Haydée Santamaría: la obligación de su legado
Por demoler fronteras. Por tu aliento al hombre y su memoria. Por tus años de vida permanente, aquí está nuestra mano, la tuya, desde entonces y hasta siempre.
Palabras de Silvio Rodríguez a Haydée, 1967.
Haydée Santamaría Cuadrado es hija predilecta de su Encrucijada natal, y allí, en la casita del central Constancia, tiene un lugar privilegiado entre los lugareños. También es hija y, a la vez, madre fundacional de Casa de las Américas, su Casa, la Casa de todos. Y para los precursores de la Nueva Trova, resultaba su santa protectora, la figura idolatrada que sacó a no pocos del ostracismo, y a otros los hizo más revolucionarios, cubanos y fidelistas.
Todo eso, y más, es Yeyé: la Heroína del Moncada, la hermana de Abel, la hija de Benigno y Joaquina, de sangre española, quien vino al mundo el 30 de diciembre de 1922, hace exactamente 100 años.
Haydée se despidió de la vida de manera trágica el 28 de julio de 1980, cuando las fuerzas le flaquearon y el recuerdo de sus muertos le impidió continuar físicamente entre nosotros; sin embargo, su espíritu permanece y seguirá viviendo en el ejemplo que su legado y memoria inspiran.
Constancia, el origen de una vocación
Las calles polvorientas del batey del antiguo central Constancia la recuerdan, tanto de joven como cuando ya era una figura revolucionaria reconocida. Nunca abandonó su amor por el terruño natal, y cada vez que podía regresaba a él para disfrutar del cariño de su madre, quien se negaba a abandonar la casita de todos. Haydée volvía, siempre, para rememorar a su idolatrado Abel, su hermano del alma, a quien quiso como a nadie y le sirvió de fuente de inspiración para desarrollar su labor revolucionaria.
De esos años de juventud dejó Yeyé evocaciones y recuerdos, no tanto suyos, pues prefería hablar, antes que de sí misma, de Abel, el segundo de Fidel, el alma del Movimiento, el ser que le mostró el camino de la Revolución:
«Éramos de un origen que yo no he podido definir. Abel comenzó a descubrir cómo se robaba, cómo un campesino que tenía un pequeño pedacito de tierra se llenaba de deudas con el latifundista hasta ya no poder pagarlas.
«Después, conoció a Jesús Menéndez. Las luchas de Jesús en el central Constancia fueron grandes, y para Abel y para mí fue descubrir algo nuevo. Y recuerdo una vez que Jesús le dijo: “Las luchas tienen que comenzar por donde haya fuerza, y la fuerza está en los trabajadores dentro del central, porque los campesinos están dispersos. Eso será una lucha del futuro”. Abel era muy joven y no estaba muy convencido, pero sentía un gran respeto por Jesús Menéndez, tanto, que cuando lo asesinaron, él se brindó para vengar su muerte.
«Abel se hizo mayor y empezó con sus lecturas y sus transformaciones. Yo tenía mucho menos desarrollo político que él. Y le preguntaba: “¿Por qué tú militas en el Partido Ortodoxo?”. Me decía que allí tenía más libertad. Pero pertenecía a una rama radical de ese Partido donde había grandes contradicciones. Le interesaba estar en un partido donde predominara la juventud. (…) Después fue cuando Abel comenzó a estudiar el marxismo».
De la impronta dejada por la pequeña localidad encrucijadense, donde nació y creció; de su gente, de la familiaridad al tratarse, de compartir lo poco y lo mucho, de no sentirse nunca solos, son sus propias palabras: «Por temperamento me cuelo en la casa de cualquiera. Me encanta eso. Es que soy del interior, de un central azucarero, ustedes saben cómo es la gente de un central, que se levanta por la mañana y a todos les pregunta cómo amanecieron, qué comieron, cómo están… En un central te dicen lo que van a cocinar y si tienen un poquito de esto o de lo otro. Cuando visito un pequeño pueblo siento ansias de vivir en él, de pertenecer a un poder local, porque todas las caras se conocen».
De esa Yeyé cariñosa y servicial, amante de la naturaleza, de las palmas, de la familia, evocaba su sobrina Niurka Martín Santamaría: «Mi tía era de una bondad tremenda, cuando tú estabas con ella te sentías protegida. Te daba consejos, te contaba historias, pero también te cambiaba la vida en unos minutos. Era mi tía, aunque yo supiera todo lo demás de su trayectoria. Cuando tuve mucha ira por cosas que me pasaron, estar con ella era como la paz, presentarle un problema a ella era saber que se iba a resolver. Eso era así con toda la familia».
