autenticidad y esa popular expresión de «ser arte ante los ojos correctos». El amor espera, comprende, abriga. No complica demasiado, no hace dudar. Si está ahí verdaderamente, nos reinventa, nos construye, nos transforma. 

Las relaciones modernas han impuesto dudas constantes en torno al amor. No pocos indagan todavía dónde está. Al parecer, no existe para todos, sostenemos a menudo, no alcanzaron los boletos para los millones de seres en el planeta. Aún esperamos esa llamada al final del día, ese mensaje de «quiero verte», la confirmación de que alguien nos elija incluso sin estar listos; porque, en ocasiones, no se tiene un proyecto personal «preparado» para el amor. Se ha vuelto difícil el anhelo de un amor limpio y tranquilo en un contexto de toxicidad, de vínculos sin etiquetas, de temor a involucrarse. Se han confundido las ganas de querer y salvar con la intensidad repudiable. Entonces, ¿hacia dónde va la idea de amor, acaso a discursos donde responsabilidad afectiva y madurez emocional figuren como palabras claves?

Quiero pensar que sí, que quienes lo ansían desesperadamente lo encontrarán algún día. Nadie sabe si en una estación, un evento, un altercado o, quizás, en un usuario de Instagram que, de pronto, comenzó a seguirnos. Aferrarse a la falacia de «cuando menos lo esperes» también genera contradicciones ¿Qué tal si llevamos siglos esperando en el lugar equivocado? ¿Qué sucede si subimos a ese vagón con pleno conocimiento de que no tomaría nuestro mismo destino?

Mientras tanto, en esa caja de Pandora que la vida manipula a su antojo, en tanto la «sorpresa» de un amor no llega cual abrazo cálido por la espalda, dejemos de centralizar el amor romántico como única pasión o meta de existencia. Si bien queremos vivir escenas cinematográficas propias con la otra mitad, puede que la fortuna se nos vaya de los ojos y las manos. Existe tanto amor repartido en el mundo que las formas o colores parecen insuficientes. Y aunque no lo parezca, somos privilegiados en la condición de espectadores. 

¿Dónde está el amor? En la unión duradera de nuestros padres, en la alegría estruendosa de una cena familiar, en la caricia a una peluda criatura de cuatro patas. En el ritual de un beso pequeño al llegar a casa, en la lágrima que corre a la par de la nuestra, sin señalamientos ni abandonos. En la sonrisa del amigo que nos quiere bien, en las manos manchadas y arrugadas de dos ancianos que transitan juntos la ciudad. El amor está en la paciencia infinita de una mujer que desea ser madre, en el sacrificio diario del agricultor que espera la cosecha. Hay amor en la notificación que recibimos cuando el universo se despedaza sobre nosotros, o cuando una buena noticia nos desborda. Encontramos el amor en esos corazones que se muestran como raros o extintos, que defienden la incondicionalidad y hallan sabor en sensaciones ínfimas de lo cotidiano.

Abunda el amor en personas como Amèlie, protagonista de aquella película francesa, que cruza la calle a un invidente y le revela la magia de los detalles que este no puede ver. Prevalece el amor en ese volcán de días que nos enciende. Perdura el amor aun cuando, de manera absurda, preguntamos todo el tiempo por él.

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