A cualquier joven de 17 años medio siglo le parece una eternidad. Las cuatro siglas rojas que sintetizan el nombre de la organización estudiantil más joven de Cuba (FEEM) se tornan vintage sobre el libro abierto, coronado por un cielo cincuentón.
Entre tantos uniformes de preuniversitario, técnico medio, obrero calificado, enseñanza artística, escuela pedagógica y otros cursos de la enseñanza media, bullen las ganas de encontrar y defender un sello personal, de marcar la diferencia.
Numerosas páginas de aquel libro abierto desde el 6 de diciembre de 1970 se vuelven pantallas, atentas al desliz de los dedos inquietos, llenos de aspiraciones. Algunos caracteres reclaman etiquetas, diéresis y tildes durakitas. Los filtros caprichosos llenan de colores el cielo, sin restarle una pizca de soberanía.
Para saciar la sed de saber y avanzar en el camino de la vocación, la conveniencia o el sueño familiar; el estudio ya se conecta a la 4G y se cuela en los mensajes de WhatsApp y Sijú.
Tantas películas, series, canciones y videojuegos no aplastan la memoria de Panchito Gómez Toro, Frank País García, Eduardo García Delgado, Manuel Ascunce Domenech y Ramón López Peña. Jóvenes de ayer que miraron más allá de su realidad inmediata y cimentaron con sangre bisoña los derechos estudiantiles de hoy.
En 50 años cambian las generaciones, las modas y los escenarios; pero el proyecto social de la Revolución cubana, tan perfectible como el pueblo que lo construye, y humanista hasta los tuétanos, aún colma aulas, laboratorios y pasillos escolares. Hace de la universidad un sueño realizable, pone instrumentos y escenarios a disposición de los artistas; forma a los educadores, técnicos y obreros que han de mantener girando el engranaje social de mañana.
Y a ese proyecto que crece con su gente no le faltarán alegría, curiosidad, revoloteo de hormonas, creatividad, sonrisas, deseos de experimentar, vitalidad; a ese proyecto no le faltarás tú..