Una vida de enseñanza y amor

Hace ya 64 años del comienzo de la campaña de alfabetización, pero Zeida Morales y Ramón Goizueta la recuerdan con todo detalle.

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Vanguardia - Villa Clara - Cuba
Zeida Morales y Ramón Goizueta. (Foto: Carolina Vilches)
Yaisa Beatriz Coronado Gutierrez
Yaisa Beatriz Coronado Gutierrez
@BeatrizYaisa
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22 Diciembre 2025

La historia parece diferente cuando se escucha de boca de sus protagonistas, se vuelve más humana, menos fría. Hacen ya 64 años del comienzo de la campaña de alfabetización, pero Zeida Morales y Ramón Goizueta la recuerdan con todo detalle.

Su relato resulta un testimonio de amor a la profesión y a la familia que crearon. La chispa, que los llevó a casarse para continuar enseñando juntos, sigue viva después de 62 años juntos. 

Zeida, de Caibarién a Gran Tierra de Maisí

«Tengo que reconocer que éramos de los que mejor vivían en mi barrio, independientemente de que la casa era de madera y guano. Mi padre era socio de una cooperativa de transporte, dueño de una guagua, y mi madre, una mujer de mucho empuje y visión era costurera. Gracias a ella mi hermana y yo pudimos estudiar. 

«Mi mamá me consiguió una plaza en la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara, donde estudié hasta el cuarto año. Estaba recién nacida la Revolución, cuando el Ministro de Educación nos hizo la convocatoria para trabajar en Oriente. Las aulas de los montes estaban vacías, muchos maestros se habían ido y otros, que cubrían en plantilla, nunca existieron. 

«Primeramente, pasamos un curso de adaptación al medio rural en San Lorenzo, nosotros con 17 años no sabíamos nada de vivir en el monte. Empecé a trabajar en enero de 1961 en Gran Tierra de Maisí, en una escuela de dos aulas. Además, fui asesora técnica de la Brigada Conrado Benítez. Casi todos los brigadistas eran muy jóvenes y nosotros éramos los de más experiencia, aunque práctica no teníamos ninguna.

«Cuando yo llegué a Maisí no había escuela, había rancho cayéndose y entonces estaban fabricando una escuela en la puntica a una loma. Por la mañana daba primero, segundo y tercer grado. Por la tarde cuarto, quinto y sexto. Entonces como la formación de nosotros había sido a la carrera yo me auxilié mucho de una maestra de Caibarién. Ella me enviaba por correo los planes de la quincena o del mes.

«Recuerdo una vez que uno de mis estudiantes, un señor muy mayor dejó de ir. Después me enteré de que era su mujer quien no lo dejaba ir. Los muchachos del aula me dijeron: “Dice su esposa que usted le coge la mano para hacer los trazos de la letra y está celosa”». 

Ramón, de La Habana a Imías

«En un bohío de paredes de guano y tierra, el origen mío fue bastante humilde. Mi familia no podía más, mi padre ganaba una basura limpiando pisos en una empresa y mi madre, que era casi analfabeta, puso todo su empeño en que yo pudiera estudiar. 

«Cuando estaba en séptimo grado, llegó el Comandante y mandó a parar. De fresco realmente, me fui con 16 años en la segunda convocatoria de maestros voluntarios, el 10 de octubre de 1960. En Minas de Frío, nos dieron un poco sobre teoría educacional, todo esto estaba promocionado por el Instituto Nacional de Reforma Agraria. 

«El 1ro de marzo de 1961 firmé el contrato para trabajar en una escuela inexistente en el centro de Imías. Cuando llegué allí, cogí un hacha y arreglé un bohío que estaba desahuciado, le puse paredes y le puse algunos bancos de palmas. Ser de origen campesino me ayudó muchísimo, sobre todo a la hora de rajar palmas que no es nada fácil». 

El encuentro en Baracoa

Recordar su primer encuentro despierta una juguetona discusión sobre quién guiñó un ojo a quien. Ramón reconoce, finalmente, que fue él quien dio el primer paso y la risa de Zeida fue toda la respuesta que necesitaba. El 10 de febrero de 1962 comenzó su historia en conjunto.

R: «Nosotros teníamos un compañero llamado Adolfo que le había dicho a Zeida para conocer al “Cartero”. Esa noche salimos “a tirar unos pasillos”, más bien le machuqué los pies, al malecón de Baracoa. A partir de allí me costó un trabajo, casi todo tenía que ser por cartas». 

Z: «En uno de los pases, que nos daban cada tres meses, le conté a mis padres que tenía novio. Mi papá, como todo un viejo de antes, me dijo que con novio no me iba más sola para allá. Ramón, cuando se enteró de eso, dice: “Pues tenemos que casarnos para irnos los dos juntos”.»

Boda de Zeida y Ramón, comienzo de 62 años de amor y apoyo mutuo. (Foto: Cortesía de los entrevistados)

R: «En ese momento yo estaba con todos los brigadistas en Varadero, porque se iba a crear la brigada “Frank País”. En ese curso de superación, por atrevido, me seleccionaron como candidato a profesor de Minas de Frío. El centro para maestros de primarios de Minas de Frío tenía alrededor de cinco mil alumnos, de todas las provincias de Cuba, y se daban cuatro asignaturas: matemáticas, español, biología e historia.

