Trabajar para vivir

El paso de la vida estudiantil a la profesional es un momento clave para los universitarios, ya que cierra una etapa de esfuerzo académico y abre una nueva.

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Vanguardia - Villa Clara - Cuba
(Foto: Tomada de Internet)
María Karla Varela Azniella y Alba Thalía Valle Gómez
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05 Junio 2026

La transición de la vida estudiantil a la profesional constituye un momento crucial en la vida de los universitarios. Este proceso representa la culminación de años de esfuerzo académico y también el inicio de una nueva etapa llena de oportunidades y desafíos. Sin embargo, en pleno siglo XXI, los jóvenes continúan enfrentándose a un dilema laboral crucial: vocación vs. supervivencia.

El paso de la juventud a la adultez está marcado por una decisión que, en muchos casos, define el rumbo de toda una vida: el inicio de la actividad laboral. Para muchos jóvenes, comenzar a trabajar no solo implica obtener ingresos, sino también conquistar una anhelada independencia. La posibilidad de abandonar el hogar familiar, gestionar su propio dinero y tomar decisiones autónomas representa un hito emocional y social profundamente significativo.

No obstante, este deseo suele enfrentarse rápidamente con una realidad menos idealizada. Las expectativas construidas durante años de formación chocan con un mercado laboral cada vez más exigente, inestable y, en muchos casos, poco alineado con las aspiraciones personales. La necesidad de generar ingresos para cubrir gastos básicos —vivienda, transporte, alimentación— obliga a muchos a priorizar lo monetario sobre la realización profesional.

Así, la independencia soñada se transforma en un equilibrio frágil entre lo que se quiere ser y lo que se puede hacer. Este conflicto, cada vez más extendido, no solo redefine el concepto de trabajo en las nuevas generaciones, sino que también invita a reflexionar sobre el modelo laboral actual y sus consecuencias en el bienestar individual y colectivo.

La brecha entre el gusto y la realidad

El acceso al empleo juvenil atraviesa una crisis global. Tal como advierte la Organización Internacional del Trabajo (OIT), los jóvenes no solo enfrentan mayores tasas de desempleo, sino también condiciones laborales más precarias y menos estables que otros grupos de edad. Así, más de 81 millones se encuentran desempleados en el mundo, mientras que millones más están atrapados en situaciones de subempleo o informalidad.

Uno de los principales desafíos es la desconexión entre educación y empleo. A pesar del aumento en el acceso a la educación superior, la inserción laboral sigue siendo limitada. Muchos, incluso con títulos universitarios, se ven obligados a aceptar trabajos fuera de su área de especialización debido a la falta de opciones. A esta situación se suma la precariedad laboral. Contratos temporales, salarios bajos y escasas oportunidades de crecimiento son características comunes en los primeros empleos. Las políticas laborales, en muchos países, no incentivan la contratación juvenil ni garantizan condiciones dignas, lo que agrava la vulnerabilidad de este grupo.

Cuba no es la excepción

Según Raimé López Santana, una recién graduada de Comunicación Social en la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, la situación laboral resulta bastante incómoda. «Los adiestrados somos los que más tareas recibimos, y en la mayoría de las ocasiones ni siquiera podemos aportar nuestros conocimientos o dar una idea novedosa, pues se nos exige seguir la línea ya establecida. Básicamente nos cortan la creatividad y, de paso, las ganas de darlo todo, pues nada es retribuido», agrega segura.

Igualmente, Carlos Rafael Martínez Mauri, ingeniero civil hace cuatro años, confiesa que hace poco tuvo que dejar de lado su pasión por los proyectos constructivos ante la necesidad de más ingresos. Actualmente trabaja de dependiente en un bar, pues necesitaba pagar alquiler y comida, y con su salario era prácticamente imposible llegar a fin de mes.

Y si bien resulta poco creíble para algunos, sobre todo para las generaciones más antiguas, desde la psicología, expertos advierten sobre las consecuencias emocionales de esta realidad. Meibis Martínez Moya, licenciada de esta rama en la provincia, argumenta que la exposición prolongada a trabajos no satisfactorios puede derivar en estrés crónico, ansiedad, insomnio y falta de propósito. De esta forma resulta cada vez más frecuente la confesión de chicos sobre desmotivación y desgaste emocional, producto de desempeñarse en empleos que no les generan ningún tipo de realización personal.

Sin lugar a dudas, el escenario actual plantea preguntas incómodas pero necesarias: ¿se ha convertido el trabajo en una mera herramienta de subsistencia, dejando de lado su dimensión como espacio de desarrollo personal? Y lo más importante: ¿existe alguna forma de revertir, o, al menos, mejorar la situación?

Reimaginar el futuro laboral

Enfrentar el panorama requiere un primer paso: un análisis riguroso de las estructuras que rigen el acceso al empleo juvenil. No se trata únicamente de generar más puestos de trabajo, sino de crear oportunidades que respondan a las aspiraciones, habilidades y valores de las nuevas generaciones, pero, sobre todo, al siglo en que vivimos.

Luis Alfonso de Alba, ex vicepresidente del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas, subrayó en el primer Foro Internacional de la Juventud que crear un futuro sostenible implica necesariamente ofrecer a los jóvenes una participación en la sociedad, ya que ellos son el futuro de nuestras sociedades y, como tales, también deberían ser parte de las soluciones.

El cómo atraer a la juventud con proyectos de vida que los conecten con su propio futuro debería ser una prioridad de cara a la, hasta ahora indetenible, tendencia o aspiración a la emigración por parte del sector. Y es que como punto a favor, el trabajo con ellos nunca es aburrido. Rebosan energía ilimitada, ideas frescas y una visión novedosa, también necesaria en los momentos actuales.

Raimé López confiesa que un voto de confianza cambiaría mu cho, que el escuchar puede fortalecer los vínculos y de ahí, por qué no, puede salir algo bueno, donde lo viejo y lo nuevo se entrelacen para crear algo maravilloso.

Además, los educadores y trabajadores con más experiencia pueden convertirse en guías. En lugar de ser figuras de autoridad que simplemente ordenan, pue den ser facilitadores en el proceso de aprendizaje de los más nuevos y ayudarlos con delicadeza a afrontar sus dilemas. La sabiduría que les brinda la edad lo permite.

Desde el sector empresarial, también se necesita un cambio de paradigma. Estudios recientes indican que los jóvenes valoran aspectos como la flexibilidad laboral, el desarrollo profesional continuo, un entorno de trabajo positivo y el compromiso social de las empresas. Ignorar estas demandas no solo dificulta la atracción de talento, sino que incrementa la rotación y la insatisfacción laboral.

Suena utópico, pero es viable, y mientras se da el cambio se pueden facilitar las cosas. Martínez Moya lo afirma: «aunque no siempre es posible trabajar en lo que se ama, sí es posible construir espacios que mantengan viva la motivación y el propósito».

Lo ideal sería que todos trabajásemos en aquello que nos gusta, que nos inspira y nos permite desarrollar nuestro ingenio para ponerlo al servicio de los demás; un puesto en el que nos sintamos completos y gracias al que podamos decir eso de «estoy tan feliz haciendo lo mío que parece que no trabajo ningún día de la semana».

Juntos debemos crear un entorno donde cada idea tenga la oportunidad de florecer, donde la vocación no sea un lujo, sino una realidad accesible para todos. La esperanza está en nuestras manos; cultivémosla con empatía y acción. El futuro es prometedor, solo está esperando ser escrito por aquellos que se atrevan a soñar.

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