Quienes hablan de héroes reconocen el valor, la entrega y el deseo homérico de lograr lo imposible. Revertir el destino carece de sabermetría o conciencia. Solo los que se atreven a enfrentar sus desafíos, tienen permiso para cambiar el curso de los acontecimientos.
Hace meses, nadie podía imaginar la magnitud de esta epopeya. Sufríamos por amor. Las cosas, como suele decirse en buen cubano, no salían. Derrota tras derrota, la manada, joven aún, sucumbía a la desdicha del descenso al puesto 15. Tiempos difíciles, metas que dibujaban la cara oscura de la temporada 64 del béisbol cubano.
Más descalabros, menos victorias, y un cúmulo de juegos suspensos. El escenario ya no era gris, los matices pintaban de negro la brecha para clasificar. A mitad de torneo, la estadística refutaba aquel primer comentario. La posibilidad de quedarnos otro año a esperas de la puerta grande emergió con fuerza.
«Son muy jóvenes, aún no están listos o les falta garra», aportaban emociones a la escena. Sin embargo, como en el ajedrez, el rey no cae hasta que dicten el jaque mate.
Entonces llegaron nuestros refuerzos, los hijos pródigos del picheo y la defensa. Mailón se vistió de Ohtani y la ofensiva despertó. Lanzar era cosa de estar enfocados. Batear, fue cuestión de ajustar los tiempos. Ganados y perdidos disminuían diferencias. El túnel ya no enfocaba tantos destellos oscuros. La maquinaria engrasaba sus movimientos.
Poco a poco, el silencio se transformaba en esperanza. Ya la opinión de los parques era palpable. Las cuentas más analíticas. Estadísticas y comentarios corrían hacia un mismo sentido. La hazaña era titánica, no imposible. Cuarenta victorias conformaban la meta a conseguir. Competían solo por ellos, no para ofrendar ni demostrar de qué estirpe provienen.
¿Acaso los leopardos que tanto idolatramos no fueron una vez tan jóvenes como los nuestros?
Inning a inning. Un juego a la vez. El margen de error era mínimo. Pinar quería agendar boleto, pero dependían de un diamante naranja y negro. Llegó la última derrota y con él la cuerda floja. Ahora sí cada out era igual a la frase "todo o nada".
«Tenemos que ganar, partido a partido, los muchachos tienen enfoque y ganas», fueron frases de aficionados y técnico. La duda estaba, sí, mas la llama de los que sueñan aviva la razón y el encanto de llevar la contraria.
En ustedes se vio un equipo en la absoluta virtud de la palabra. Verlos darse ánimos, pedir la bola, y desdibujarse en su rol, devolvió al aficionado la pasión, que dormía hace unos años. Ya no importaba el lugar en la tabla de posiciones, demostraron que en Villa Clara existe garra, talento y amor a la camiseta.
Luchar por el pase a los cuartos de final de la postemporada nos hizo renacer. Las redes, virtuosas en críticas y opiniones tergiversadas por la situación decadente de la Serie Nacional, giraban alrededor de remontadas e historia. Cada post daba un vestigio de una nación naranja, figurada en familia y apoyo.
¡Clasificamos! con la certeza de ir paso a paso, de crecer juntos, de jugar en colectivo, defendiendo, únicamente, los colores de una provincia que respira béisbol. Santa Clara vuelve a brillar en su título de Ciudad Naranja.
Villa Clara sonríe, festeja y goza. Fueron días de agobio, estrés y ansiedad. Jornadas de gloria con lágrimas, nudos de garganta e incertidumbre. Son jóvenes sí, pero cargan consigo una historia que pesa, forja y aúpa. Hoy se sueña color naranja, porque, amén de lo que se avecina, ya lograron la hazaña.