¿El remedio o la enfermedad?

La disponibilidad de medicamentos constituye una de las necesidades más acuciantes para el pueblo cubano. Mientras se valoran proyectos para la gestión privada de farmacias comunitarias, urge pensar también en recuperar nuestra industria nacional, con fármacos seguros y accesibles para todos los pacientes.

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Vanguardia - Villa Clara - Cuba
(Ilustración: Martirena)
Mónica Sardiña Molina
Mónica Sardiña Molina
@monicasm97
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15 Septiembre 2026

Entre tantos dramas que se nos acumulan a los cubanos en el ejercicio diario de (sobre)vivir, la salud ocupa uno de los espacios más sensibles. Como si no bastaran la incertidumbre y el temor que provoca estar —o tener un familiar— enfermo, a muchas personas se les suma la desesperación por conseguir medicamentos e insumos que, aunque en muchos casos son solo de uso hospitalario, no están disponibles en estas instituciones.

Los médicos se ven abrumados por la frustración y la vergüenza, al reconocer frente al paciente o su acompañante que no tienen a mano el medio diagnóstico ni el tratamiento necesario para preservarle la vida y devolverlo pronto a casa.

Entonces se desata una búsqueda afanosa que termina con el gesto noble de un conocido —o no— dispuesto a compartir, la ayuda de un ser querido que vive fuera del país y jamás habla de las facturas ni los sacrificios para costearlas, la ponina familiar para reunir hasta decenas de miles de pesos antes de sumergirse en el mercado negro, y, en el más triste de los casos, la resignación de quienes solo pueden esperar una intervención divina donde debería bastar la ciencia.

El bloqueo económico, comercial y financiero que mantiene el Gobierno de Estados Unidos contra nuestro país es un grillete sobre el sistema de salud cubano y sobre la esperanza de todos los que han sufrido directamente las laceraciones derivadas de carencias y esperas impuestas por voluntad imperial.

Según datos del informe sobre los daños que ha ocasionado esta política entre el 1.° de marzo de 2025 y el 28 de febrero de 2026, presentado días atrás por el canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla, en el sector de la Salud los perjuicios económicos ascienden a 367 303 500 dólares; la lista de espera quirúrgica acumula 100 000 pacientes, de los cuales 12 000 son niños; la mortalidad infantil pasó de 4 por cada 1000 nacidos vivos en 2018 a 9.9 en 2025; el número de personas que fallecen por cáncer ha aumentado a más de 70 por día; la supervivencia de niños y jóvenes que padecen esta enfermedad cayó del 85 al 65 %, y de los 395 fármacos que podría producir Cuba dentro de su cuadro básico, 300 están en falta por dificultades para acceder a materias primas e insumos farmacéuticos... Los testimonios son siempre más punzantes que las estadísticas.

Como una alternativa para adquirir productos básicos deficitarios, debido al recrudecimiento del bloqueo y los impactos de la pandemia de la COVID-19, desde el año 2021, el Gobierno cubano otorgó y ha renovado los beneficios arancelarios a la importación de alimentos, aseo, medicamentos e insumos médicos, por personas naturales y sin carácter comercial.

Ciertamente, la decisión alivió gran parte de la demanda, que no podría satisfacerse de otra manera. Sin embargo, también abrió las puertas a la comercialización y la especulación, incluso con medicamentos adulterados, que han puesto en riesgo el bienestar de no pocas personas.

Por otra parte, numerosos pacientes con patologías que demandan fármacos e insumos específicos, cuya importación está sujeta a mayor control, dentro y fuera del territorio nacional, siguen esperando o se ven obligados a comprar en una red clan destina lo que solo debería expedirse en farmacias e instituciones de Salud.

Con la ampliación de la participación de las formas de gestión no estatal en la economía cubana —como parte de las transformaciones económicas y sociales que se implementan actualmente—, la posible apertura de farmacias privadas generó gran atención y debate ciudadano.

De hecho, recientemente, autoridades del Ministerio de Salud Pública (Minsap) informaron sobre la evaluación de 36 proyectos para la administración de farmacias comunitarias por actores no estatales. Tres se encuentran en proceso de constitución, otras 14 cuentan con el aval para continuar los trámites, y hasta la fecha ninguna ha comenzado a prestar servicios públicos.

Según reseñó el periódico Granma, Cristina Lara Bastanzuri, directora nacional de Medicamentos y Tecnologías Médicas del Minsap, explicó que no está previsto el arrendamiento de los locales que hoy ocupan las farmacias estatales. Los nuevos establecimientos deberán cumplir los requisitos para el almacenamiento y expendio de medicamentos y disponer de personal profesional encarga do y responsable de la actividad técnica. No podrán comercializar fármacos de uso hospitalario, clasificados como drogas ni incluidos en otros listados nacionales sujetos a restricciones, y todo producto deberá estar registrado por la autoridad reguladora cubana.

Resulta ventajoso reconocer una actividad que en la práctica se desarrolla desde que se decretó por primera vez la exención arancelaria excepcional, establecer los deberes y derechos correspondientes a quienes la ejercen, y garantizar mayor con trol sobre la procedencia y calidad de lo que se vendería.

Pero, si durante las últimas décadas hemos destinado tantos recursos a la industria farmacéutica y bio tecnológica, contamos con profesionales y científicos de altísima preparación y una infraestructura sólida, y hemos lanzado productos de probada eficacia tanto en Cuba como en el mundo, los mayores esfuerzos deberían concentrarse en atraer inversiones hacia este sector, modernizar la industria nacional, garantizar la motivación y estabilidad de su fuerza laboral, y darle vida a esa red de farmacias estatales que tanta nostalgia despierta en quienes alguna vez vieron sus vitrinas llenas.

Sería más sostenible y socialmente justo apostar por la importación de materias primas para recuperar producciones paralizadas durante años, y aunque los subsidios vayan focaliza dos hacia las personas en situación de vulnerabilidad, todos los necesitados agradecerán la seguridad y accesibilidad que ofrecen nuestros laboratorios; no para llenar la caja de zapatos convertida en botiquín ni incitar la disposición cubanísima a prescribir sin nociones de Medicina, sino para evitar que la búsqueda del remedio se convierta en otra enfermedad.

No es esto lo único que necesita Salud Pública para recuperar el brío que alcanzó en otros momentos, pero constituye un buen punto de partida si aspiramos a reimpulsar el sector como potencia.

Y podríamos realizar análisis similares con la agricultura, la industria, el transporte, el comercio y otras actividades: más producciones nacionales y menos importación de productos terminados, más fuentes de empleo y mejores salarios, más ofertas a precios racionales, más in novación y exportaciones competitivas en los mercados internacionales; más nación y menos feudo.

El cerco persiste, como un muro que intenta aplastar y asfixiar, y su cese no depende de nuestra voluntad ni de los pueblos del mundo que se han unido a Cuba en esta lucha histórica. Pero si somos capaces de desbloquearnos desde dentro y abrir una grieta, un resquicio por el que colar nuestra tenacidad, la mayor compensación será el alivio de quienes hoy sufren.

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