Abril asoma una vez más su semblante por las páginas del calendario. Y al hacerlo, en el alma insular de Cuba, su nombre deja de ser un simple aliento de primavera para evocar un significado latente: la victoria. Entre los susurros de la brisa y las raíces del manglar, la Ciénaga de Zapata preserva aún el eco de la gesta iniciada aquel 17 de abril de 1961, cuando una brigada de 1500 mercenarios norteamericanos rasgó el silencio de la madrugada con el estruendo de una invasión que desde el primer momento consideraban victoriosa.
Mientras Washington contaba las horas para izar su bandera sobre una colonia que imaginaba rediviva, un hombre de uniforme polvoriento y voz sin fisuras trazaba sobre aquel mapa de agua y tierra la geometría exacta de la dignidad. En torno a él latía, bajo un mismo pulso, el pueblo convertido en milicias obreras, campesinas y estudiantiles, unidos por la certeza compartida e irrenunciable de que, en aquel episodio, se jugaba la partida definitiva por la soberanía.
Apenas tres jornadas bastaron para vencer al enemigo, y en ese mismo instante, las arenas de Girón se erigieron en el primer altar donde el imperio vio arder sus certezas. Cuando el humo se disipó sobre aquel rincón de Matanzas, el mundo entero comprendió que no asistía a un mero parte de guerra, sino a la encarnación viva de una tea para los oprimidos y, con ella, a la proclama irrevocable de una isla que jamás cedería ante fuerzas externas.
Han transcurrido más de seis décadas desde aquella epopeya y la hostilidad contra la nación cubana ha mudado paulatinamente su piel de acero por una envoltura mucho más sutil e insidiosa. La batalla que hoy se libra ya no resuena con el fragor de los explosivos ni se anuncia con la silueta de los buques en el horizonte; se ejerce mediante la asfixia calculada de incontables sanciones y la ambición de un bloqueo que ansía doblegar lo que el gobierno norteamericano no pudo rendir por la fuerza de las armas.
Dentro de esa vorágine de artimañas, Cuba ha tenido que tolerar acusaciones sobre un supuesto patrocinio del terrorismo, así como el embate incesante de campañas mediáticas destinadas a la construcción de relatos dañinos. Su arsenal se nutre de imágenes y videos desprovistos de contexto y rociados con la ponzoña sensacionalista, sobre los cuales pretenden edificar los argumentos de una presunta dictadura, un Estado fallido y sistemáticas violaciones de los derechos humanos. Y todo este andamiaje se sostiene sobre la hipocresía más absoluta de un denunciante que se rehúsa a observar su propia cola.
Mas no satisfechos con el catálogo de perversidades y limitaciones orientadas a coartar el desarrollo pleno del país, han instaurado el bloqueo energético como el clímax reciente de su furia. Para la administración Trump, que aguarda desde la Casa Blanca la “madurez” de esa fruta que durante tanto tiempo el gobierno ha intentado cosechar, esta no representa una medida punitiva más, sino la antesala de un derrumbe inminente. Y, convencido de que la isla, extenuada, se desplomará por su propio peso, ha dictado una sentencia de guerra de la que ya se proclama vencedor. No obstante, el mandatario subestima nuestro legado de lucha.
Mucho antes de que los acorazados del norte surcaran las aguas del archipiélago, el machete del mambí ya encarnaba la intransigencia revolucionaria. Desde aquel 10 de octubre de 1868, cuando Carlos Manuel de Céspedes liberó a sus esclavos y los invitó a convertirse en hermanos de lucha, el alma de Cuba aprendió a reconocerse en el filo mismo de la rebeldía. Diez años de lucha armada no bastaron para doblegarla; y cuando el yugo colonial pareció cerrarse de nuevo, fue la voz del Apóstol la que resonó en la manigua del 95 para convocar a la Guerra Necesaria. Y aun cuando en 1898 la intervención estadounidense arrebató a los mambises el triunfo para imponer sobre las cenizas de la metrópoli española su propio dominio, el espíritu de libertad no pereció: resurgió con nuevos bríos en la Generación del Centenario y, posteriormente, en las filas del Movimiento 26 de Julio, quienes, tras múltiples y cruentas contiendas en la sierra y el llano, conducirían a la nación hacia la independencia definitiva el 1ro de enero de 1959.
Hoy, ante la posibilidad de una renovada incursión militar estadounidense, aflora una vez más, como en Girón, la estampa de un pueblo que no está dispuesto a doblegarse. Podrán tender sobre nuestros mares la sombra ominosa de sus portaviones; podrán afilar el acero de nuevas amenazas y dibujar sobre sus mapas el perfil vencido del archipiélago; mas se estrellarán, una vez más, contra el mismo paredón de entereza que nos legaron Maceo, Martí y otros tantos mártires.
Si a estas costas osan llegar de nuevo, no encontrarán el temblor del vencido ni el ruego del que suplica clemencia; hallarán, en cambio, la quietud pétrea de quienes han hecho del sacrificio su segunda piel. Mas esa obstinación no emana de un arrebato lírico ni se agota en una consigna de trinchera. Encuentra sus raíces en una arquitectura ordenada y operativa que se despliega en cada palmo del territorio nacional ante cualquier agresión: la denominada Guerra de Todo el Pueblo.
Esta doctrina defensiva no deja margen para la pasividad. Cada ciudadano, desde su voluntariedad, tiene un deber que cumplir y un rol establecido dentro del engranaje colectivo de resistencia. Contrario a lo que puedan promover los algoritmos y conglomerados mediáticos del norte, que osan tildar al país de una amenaza, los cubanos no actúan para tomar tierras ajenas; se preparan para volver tan costosa la empresa del invasor que esta se desvanezca en el intento.
Es precisamente esa conciencia compartida la que sostendrá a Cuba frente a la potencia hegemónica que pule en sus laboratorios las tácticas del exterminio a distancia y urde, con calculada frialdad, pretextos para desatar conflictos en beneficio propio. Es esa misma voluntad la que ha permitido que durante 67 años perduren las conquistas de la Revolución.
El espíritu de Girón no yace solamente en los libros o discursos, sino que ha permeado la médula misma del quehacer nacional. Encuentra su materialización en el temple con que, en ausencia de cañonazos, se defiende la patria. Porque protegerla es mucho más que custodiar una frontera: es honrar, cada día, el sacrificio de quienes lo entregaron todo por el presente que hoy tenemos. Es desnudar la mentira que se oculta tras el titular estridente; denunciar sin fatiga cada acto de injusticia; cultivar la tierra o manejar el torno para cosechar riquezas que abonen el bien común; estudiar con ahínco para convertirse en un profesional calificado que pueda ser útil a la sociedad.
Ante la incertidumbre de lo que pueda avecinarse, solo algo es seguro: no hay bloqueo capaz de asfixiar el decoro cuando este se ha vuelto parte de una identidad; ni existe invasión que logre doblegar la memoria de una tierra que aprendió, desde sus orígenes, a morir de pie antes que a vivir de rodillas.