Poner calificativos al recién terminado año 2025, resulta tan arriesgado como nombrar las expectativas para el 2026. Irremediablemente, la realidad salta por encima de cualquier pronóstico, tal como lo hace la resiliencia de este pueblo ante crisis de todo tipo, y también nos quedaríamos cortos si buscamos adjetivos para esa valentía colectiva.
«Con cierre del tercer trimestre el PIB decrece en más de un 4 %, la inflación se dispara, la economía está parcialmente paralizada, la generación térmica es crítica, los precios se mantienen altos, se incumplen las entregas de los alimentos normados, y las producciones agropecuarias y de la industria alimentaria no satisfacen las necesidades de la población. A todo ello hay que agregar las costosas pérdidas provocadas por el devastador paso del huracán Melissa». Así resumió el panorama nacional el primer secretario del Comité Central del Partido y presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, durante la clausura del XI Pleno del Comité Central.
En el propio espacio, el mandatario habló sobre la «inconformidad generalizada por todo lo que funciona mal o no funciona», la «crítica al exceso de reuniones que “no resuelven nada”», y la «creciente desigualdad entre pequeños grupos poblacionales que parecen tener todos los problemas resueltos (…) mientras la mayoría no logra solventar totalmente algunas necesidades básicas».
A escala global, continúa impune el genocidio en Gaza, los gobiernos de derecha ocupan nuevas posiciones en el mapa político, se fortalece la versión más renovada del fascismo, la escalada de tensiones llegó hasta el mar Caribe, donde la garra imperial permanece lista para desollar a Venezuela, y el bloqueo contra Cuba sigue inamovible, con tendencia al recrudecimiento.
¡Sobrevivimos! Pero tenemos por delante otros doce meses a los que miramos con ganas de estar un poco mejor que vivos.
Como hoja de ruta para la solución de los problemas que más laceran el bienestar de los cubanos, se alza el Programa de Gobierno para corregir distorsiones y reimpulsar la economía, cuya discusión popular, aunque tardía, dará voz a quienes se paran a diario frente a la brecha entre el informe y la realidad, en hogares, comunidades, centros de estudio y de trabajo. A ese pueblo hay que mostrar resultados palpables y duraderos en el menor tiempo posible.
«Corregir distorsiones y reimpulsar la economía no es un eslogan, es una batalla concreta por la estabilidad de la vida cotidiana, porque el salario alcance, porque no falte el alimento en la mesa, porque se acaben los apagones, porque se reanime el transporte, porque la escuela, el hospital y los servicios básicos funcionen con la calidad que merecemos», fue otra de las valoraciones realizadas por el presidente cubano.
Tanto en el Pleno como en el Parlamento, el debate abrazó el llamado común a convertir el programa en plan, con acciones concretas, responsables y plazos para darles cumplimiento, y una rendición de cuentas transparente sobre lo que no se implementa y por qué. Un plan que combine rigor económico y justicia social, que centre la mirada en las personas más vulnerables ante el impacto de las medidas, y que no dé cabida a los que lucran con las necesidades e insuficiencias.
La batalla es dura, en muchísimos frentes y bajo condiciones impredecibles, pero no hay espacio para la inacción, la indolencia ni la importación acrítica de recetas ajenas.
El centenario de Fidel refuerza todos los compromisos, no solo con el legado del líder de la Revolución cubana, sino también con las generaciones que lo acompañaron en la construcción de un destino diferente, y con quienes aspiran hoy a una continuidad que se corresponda con lo soñado, lo logrado y lo que falta por conquistar, en un momento histórico distinto.