Inspirada en el ejemplo de Abel y por su propia rebeldía natural, Haydée forjó su carácter y convicciones; y al dejar su natal Constancia, para marchar con 28 años a La Habana, ya estaban en ella los gérmenes de la luchadora radical que la llevaron a ser, junto a Melba Hernández Rodríguez del Rey, una de las dos únicas mujeres participantes en los hechos de aquella madrugada gloriosa del 26 de julio de 1953.
Fidel, Abel, el Moncada, la clandestinidad y el exilio
En el apartamento de 25 y O, en el Vedado, La Habana, convertido luego en cuartel general de los futuros asaltantes del Moncada, Haydée conoció a Fidel. Y ella, quien consideraba a su hermano como la persona más brillante y capaz del mundo, lo rechazó al inicio, porque Abel le había dicho que era más grande e inteligente que él. Le tomó tiempo asimilarlo, hasta comprender cuánta razón tenía.
Sin embargo, cuando Yeyé se reconoció convencida de semejante certeza, fue una de las más fervientes e incondicionales admiradoras del líder del Movimiento. Del libro Haydée, hace falta tu voz, es este relato:
«Una de sus características más destacables fue su fidelidad extrema a Fidel. En carta desde la cárcel de Guanajay a sus padres, Haydée escribía: “Mamá, Abel no nos faltará jamás. Mamá, piensa que Cuba existe y Fidel está vivo para hacer la Cuba que Abel quería. Mamá, piensa que Fidel también te quiere, y que para Abel, Cuba y Fidel eran la misma cosa, y Fidel te necesita mucho”».
Fue al Moncada, al hospital Saturnino Lora, como enfermera, subordinada a Abel. Allí perdió al hermano y a su novio, Boris Luis Santa Coloma, también asesinado por los esbirros de Batista. Su respuesta cuando le mostraron el ojo ensangrentado de Abel, la inmortaliza en la historia de Cuba. También su actitud, mientras aquellas bestias le informaron que habían matado al entrañable hermano y a su novio. Siempre supo que no habían muerto, porque «morir por la patria es vivir», tal y como les respondió a aquellas hienas vestidas con uniforme.
Fidel, en su alegato de autodefensa, La historia me absolverá, afirmó, con justeza, que nunca se puso en un lugar tan alto de heroísmo y dignidad el nombre de la mujer cubana.
En una evocación del inolvidable y desgarrador 26 de julio de 1953, dijo la propia Haydée en un documental filmado por el Icaic, en 1978: «Lo que pensábamos esa noche que estábamos allí hasta que salimos: pensaba que no iba a ver a una sobrinita mía que quería mucho, era muy linda, y yo decía, ¿cómo será cuando tenga 15 años? ¿La veré? (…)
«Empecé a recordar a mi mamá cuando era más joven, a mis otros tres hermanos que quedaban, sobre todo, a los dos mayores, que éramos muy unidos los cuatro, y sabía cuánto esos dos querían a Abel, y a mí también. Porque había otra más pequeña, pero era mucho más pequeña. Y pensaba qué triste iba a ser la vida de ellos sin nosotros. (...) Claro, pensaba en Abel, pensaba que no era posible que Abel dejara de respirar y de mirar, dejara de pensar».
Vivió traumatizada por lo visto y sufrido en las mazmorras del cuartel. Afirmaba el poeta Cintio Vitier: «Haydée se fue acercando a la muerte que le restaba por morir desde que sonó el penúltimo disparo del Moncada». No obstante, su contribución a la ulterior lucha insurreccional resultó en extremo valiosa.
En la clandestinidad conoció y se enamoró de Armando Hart Dávalos, con quien tendría luego a sus dos hijos: Celia y Abel. Junto a él corrió los peligros propios de los revolucionarios en una ciudad como Santiago de Cuba.
Una anécdota sobre su valor la retrata de cuerpo entero. Sucedió al caer preso Hart y conocer ella que su vida peligraba: «Llamé a Chaviano —se refiere al coronel Alberto del Río Chaviano, el asesino del Moncada— y le dije: “Usted una vez acabó con lo que era mi vida y, en aquella ocasión, consideré que usted era un monstruo construido por la sociedad. Si usted acaba con Armando, si usted acaba con mi vida otra vez, lo voy a matar, porque lo mismo que no me he dedicado a perseguirlo y matarlo, y me he dedicado a luchar por una nueva sociedad, me dedicaré a perseguirlo”».
Por órdenes de Fidel marchó al exilio, como delegada especial de la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio. Allí, bajo el seudónimo de María, realizó una labor encomiable en el envío de armas, dinero y hombres para apoyar la lucha en la Sierra Maestra.
