Ciento noventa y siete años y cuarenta administraciones después de que el político norteamericano John Quincy Adams expusiera la teoría de la fruta madura, el gobierno de Estados Unidos y algunos cubanos, encandilados por la limosna yanqui, esperan la caída del «régimen » de la isla como si se tratara del último estreno de Netflix.
Con el asunto de San Isidro todavía tibio si es que llegó a calentarse en algún momento, anunciar el fracaso no es novedad. Se trata de un episodio más en el culebrón de la política subversiva e injerencista contra Cuba, que, pese al elevado presupuesto, deja mucho que desear en cuanto a guion, elenco y puesta en escena.
Algunas personas a las que no me atrevo a llamar compatriotas fungen como actores desechables. Carentes de una ideología sólida, escupen el discurso más rancio de la ultraderecha acuartelada en Miami, a cambio de un puñado de dólares y quince días de fama en las redes sociales.
Superado el reclamo irracional de la liberación de Denis Solís quien documentó su propio delito de desacato y la huelga de hambre con el estómago y el congelador llenos; la subasta pública de hechos violentos hacia las tiendas en MLC y los oficiales de la Policía Nacional Revolucionaria deja en el piso el honor de la protesta. ¿Es esa la moral que predican los «líderes » de la democracia en Cuba?
La espontaneidad, las opiniones representativas de la mayoría y los fundamentos artísticos enarbolados por los manifestantes no se hicieron presentes en ninguna de sus publicaciones. ¿Qué cambios internos desean operar quienes piden a gritos, de la forma más vulgar posible, que un gobierno extranjero mueva los hilos?
A la altura de la segunda década del siglo XXI hay quienes aspiran a un capitalismo próspero en Cuba. En ningún libro de Historia leyeron sobre la economía neocolonial, deformada por la monoproducción, la monoexportación y la dependencia. Totalmente ajena al desarrollo y la sostenibilidad.
Al parecer, ningún abuelo les contó las realidades anteriores a 1959: los niños con manos llagadas por el trabajo, la incertidumbre durante el tiempo muerto, la soga que dividía los espacios sociales en playas y poblados, las carencias multiplicadas en hogares campesinos, las desapariciones, torturas y asesinatos reales, y otras tantas penurias que se dibujan lejanas, después de 61 años de Revolución.
Esos mercenarios que ultrajan la estrella solitaria de nuestra bandera para ganarse un espacio en la enseña de Estados Unidos deben mirarse en el espejo de Puerto Rico; pues, a 68 años de su constitución como estado libre asociado, todavía no goza de semejante «privilegio ».
El deseo expreso de vivir bajo el gobierno de Donald Trump devela la ingenuidad de los manifestantes de San Isidro. Independientemente de la derrota del magnate en las urnas, lanzo la pregunta: ¿Acaso piensan que dentro de la intención chovinista de «hacer América grande otra vez » queda espacio para Cuba? Esta isla seguiría siendo el traspatio, el conejillo de Indias que fue durante la primera mitad del siglo XX.
«De altar se ha de tomar a Cuba, para ofrendarle nuestra vida y no de pedestal, para levantarnos sobre ella », dijo Martí. Sin embargo, la «Cuba de todos »que predican en escenarios físicos y virtuales no se parece a la República soñada por el Apóstol.
Si me lo permiten los códigos de la letra impresa, comparto la idea de un post publicado por Ernesto Gómez Cangas en su perfil de Facebook: «El "con" y el "para el bien" de Martí no han sido eliminados solo para que la nueva frase compartida quepa en un marco de perfil en Facebook. En el "Cuba de todos" caben el daño y la agresión, y donde caben el daño y la agresión hacia mi patria no quepo yo ».
Hartos de intentos fallidos, los cubanos ratifican su apoyo a un sistema social que coloca a los seres humanos como centro, que no basa su grandeza en aplastar a los más débiles, que respeta las diferencias y no recurre a la violencia para solucionar conflictos, menos aún en territorio ajeno.
Quedan muchos diálogos por entablar, problemas por resolver y cambios por realizar; pero solo competen a quienes asumen esta isla como su hogar, defienden la soberanía y respetan a sus semejantes; porque, como anunció el presbítero Félix Varela desde los albores del independentismo, una revolución «hecha exclusivamente por los de casa » siempre resulta preferible a la realizada bajo el auxilio extranjero.
Ciento noventa y siete años, 40 administraciones y miles de amenazas después, los seguidores de John Quincy Adams continúan bajo el árbol. Mientras miran golosos la fruta que crece lozana, no hacen más que tropezar con las raíces.