«En la etapa en que yo estuve en Imías, yo estudié muchísimo. Tenía suerte porque, además del farol que me dieron a mí como un maestro, yo llevé uno y pude estudiar por la noche. Cuando llegué a Varadero me di gusto, porque allá había muchos doctores en pedagogía.

«La crisis de los misiles ocurrió en ese momento y no nos movilizamos. Nos presentamos, pero Fidel dijo que la tarea de nosotros era formarnos como maestros». 

Una familia formada en la Sierra

En 1962, se crean las escuelas para maestros primarios Minas-Topes-Tarará con un plan de estudios de cinco años. Zeida y Ramón recibieron la responsabilidad en Minas del Frío de trabajar como subcoordinadores de Matemáticas y Biología, respectivamente. 

Con más de 100 aulas y 5 mil estudiantes, era necesario formas núcleos de 5 aulas. Cada núcleo contaba con un coordinador y subcoordinador que, además de su carga docente, debía visitar las aulas asignadas. Ese era solo uno de los pocos desafíos de su misión. 

R: «Yo le hice una cabaña en la Sierra que era una obra de arte. Hice un cuarto que las paredes eran de tabla de costanera. Para la mesa, busqué una hoja de ventana y encajé cuatro palos al piso, Zeida le ponía un mantel y un ramo de flores para que se viera bonito. Eso sí, me llegaba por el cuello la mesa. 

«La cama la hice de una litera, que piqué y le quedó un espacio en el medio. Eso nunca ha sido impedimento para los recién casados, menos cuando se querían como nosotros». 

Z: «Así tuvimos a Nori. A los tres meses de estar la niña en Minas de Frío se apareció mi mamá a buscarla. El problema es que había una situación higiénica muy difícil, una plaga de ratas y ratones en Minas de Frío. Yo le preparaba la cuna a la niña, con su mosquitero, y ellos pasaban por arriba. 

Zeida y su hija, cuando la pequeña visitaba a sus padres en la Escuela de Maestros Primarios de Minas del Frío. (Foto: Cortesía de los entrevistados)
Zeida y Ramón junto a su hija. (Foto: Cortesía de los entrevistados)

«Mi mamá y mi abuela se enteraron y cogieron un camión con cadenas en las gomas, porque para subir la loma tenía que ser así. Agarraron su muchachita, hicieron un bulto de la ropa, y salieron con ella.

«Después yo volví a salir embarazada de Ramoncito, joven uno al final. El compromiso con la Revolución era de seis años, en ese momento había pasado cuatro. Nos dijeron que ya habíamos cumplido y vinimos a Caibarién, donde ocupamos cargos de dirección». 

Siempre maestros

La pasión por el estudio los llevó a ambos a obtener sus títulos de educación superior, él en Química y ella en Ciencias Sociales. La mudanza de sus suegros hizo que mudaran su pequeña familia a Santa Clara. 

Z: «Cuando vinimos para acá a mí me asignaron como cuadro de dirección de educación en lo que hoy es la Facultad de Cultura Física, el Fajardo y ahí estuve cuatro años. El partido me pidió para pasar a la escuela “Carlos Baliño”, fui subdirectora y durante siete años su directora hasta que me jubilé a los cincuenta y cinco años». 

Las manos de los esposo y educadores siempre unidas, siempre cómplices.  (Foto: Carolina Vilches)

R: «Yo fui fundador del Centro de Bioactivos Químicos y director del laboratorio de producción. Como resultado de las investigaciones se obtuve el G-1, un fungicida bactericida que todavía se produce. Incluso, creo que lo estamos exportando a México. Siempre seguí enseñando, todo aquel que investiga necesita compartir el conocimiento. 

«El problema es que a mí en el noventa y tres me diagnosticaron una calcificación de la coronaria. Entonces me retiraron y ella se quedó cuidando de mí y de mi madre. Después que me jubilaron estuvimos aclarando dudas y repasando muchachos. Además, todo el que entre a la casa tiene garantizada una conferencia sobre botánica». 

¿Qué significó aquella etapa de la alfabetización?

Z: «Había una fuerza de voluntad increíble en la juventud. Cuando alguien “se rajaba”, como se decía vulgarmente, porque no aguantaba el frío, la lluvia o el aislamiento de la familia, los demás le caían atrás y lo abucheaban. Eso trajo como consecuencia, que había muy pocos que se iban porque ser “rajados” era una cosa muy muy grande. Los jóvenes en cada momento enfrentan las cosas de acuerdo con lo que les tocó vivir. Nosotros asumimos nuestro papel con mucha responsabilidad». 

R: «Nosotros teníamos viva la vida de antes de la revolución en la memoria. Desde el trabajo que pasaba la gente, miseria, hambre y la insalubridad; yo mismo perdí dos hermanos mayores que se pudieran haber salvado con un poco más recursos. Con eso íbamos al combate».

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