El teatro como refugio y rebeldía

Dorian Díaz de Villegas, actor y docente en Santa Clara, convierte el teatro en refugio y rebeldía, creciendo en Teatro La Rosa y formando nuevas generaciones.

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Vanguardia - Villa Clara - Cuba
Dorian Díaz de Villegas protagoniza Aquiles frente al espejo. (Foto: Tomado de Granma)
Rocío Chávez Cedré
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26 Mayo 2026

En Santa Clara hay un actor que ha convertido la rebeldía en identidad y el arte en modo de vida. Dorian Díaz de Villegas Martínez, miembro de Teatro La Rosa y profesor de Expresión Corporal en la Escuela de Arte, posee un recorrido marcado por la resistencia, la pasión y la búsqueda constante de sentido en la escena. Se trata de un joven que encontró en el teatro un refugio y una forma de transformar la realidad.

—¿Cómo empezó tu interés en la actuación y el teatro? ¿Por qué la elegiste como profesión?

—Desde pequeño siempre me gustaron el baile y la música, aunque en mi familia predominaban los deportistas. Por prejuicios terminé en judo; fueron años de violencia y disciplina forzada, hasta que decidí rebelarme y buscar lo que realmente me hacía feliz: la danza, el coro escolar, y luego descubrí el proyecto Abrakadabra, donde se bailaba, cantaba y actuaba. Allí encontré amigos y recuerdos para toda la vida. Esa experiencia me llevó a programas de radio y televisión, y, finalmente, a estudiar actuación en la EPA Samuel Feijóo. Elegir el arte fue una necesidad, una rebeldía ante el rechazo, una forma de identidad.

—Desde tu graduación formas parte de Teatro La Rosa. ¿Qué significa para ti crecer profesionalmente dentro de este grupo?

—Teatro La Rosa es mi casa teatral, mi segunda escuela. Es un espacio creativo y social donde he crecido como profesional y como humano. Los entrenamientos, las giras, los festivales y los intercambios con grandes personalidades me han obligado a crecer. El cansancio y el desgaste son inevitables, pero cada ciclo es un escalón hacia el aprendizaje.

—Has participado en espectáculos como Cuando un niño está triste y La niña de la Luna. ¿Qué te atrae del teatro infantil y qué retos implica trabajar para ese público?

—Me atraen los retos, y el teatro infantil es uno enorme. No se trata de rebajar la calidad, sino de encontrar códigos y lenguajes distintos para llegar a los niños. Es una responsabilidad inmensa: estás formando su percepción del arte y del mundo, ayudándolos a construir identidad y valores. Los niños son un público sincero, sin filtros, y cada función es un aprendizaje que te hace crecer como actor.

—En 2021 estrenaste Aquiles frente al espejo, dirigido por Roxana Pineda. Cuéntame de esa experiencia.

—Agotadora. Un monólogo es un trabajo extremo, más cuando parte de cero, sin texto ni idea inicial. Fueron meses de dudas y vacíos creativos en plena pandemia. Solo confiaba en mi directora y en mi compañera, Eylen de León. Finalmente logramos un trabajo digno, donde puse todas mis fuerzas y aspiraciones. El monólogo tiene un doble filo: te hundes o vuelas. Y creo que me tocó la segunda opción.

—La obra te valió premios importantes en el Festival Internacional del Monólogo en Cienfuegos. ¿Qué significó para ti ese reconocimiento?

—Un premio es una aceptación de tu trabajo por parte de un grupo pequeño de personas, pero también implica un rechazo hacia el trabajo de otros. Más que la alegría del reconocimiento, pienso en la equidad: ¿qué pasa con los que no son premiados? El verdadero premio radica en brindar apoyo y espacios para que todos los creadores puedan crecer.

—Acabas de estrenar con Teatro La Rosa Canción del crucificado, que ha tenido gran acogida en Santa Clara. ¿Qué distingue esta puesta en escena?

—Fue un proceso distinto: partimos de poemas y los releímos escénicamente, dándoles cuerpo y voz. No se trataba de representar lo que ya estaba en la palabra, sino de atravesarlos con identidad, dolores y choques generacionales. La obra fue muy bien recibida, aunque como actor aún estoy procesando la experiencia.

—El grupo ha participado en festivales en Cuba y Colombia. ¿Cómo estas experiencias internacionales han marcado tu visión del teatro?

—Me han reafirmado que el arte es universal. Todos tenemos las mismas preguntas, miedos y sueños, aunque los afrontemos con poéticas distintas. El teatro es esa gran sombrilla donde nos cobijamos y compartimos historias hasta que pase la tormenta.

—Llevas años como profesor de Expresión Corporal en la Escuela de Arte de Santa Clara. ¿Qué importancia le das a la enseñanza en tu carrera artística?

—La docencia es otra forma de aprendizaje. Te vuelves alumno de tus alumnos. Es como una paternidad artística: guiar, acompañar, exigir. El mayor reto ha sido competir con la inteligencia artificial y el internet, porque los estudiantes creen que allí está todo. Pero la clase presencial, el humano frente al humano, es insustituible.

—¿Cómo equilibras tu trabajo como actor y docente?

—No hay un método. A veces llego agotado; otras, con energías renovadas. Es un equilibrio triangular: en la cima estoy yo, Dorian, joven cubano de 29 años, y en la base están mi docencia y mi trabajo como actor. Sin esas dos no sobreviviría.

—¿Qué proyectos o sueños tienes para el futuro cercano?

—No tengo proyectos definidos. La incertidumbre es grande. Prefiero aferrarme al presente, proteger mis refugios y lugares estables donde mantenerme vivo y útil. La utilidad es una palabra que siempre me ha martillado la conciencia, y la utilidad no es de futuro, sino del presente

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