No hay momento bello ni triste ni difícil para la Patria, en que no asome, con su velo tutelar, el pensamiento martiano, que tuvo como eje certero la dicha de los hijos de Cuba, soñada también para todos los pueblos del mundo.
Desde siempre, Martí nos acompaña. Tan grande es la fuerza que nos lega, venida de su espíritu resuelto, de su verbo centelleante y de una vida marcada por la virtud, la acción y el sacrificio, que se torna, para los seres íntegros, el mayor ejemplo.
Está en nuestras esencias desde que somos pequeños, y al crecer, crece también él en los niños, que asimilaron tempranamente su intachable palabra. Nos llega desde su poesía y sus cuentos, para amarlo ya para siempre. Estudiarlo, conocerlo y adentrarnos en las profundidades de su abarcador intelecto se nos va haciendo necesario, a sabiendas de que en él está todo lo que precisamos saber, y que su voz imaginada o leída nos salva o consuela, y nos provee de una energía vigorosa. Es arma contra las bajezas; y alma para nutrir la nuestra. Llevarlo dentro nos enorgullece y nos define.
Marti y Fidel, por estos días
No fue casual que, hace apenas unos días, al acoger la sede del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (icap) a la Brigada Internacional de Solidaridad Cuba 2026 –que llegó a nuestro país para celebrar junto a los trabajadores de la Isla el 1ro. de Mayo–, la doctora Marlene Vázquez, directora del Centro de Estudios Martianos, ofreciera a los presentes la conferencia Plan contra Plan. Lecciones de Martí y Fidel para el antimperialismo del siglo xxi.
Mucho menos lo fue que la Brigada –presente en Cuba en momentos extremadamente difíciles para el país, que vive el recrudecimiento del más grande bloqueo económico, financiero y comercial de la historia del planeta, impuesto por el Gobierno de Estados Unidos, y al que se suma, además, el cerco energético que le propina a la pequeña Isla– respondiera con aplausos, frases de asentimiento e intervenciones para corresponder lo expresado por la oradora.
«Cuando veo la variedad de orígenes de las personas aquí reunidas me doy cuenta, una vez más, de la universalidad de esos dos grandes hombres, José Martí y Fidel Castro, que los cubanos tenemos el privilegio de poder llamar nuestros, pero que pertenecen a la humanidad», comentaba la especialista, y aseguraba que estos hombres conmueven a personas de diversas culturas, credos religiosos o políticos, y de diferentes maneras de ver el mundo, y eso era posible porque echaron su suerte con los pobres de la Tierra, es decir, con la justicia, con el amor, con la vocación de servicio.
Toda la razón le asiste a la doctora al referir los rumbos elegidos por ambos cubanos. José Martí y el Comandante en Jefe son figuras siempre convocantes, hombres faros cuyos ideales independentistas no hallaron vallas en los límites de su país, en tanto entendieron la Patria como toda la humanidad.
Por eso, cada vez son más los estudiosos que abordan, desde todas las latitudes del mundo, sus respectivas obras, condicionadas una por la otra, en tanto la Revolución Cubana liderada por Fidel es martiana en sus cimientos y en su práctica.
Cuanto hizo Martí fue para eso
Haber nacido en tierra oprimida por el yugo español y haber sido testigo, desde niño, de los horrores de que era capaz un gobierno colonial fueron las simientes que contribuyeron a que en la adultez el pensamiento martiano mostrara, junto a otros elementos también definitorios –tales como el independentismo, el antirracismo, el antianexionismo, y el latinoamericanismo–, sus posiciones antimperialistas.
Los presenció, y calaron tan hondo en él, que hizo juramentos inquebrantables que cumpliría a lo largo de su vida. Su existencia fue la prueba de llevar sobre los hombros esos sentimientos en favor de los desposeídos; y su escritura, tan paralela a su permanente accionar, el recinto en el que dejó expuestos sus análisis, sus alertas y cuestionamientos. Los plasmó en versos, en cartas y ensayos, en su refulgente oratoria y en su exquisito periodismo.