Gerardo Pérez-Puelles, uno de sus colaboradores durante aquellos meses de 1958, contó sus vivencias con Haydée: «Para ella, el exilio fue una etapa diferente, no tan peligrosa, pero sí más compleja, porque requería entrevistarse con compañeros, discutir problemas financieros, manejar grandes sumas de dinero, cosa que ella no había practicado. Lo hizo con eficiencia, demostró una inteligencia natural formidable. (...) Hizo recaudaciones enormes. Estaba viviendo en Miami, donde muchos compañeros iban y le planteaban situaciones, y ella, a pesar del cúmulo de trabajo que tenía, los atendía y trataba de resolverles los problemas. Era de un carácter muy humano».
La casa de Haydée, la de todos
Haydée Santamaría regresó a Cuba el 2 de enero de 1959 y, de inmediato, se sumó a la vorágine de la Revolución. Designada para dirigir lo que luego sería Casa de las Américas, asumió la tarea con responsabilidad, pero sin saber a ciencia cierta el porqué de su nombramiento. Sin embargo, era consciente de su deber de convertirla en un sitial de la cultura latinoamericana, un puntal para defendernos del aislamiento que ya se vislumbraba contra Cuba y su Revolución.
«Yo no entendía bien por qué tenía que ir yo allí. Yo no estaba entre las personas llamadas del arte y la literatura, ni siquiera tenía cultura. Había tenido poco tiempo para estudiar, mucho para leer, porque esa siempre ha sido una de mis actividades constantes: leía a Martí, a Mella, a Villena y todo lo que me caía en las manos, sin una recomendación de nadie. (...)
«Y empiezo a pensar: cuando nos aíslen en nuestro continente, era importante no aislarse de la cultura latinoamericana porque sería muy triste. No podía aceptar que, por el aislamiento que íbamos a padecer, y que ya Fidel avizoraba, nuestro pueblo no supiera cuáles eran nuestros antepasados indígenas, quiénes eran los escritores y artistas..., que pudieran nuestros trabajadores conocer nuestras raíces. (...) Y rompimos el bloqueo, aunque solo fuera en el orden cultural».
Para Roberto Fernández Retamar, quien llegó a Casa de las Américas en 1965 y fuera luego su director hasta su fallecimiento, trabajar con Haydée Santamaría fue uno de los grandes privilegios de su vida, y así lo hizo saber en innumerables ocasiones: «Ella mezclaba un humanismo extraordinario con el rigor y la profunda vocación revolucionaria, por eso no solo marcó a la Casa, sino a cada uno de nosotros».
Silvio Rodríguez, que fue acogido por Yeyé como un hijo, ha dicho en más de una ocasión: «La Casa es la obra de Haydée y de muchos que estuvieron a su lado, no solo cubanos. (…) Es probable que después hayan existido otras instituciones que hayan emulado en importancia, pero la Casa fue clave en el momento de definición latinoamericana en que surgió y lo que logró hacer en cuanto a unificar, detectar montones de talentos escondidos en nuestros países, a hacer justicia con muchos que estaban discriminados o perseguidos. Todo eso ha sido una contribución a la unidad latinoamericana».
Haydée se despidió del mundo en julio de 1980 —meses después de la muerte de su amiga Celia Sánchez, en enero de ese mismo año—, incapaz de continuar con el dolor que arrastraba desde el 26 de julio de 1953. Tenía 56 años.
Como confesó en una carta redactada en 1968, a raíz de la muerte del Che y escrita para él: «Hace catorce años vi morir a los seres humanos más intensamente amados, creo que ya he vivido demasiado. El sol no es tan hermoso, no siento placer al ver las palmeras. A veces, como ahora, a pesar de disfrutar tanto la vida, sabiendo que vale la pena abrir los ojos todas las mañanas solo por esas dos cosas, tengo el deseo de mantenerme con ellos cerrados, como tú».
La poetisa Fina García Marruz, en hermosos versos, escribió a raíz de su muerte: Pónganle a la suicida una hoja en la sien / una siempreviva en el hueco del cuello. / Cúbranla con flores, como a Ofelia. / Los que la amaron, se han quedado huérfanos / cúbranla con la ternura de las lágrimas. / Vuélvanse rocío que refresque su duelo. / Y si la piedad de las flores no bastase / díganle al oído que todo ha sido un sueño, / ríndanle honores como a una valiente / que perdió solo su última batalla. / No se quede en su hora inconsolable. / Sus hechos, no vayan al olvido de la hierba. / Que sean recogidos uno a uno, /aAllí donde la luz no olvida a sus guerreros.
Hace 100 años nació Haydée Santamaría, Yeyé, la Heroína del Moncada, la fundadora de Casa de las Américas. Esa mujer símbolo. Recordarla es un deber. Seguir su legado y su obra, una obligación.
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