La Revolución ya era un hecho. Había transitado del sueño de los aferrados a la realidad de los comunes, de los miles de rostros. Se respiraba la certeza de un comienzo y, sobre una pequeña isla, el verdor recuperó la imponencia. Se cortaba la cinta para inaugurar tiempos de esperanza. Los poblados, ciudades, y hasta rincones desconocidos celebraron el triunfo con días de júbilo.
Las imágenes cobran vida y nos arrojan allí, en las calles que todavía recuerdan aquel primer beso a la libertad. El pavimento acogió las ruedas de los carros rebeldes, y una memorable caravana llegó con el poder de ultrapasar décadas y hacerse eterna. No pudo escoger la victoria un símbolo más poderoso: el pueblo abrazó a los protagonistas de la gesta y, desde ese momento, se supo tan libre como la estrella blanca que un siglo atrás adornó su enseña.
Santa Clara vestía los nuevos colores que le habían impregnado El Che y los suyos. El 6 de enero de 1959, recibió espléndida el cortejo verde olivo, luego de que este atravesara distintos territorios de la otrora provincia de Las Villas. Un histórico encuentro se produjo entonces. Irrumpió Fidel en la muchedumbre. Ahora lo apreciaban en carne y hueso, con la tranquilidad de parpadear sin descubrirse en ilusiones. Junto a él, otros cuerpos con melena desfilaban por los adoquines aledaños al Parque Vidal. No fue un simple Día de Reyes, no solo los niños se regocijaron ante el regalo. La sonrisa se extendió a generaciones que atestiguaron la magia de la transformación.
Escritos y fotos de la época conservan para la eternidad el paso del líder por la urbe. Aun en blanco y negro, las postales transmiten emoción. El majestuoso edificio del entonces Gobierno Provincial (hoy Biblioteca Martí) concentró a la multitud frente a sus formidables columnas. Las banderas caían desde los balcones, y un grupo de personas observaban en las ventanas. A unos metros de altura, Fidel le habló al pueblo.
Según se registra, el legendario discurso invitaba a un diálogo con las masas populares. El Comandante advertía un estilo nuevo, donde la voz ciudadana tomaba las riendas. En Santa Clara se ratificaba, una vez más, el apoyo al proyecto revolucionario. Las palabras de Fidel se dirigieron a temáticas como la historia, la juventud o la heroicidad de los villareños. Resonaron expresiones acerca de la fuerza colectiva que arrebató al enemigo hasta el último fusil, pues el nombre de Cuba se alzaba ante el mundo con una dulce y batallada conquista.
En la urbe pilonga, Fidel se refirió al debido uso de las armas en defensa de la soberanía. Quedaban en el pasado la represión y el pánico, la pólvora temible y el sicario intimidante. La célebre alocución avizoraba que, si hiciera falta, el pueblo también pelearía con la artillería refugiada en los cuarteles. La ciudad liberada por el Che propició, además, un intercambio con la prensa, donde el artífice de la Revolución introdujo las líneas o programas más inmediatos del naciente gobierno.
La evidencia de una tierra curada y fortalecida, la promesa de un futuro de alegrías , la confianza en un ejército rebelde de barbudos…Todo arribó junto, en una misma caravana, aquel sexto día de enero. Pasan las hojas del calendario y, nuevamente, se acerca la jornada. Corresponde salir otra vez a las plazas y avenidas, a apreciar la amalgama colorida de pañoletas y carteles. Escucharemos, con el ruido de los vehículos, el canto de la patria y, encima de enormes camiones verdes, renace la victoria, plasmada en las caras de los jóvenes que reviven el recorrido de más de mil kilómetros. Con otros desafíos y ambiciones, la ruta de la libertad vuelve a hacer escala en Santa Clara.