Consciente de que es en los primeros años de la vida cuando se forjan los rasgos esenciales del carácter, lo que percibió en su infancia, se lo hizo saber a los niños de América. «(…) lo que ha de hacer el poeta de ahora es aconsejar a los hombres que se quieran bien y pintar todo lo hermoso del mundo de manera que se vea en los versos (…) y castigar con la poesía, como con un látigo, a los que quieran quitar a los hombres su libertad, o roben con leyes pícaras el dinero de los pueblos (…). Los versos no se han de hacer para decir que se está contento o se está triste, sino para ser útil al mundo (…)».
Habiendo vivido en Estados Unidos por casi 15 años, Martí captó tempranamente los ambiciosos propósitos del emergente imperialismo norteamericano para con los países de la región, situados entre el Río Bravo y la Patagonia, y a los que denominaría –tal como lo refiere en su ensayo homónimo– Nuestra América.
La Conferencia Internacional Americana, convocada por el Gobierno estadounidense, y celebrada entre octubre de 1889 y abril de 1890, en Washington, fue escenario propicio para apreciar con más nitidez los objetivos expansionistas de Estados Unidos. En varios artículos publicados en diversos medios latinoamericanos, Martí plasmará sus observaciones, lanzará advertencias, e insistirá en la necesaria unidad de las naciones latinoamericanas para frustrar los nefastos propósitos de la nación del Norte.
Un Martí profundamente consternado tras vivir «aquel invierno de angustia en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos»; y que sufrió la agonía hasta que pudo «confirmar la cautela y el brío de nuestros pueblos», se irá al monte, y escribirá versos. Nacerán sus Versos Sencillos, en los que estarán numerosos pasajes de su vida, y también la resolución de que la Patria es sagrada, y a ella se debe todo hombre de bien. Ya después, todas sus fuerzas estarán en función de conseguir la independencia definitiva de la Isla.
En carta a Manuel Mercado, considerada su testamento político, y redactada apenas un día antes de caer combatiendo en los campos de su Patria, escribe aquellas conocidas líneas en las que se evidencia su determinante antimperialismo:
«(…) ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber (…) de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso (…)», asegura.
Martí, Fidel y sus centenarios
En el año del centenario de José Martí, el movimiento revolucionario encabezado por el joven Fidel Castro Ruz atacó los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo. Con esto, se pretendía tomar la segunda fortaleza militar del país, y llamar al pueblo a la insurrección para cambiar, definitivamente, el destino de la Isla, por décadas en manos de gobiernos proyanquis.
Como es sabido, la acción, aunque sin éxito militar, resultó un hecho significativo para el movimiento revolucionario, en tanto constituía un estímulo para la lucha. De la gesta, emergió La Historia me Absolverá, documento que recogió el alegato de Fidel en el juicio que se le efectuaría.
Fidel había leído con deleite y sumo interés a Martí. De él –aseguró muchas veces– le venía la ética. En la defensa esgrimida durante el juicio, Martí cobraría total relevancia:
«Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario, que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde, su pueblo es digno, su pueblo es fiel a su recuerdo (…)», expresa, a fin de explicar la convicción de los preceptos martianos en los jóvenes que habían ejecutado el acto. Un momento crucial en el juicio fue cuando proclamó que José Martí era el autor intelectual del asalto al cuartel Moncada.
Con el triunfo de 1959, la Revolución, martiana por natural esencia, vino a cumplir las obsesiones del Apóstol de la Independencia de Cuba. Repasar, uno a uno, los días en Revolución, los males barridos, los obstáculos derribados, las conquistas, los sueños realizados, las transformaciones sociales, los disímiles emprendimientos por robustecer la espiritualidad de un pueblo…, desplegados en 67 años de cruciales batallas, son llamados martianos a los que la Cuba fidelista no renuncia.
En tiempos de inmensos agravios, y en el año del Centenario del mejor discípulo de Martí, la Patria ganada de pie acata sus lecciones y sus viriles ejemplos. (Madeleine Sautié)