Confluencia de sonido y silencio

Han pasado 57 años desde su fundación, y en Vanguardia hay nuevos y silenciosos bullicios que disipan las antiguas y «ruidosas» nostalgias del gran Gabo.

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Si no fuera por el cuerpo, que con sus órganos y sistemas ya defectuosos me cobra cada día el tiempo transcurrido, diría que fue ayer cuando conocí Vanguardia desde la oficina de un director que reclamaba mucho a cambio de muy poca plata, y que no tardó en decirme que prescindía de mis servicios como secretaria, pero que según el jefe de información, tal vez como reportera diera la talla.

Caricatura de Mercedes Rodríguez García.
(Ilustración: Alfredo Martirena)

De lo narrado a la fecha falta solo un mes para los 47 años, y ya el 9 de agosto el periódico cumple diez años por encima. Así que ambos nos empezamos a tratar jóvenes, lozanos, plenos, en una Cuba políticamente consolidada, pero donde a nivel ideológico —en sus afanes de equidad y justicia— el dogma se imponía desde una óptica optimista e idealizada, y no existía nada más cierto que lo práctico.

De modo que le di a Vanguardia la espalda como secretaria y, junto con él y un grupo de curtidos colegas, me fui haciendo periodista, que lo soy más de práctica y trastazos que de tesis y academia, conseguidas estas a más corto término, cuando 1980 asomaba su esplendidez en todos los sentidos. 

El tiempo, ¡caray! El tiempo y su marcha inexorable me han otorgado la veteranía en un oficio que también tiene de arte, y ahora más que nunca, de ciencia. 

No obstante, aún me arropan la misma angustia y el miedo sostenidos durante décadas, cuando bajo presiones y exigencias trataba de redactar la información exacta y sintética, el artículo de fondo comprensivo y expansivo; el comentario breve, pero colorido y juicioso —mucho antes de que se escuchara el primer disparo—; el borrador de un extenso reportaje, la entrevista que develara los ojos y el corazón del otro, la crónica circunstancial, aunque tónica, poética y vehemente… «No quiero pintoresquismos, hay que bajar al fondo», repetían sin ambages los jefes de información y redacción.

Y así —decana por canas y razones—, continúo temerosa de no tener ojos, oídos y cerebro suficientes para mirar, escuchar y comprender lo que en el difícil entramado de las sociedades ajenas acontece, pero más, lo duro y hermoso de la mía, nación que lleva inscrita en su bandera la fórmula fraternal y humana de la vida.

Y no, no vayan a pensar en añoranzas, que nunca me he dejado arrastrar por la nostalgia ni permitido que me arrebaten la alegría, la que define en versos Benedetti como un principio, un destino, una certeza, un derecho.

¿Evocaciones garciamarquianas? Sí, hasta donde resulte útil el recuerdo de los antaño agitados y ruidosos talleres de composición e impresión, y las siempre animadas salas de redacción, cuando en informal tertulia se discutían en caliente los temas de cada página y se le daban los toques finales a la edición del otro día; cuando entre los periodistas no se hablaba de nada distinto que del oficio mismo, y todo el periódico era un magisterio ambulatorio y apasionado de 24 horas.

Ahora las salas de redacción —parafraseo al Gabo—parecen laboratorios asépticos para navegantes solitarios, y resulta más fácil comunicarse con los fenómenos cósmicos que con el corazón de los lectores. Falta —digo yo— el «sonido colectivo», porque ahora entra personalizado por un cable que lo lleva al oído desde el celular o la laptop. Aunque existe certeza en tal apreciación y en eso de que urge moverle el alma al periodismo, ¡quién sabe! Es tanta la contaminación sonora circundante que nos hemos acostumbrado a la percepción del ruido. Tal vez, como ha confesado sucederle a nuestra poetisa Fina García Marruz, las nuevas generaciones se comunican mejor con el silencio.

Entonces, a un lado las evocaciones inoportunas y las morriñas a deshoras que, en lugar de entonar los ánimos, quiebran el espíritu y constriñen el júbilo.

Otro asunto sería la necesidad de no olvidar ni desaparecer de un plumazo lo que fue, lo que fueron e hicieron los predecesores. Vale, pues, lo del tango gardeliano: «con el alma aferrada / a un dulce recuerdo». Pero hasta ahí, porque como canta Tony Ávila, el trovador cubano, «los que no son iguales son los tiempos», y «tiene que haber de to' para que haya mundo y humanidad».

Y en este caso, no es asunto neto generacional , sino de política editorial y dinámicas de producción consecuentes e inteligentes.

Desde las redacciones tenemos que sumarnos todos al giro revolucionario transformador de la nación y, como verdaderos mosqueteros, actuar y crear productos comunicativos sin diferencias sustanciales entre los puntos de vista del que escribe y el que exige una información detallada, esclarecedora y convincente.

De ahí la preeminencia para continuar innovando, cambiando, moviendo, proyectando, aprovechando ahora los recursos que brindan las no ya tan nuevas tecnologías, lo cual les ha permitido desarrollar en su plataforma digital proyectos exitosos, encabezados por quienes son hoy —en su época— como de cierta manera fuimos ayer, en la nuestra.

Los padres desearíamos siempre que nuestros hijos fueran parecidos a nosotros, aunque no siempre sabemos cómo lograrlo, ni ellos comprenden por qué queremos. Esa es la parte mala de la ausencia de diálogo y el exceso de complacencia, no genéticos.

De cambio en cambio —directores y logotipos incluidos—, Vanguardia ha sabido mantener su esencia, principios y razones desde que viniera al mundo bajo los metálicos y fragosos engranajes de una terca rotativa, ungido de aceites y chamusquina, en el más caluroso de los meses del año 1962, del pasado siglo.

No son los mismos tiempos, ni posee estrepitosos linotipos ni escandalosas máquinas de escribir, pero es escuela.

Para bien, hay nuevos y silenciosos bullicios que disipan las antiguas y «ruidosas» nostalgias del gran Gabo.

Celebremos, pues, con alegría tan genuina y legítima confluencia.

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